Por Carlos de Bustamante

( Cerros testigos. Óleo de J. M. Arévalo) (*)
Cuando inicio esta nueva “serie”, recuerdo lo que reza la sabiduría popular: “si no quieres caldo, ¡taza y media!”. Se lo digo, porque desde ver sólo el minicampo (¿) de los plátanos hispánicus, pasé el mismo día de San Roque, a contemplar a placer muchos de los pueblos alrededores que forman parte de la llamada Ruta de los montes Torozos. Campo a diestro y siniestro. Taza y media.
Toda mi humanidad resentida tras el golpazo sufrido por una caída espectacular, apenas si se resintió de un largo viaje; de caminar como no hacía desde mucho tiempo atrás y de contemplar “taza y media”-insisto- del más puro y bello campo castellano, junto a soberbias obras de arte en él. Y lo son tanto, que no creo exagerado afirmar, que cuanto vi fue en verdad un portento de belleza cuasi inigualable. Cierta o no tanta “pondereación”, al menos así fue como yo lo vi. Les ruego antes de iniciar la “serie” de esta Ruta, perdonen si a ustedes no les parece para tanto. Será, sólo por mi torpeza al pasar de la retina al papel lo que merece tal calificativo por méritos propios.
Mimado en exceso con cuidados extremos, dice mi ayudante que me estoy volviendo “ateclado”. Esto es lo que parece significar lo que digo al inicio de este párrafo.
Ateclado o no, lo cierto es que no dudé en aceptar de inmediato la propuesta de nuestra hija pequeña de visitar pueblos diversos y no muy lejanos al pueblo (Cigales) donde vive. Lo de no muy lejanos, verán ustedes a lo largo de esta serie, como es mentira y gorda. Valió la pena. Aunque, pasados ya unos días, siga baldado.
Como antecedente les digo que de la Ruta, este día vimos sólo los pueblos y campos del trayecto que, partiendo de Valladolid, toma dirección a Palencia. Carretera, que es preciso dejar que siga su curso junto al frescor del canal de Castilla: el que no ha mucho fuera lugar de tránsito de barcazas cargadas de trigo, tiradas por mulas, con destino a La Montaña. Al límite de la velocidad permitida, enfilamos carreteras secundarias por las que iniciar este tramo de la Ruta. Desconocido. Aunque la Ruta pudiera comenzar en Cabezón de Pisuerga, de un tirón-¡ay excesivo!, tomamos dirección a Trigueros del Valle.
Tanto miraba a ambos lados de la carretera sinuosa, que se desata entre alcores y terrenos ondulados de la meseta (“terrible”) castellana, que, ansioso de campo, los ojos danzaban en sus cuencas desorbitados. El ocre de terrenos removidos por las rejas de arados o cultivadores, alternaban en sucesión inacabable con el oro viejo de los rastrojos y el verde oscuro de los majuelos por tierras de pan y vino. Tierras de pan llevar y vinos afamados de D. O. “Cigales”.
Las cepas nuevas, casi todas en “palmeta”, mostraban en el inicio de la maduración el fruto en racimos. Como colgantes de perlas finas y de gran valor en las más enjoyados lóbulos de las féminas más hermosas. Entre las cepas viejas, muchas centenarias, los sarmientos, como sierpes a rastras por tierras de secano, también logré distinguir los racimos en contraste de uvas tintas con las aún verdes sobre las hojas o sobre el santo suelo. Madurando…
Tanto quisieron ver y mirar estos mis ojos, un poco cansados de haber visto mucho a lo largo de una vida nada corta, que comencé a sentir el vértigo de una belleza mareante… Cuando a punto estaba de la derrota, una nueva imagen tuvo la propiedad de retornar a mi ser los iniciales síntomas de mareo.
Del silencio absoluto en las ondulaciones solitarias del terreno, surgió con estrépito el rugido potente del progreso: un tractor poderoso de colores muy vivos, remolcaba el prodigio de otro, que envuelto en una nube recogía la paja seca de los que fueron trigales verdes formando ahora paquetes perfectos (“pacas”), testigos mudos de inmensas soledades. Si la imagen no era precisamente bucólica, sí trajo otras de muy gratos recuerdos. Contraste total con las de labranzas de regadío que, al revivirlas, borraron las nebulosas de la mente confusa por el mareo. Y a lo lejos, la difícil de describir belleza del alcor coronado por la vetusta imagen de una ermita. Ojo de halcón sobre Trigueros del Valle. Dejo lo dicho como preámbulo de la primera y muy grata etapa de esta Ruta que comienza. Continuará en el próximo, si Dios es servido, con el nombre del pueblo con el que hoy finalizo. Vale la pena que me acompañen.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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