Por Carlos de Bustamante

(Trigueros . Acuarela de J. M. Arévalo . 34×46 ) (*)
Les decía en mi artículo anterior sobre esta Ruta, que el estrépito de un tractor “empacando” la paja de un rastrojo, me espabiló el incipiente mareo por tantas vueltas y revueltas de la carretera para salvar cotarros, cabezos, mogotes o alcores, que ondulan el terreno al formar bajo ellos extensos valles. Lugares éstos donde por ser mayor la frescura del terreno, se aprietan las mieses o la paja suelta hoy tras el paso del implacable progreso de la cosechadora. Progreso sí, indudable, que alivió el trabajo intenso-de sol a sol- de nuestros labradores. Pero que con ella trajo tal soledad y silencio al campo, que bien pudiera llamarse tristeza. Patente a lo largo y ancho de esta Ruta.
Perdonen el inciso y vuelvo al título de esta etapa. Trigueros del Valle.
El dedito de mi nieta, listuca como un conejo, señaló a lo lejos. Espectáculo formidable. Panorama propio de Castilla, “la de los castillos”, hechos en piedra historia. Una mole imponente de imponentes cubos de piedra coronaba la cresta misma del alcor. Lástima; ruinas gloriosas que las inclemencias del tiempo logran, implacables, lo que el invasor de los del Islam no pudo.
El castillo de Trigueros del Valle perteneciente a la familia de nobles Robles y Guebara que, si bien los habitantes de Trigueros lo llaman «la Fortaleza», fue levantado en el siglo XV, ocupa un cuadrado con dos recintos fortificados, en el que se puede apreciar las caballerizas, así como varios cubos, parte de los muros de la Torre del Homenaje y la Puerta de entrada al mismo. Merece la pena adentrarse por esa puerta y poder descubrir lo que sus muros todavía conservan.
Se desmorona el castillo de Trigueros del Valle. Lástima. Pena que despareció casi del todo y de inmediato.
“Tus dos pechos, como dos cabritos. Mellizos de gama”. (Cantar de los cantares). Así se alza, junto al del castillo, otro alcor bellísimo. Sobre él y en perfecto estado por los cuidados de la fe del pueblo, se alza, esbelta, desafiante al vértigo, la ermita de Nª Sª del Castillo, que luego veríamos con detalle. Mimetizadas con el entorno, las primeras viviendas de Trigueros: ocre de los adobes hechos de la cantera arcillosa e inacabable de estos pagos.
Imperdonable para los oriundos si no mentase algo de su historia. Situado en un valle y caracterizado por los trigales, que dieron lugar a su nombre, entre casas de piedra y adobe se levanta la localidad, que cuenta con un castillo tardomedieval. El castillo ya mentado.
En Trigueros del Valle son de destacar sus bodegas que elaboran excelentes caldos claretes y tintos, por encontrarse el pueblo en la zona de D.de O. del vino Cigales.
Las fiestas patronales, se celebran el primer fin de semana de septiembre en honor a Nuestra Señora del Castillo. El fin de semana anterior al día de Santiago Apóstol se celebran las fiestas medievales, en torno al 21 y 22 de julio. El 29 de septiembre se festeja el patrón del municipio San Miguel.
Hay más, pero lo dejo -me perdonarán los triguereños-, para narrarles la particular aventura de este octogenario. Privilegiado el emplazamiento de la plaza Mayor, contemplamos desde la comodidad de bancos muy cuidados (como todo el entorno), vistas espectaculares: un primer plano con la espadaña de la iglesia de San Miguel. Y al fondo, en la limpidez de un cielo azul, raso, castellano, el mentado ojo de halcón,(“un pecho como cabritillo”) que es la ermita milenaria de Nª Sª del Castillo. Y próximo, su pechomellizo alcor con “la Fortaleza (el castillo). Imposible evitar el ensimismamiento de tanta belleza.
-¿Subimos…? , preguntó nuestra hija en tentadora propuesta-. Hay buena carretera-añadió al ver los ojos de espanto en su madre- hasta casi la misma puerta de la ermita.
-¡Vamos! –contesté de inmediato.
No me resisto, porque vale la pena a transcribirles algo de su historia.
Dice el libro becerro: “Ocupa la parte más alta del pueblo y se asienta sobre un alcor horadado de cuevas, que hasta hace algunas décadas fueron viviendas trogloditas. La advocación de la ermita indica que fue un lugar fuerte, donde primitivamente estuvo el castillo, y a ello apunta también el aspecto amurallado del cerro.
El arco de entrada, con forma de herradura, es de estilo mozárabe, del siglo X. Sobre la puerta, empotrado en el muro de mampostería, se ve un pequeño relieve decorado con un motivo vegetal. En el mes de julio de 2011 se descubrieron unas pinturas murales al fresco, pertenecientes al gótico lineal (siglo XIII), que se encuentran en proceso de estudio y consolidación.
La espadaña de la ermita, que mira al pueblo situado a sus pies, alberga un reloj del siglo XIX, fabricado en Inglaterra, cuyo mecanismo original se puede ver en el sotocoro y cuyos carillones siguen hoy marcando puntualmente las horas. En el entorno de la ermita se observan elementos dispersos de un original Vía Crucis de piedra. Son cruces de piedra de formas aristadas que rematan los extremos piramidales de sus pies y brazos en una combinación estética de complejo diseño. La cruz mejor conservada del conjunto preside al pueblo desde la puerta mozárabe de la ermita”.
Nos apeamos en una pequeña pradera aledaña a la ermita. Si en mi interior quedaba algún resto del anterior mareo, desapareció como por encanto. Mejor, encantado. No sin asirme fuerte del brazo de nuestra hija, llegamos pian pianito al borde mismo del alcor. Desde él, la “taza y media de caldo” por ansia de ver campo, rebosó como un torrente desbordado: incomparable la vista del Valle donde se asienta Trigueros. Campo que fueran montes Torozos plenos de vegetación, son hoy tierras de pan llevar y generosos para el buen vino. El contraste de los majuelos verde-oscuro y manchas de igual color de monte y pinar, contrasta allí abajo con colorido singular. El vértigo de la vista al borde de las profundidades del valle y la llamada de la ermita, nos hizo retroceder hacia la pradera.
Observador del terreno que piso, si algo le faltaba para colmar mi entusiasmo, lo vi en la pradera: múltiples escarbaderos donde los conejos acuden a depositar las bolitas de excrementos. Despertó el instinto cazador; ahora, de admiración y añoranza por las especies cinegéticas. A trancas y barrancas penetré ojo avizor en el contiguo majuelo. Ni ademán siquiera de “encarar” un arma supuesta. Como rayos en velocidad y belleza desaparecían raudos entre las cepas centenarias.
Fue vano el intento de acceder a la puerta de la ermita. Pese a la endeble valla protectora, el sendero me era prohibitivo. Hube de estar conforme con los datos del libro becerro y la panorámica de insuperable (o casi) belleza. La imaginación si bailó junto a las mozas triguereñas la jota a la muy querida por Su pueblo Virgen del Castillo. Piropo encendido a la Virgen que no vimos. El próximo, si Dios es servido, continuaremos viaje.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm9.staticflickr.com/8596/15919928856_bc3ffa00cb_b.jpg