Por Javier Pardo de Santayana

( Lluvia en la Ciudad. Acuarela de Javier Zorrilla en acuarelasjavierzorrilla. blogspot.com.es) (*)

Si les digo que hoy, cuando escribo este artículo, es 29 de noviembre de 2014, esto no les dirá gran cosa, así que especificaré: hoy es nada menos que “Black Friday”.

Ahora ya todo el mundo sabe a lo que me refiero, pero les confesaré que cuando me hablaron de ello por primera vez hasta sentí un poco de miedo, una especie de inquietante repelús. Buen conocedor del ambiente norteamericano, sé que cuando un yankee pone el adjetivo de “black” a alguna cosa, suele hacerlo con objeto de subrayar su aspecto más siniestro y luctuoso. Fíjese usted en cómo el adjetivo “black” se aplica hasta a las tarjetas de crédito con el sentido que ustedes ya conocen. O sea que “black” suena a algo malo; algo que incluso anuncia la tragedia. A mí, personalmente, “Black Friday” me trae el recuerdo de aquellas escenas del Chicago de los treinta del pasado siglo – o sea cuando imperaba la “Ley Seca”- en las que un grupo de mafiosos entraba a golpe de metralleta en un garaje o en un bar para cargarse a los miembros de otro clan rival. Día tenido por gafe – el viernes con el 13 juega en la cultura inglesa el papel de nuestro trece y martes – la combinación de la fecha con el color del luto resultaba definitiva para causarme esa impresión.

Doy por sentado que ustedes conocerán de sobra el significado actual de la expresión de marras, porque los medios se lo habrán metido por todos los sentidos con ocasión de las ventas del ya citado día de noviembre. Y que cosas como éstas no tardan en calar en una sociedad como la nuestra, ya informatizada y mercantilizada hasta el extremo. Mi experiencia es que, así como hacer llegar al respetable público cualquier novedad interesante o buena costará lo suyo, en el caso de ser mala o banal hacerlo será fácil y enormemente rápido. Así suele ocurrir con cualquier noticia referente a un acontecimiento negativo: fíjense ustedes como todos supimos enseguida de la prima de riesgo cuando se estaba haciendo insostenible, mientras que ahora, cuando ya está en terreno favorable, ha casi desaparecido de nuestras conversaciones cotidianas.

Otro excelente ejemplo fue el constatado por mí en la mañana de hoy, 29 de noviembre, cuando fui con mi mujer a caminar un rato a salvo de la lluvia. El centro comercial ofrecía espacio suficiente y buen cobijo, de modo que nos ofrecía la posibilidad de entretenernos sin mojarnos, así que ambos tuvimos ocasión de constatar que la llamada de la víspera al consumo del “Black Friday” había surtido el efecto pretendido y además con carácter inmediato: un aluvión de gente se había congregado allí hasta llenar los establecimientos comerciales. Descuentos de hasta el treinta y el cuarenta por ciento de los precios habituales atraían como moscas a los compradores, entre los cuales hacían pleno las señoras. Algunas largas colas daban fe del éxito de la convocatoria. Tan sólo me sorprendería – sólo hasta cierto punto, conocido el paño – que la mayoría de las adquisiciones no fuera, como sería de suponer, de alimentos o cosas esenciales; tampoco de objetos de regalo adelantados para la Navidad. La mayor parte correspondía simplemente a esas ropitas monas que tan atractivas resultan ser para ellas. De lo cual claramente se deduce que un alto porcentaje de la actividad comercial de este acontecimiento está orientada a satisfacer la simple práctica del arte de la compra, ese deporte nacional tan atractivo, y, naturalmente – de aquí el nombre elegido para el acontecimiento- a cambiar números rojos por números negros en las cuentas. En efecto, por mucho que lo puesto en venta gozara de precios rebajados, lo que yo vi “en la calle” una vez más me pareció contradictorio con el periodo de crisis que vivimos y con las necesidades perentorias de los ciudadanos en paro o que hacen equilibrios sobre la cuerda floja para llegar a fin de mes.

Según parece, la costumbre norteamericana de hacer una venta especial con grandes descuentos un día del año – el primer viernes después del Día de Acción de Gracias – tiene por objetivo ir metiendo a los potenciales compradores en el ambiente ya casi inmediato del comercio navideño, por cierto cada vez más tempranero. Pero yo más bien malicio que de lo que se trata realmente es de vender los restos de la anterior temporada, o sea la otoño; es decir, siguiendo la moda angloparlante, una especie de “outlet”. En todo caso la novedad del llamado “Black Friday” puede ser buena muestra del grado de contaminación de nuestras costumbres ancestrales por otras foráneas – algunas de ellas relativamente modernas – que, contra el criterio de los más castizos, son acogidas con entusiasmo por las mayoría por su carácter “lúdico” o simplemente novedoso.

O sea que no acabábamos de salir del “Halloween” cuando ya nos llega este invento del “Black Friday”. Hasta pensé que nuestros pobres niños saldrían una vez más disfrazados de esos monstruos de maldad que tanto suelen atraerles: el asesino Freddy Kruger, Cucky el muñeco diabólico, Hanjibal Lecter el caníbal o Regan Mac Nail, la niña del exorcista. Todo valdría para publicitar esta buena ocasión de vaciar bolsillos.

Qué le vamos a hacer. Menos mal que cada vez hay más españoles que conocen el idioma inglés, porque así por lo menos entenderemos los letreros.

PS: La cuestión que me surge es por qué no lo inventaron directamente nuestros empresarios, porque lo de los números negros y rojos les conviene a ellos tanto o más que a los americanos. Y, como vemos, a éstos se les ocurrió un buen día y lo clavaron sin más en una fecha carente de tradición según parece pero oportunamente intercalada.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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