Por Carlos de Bustamante

( Palomar en Mucientes. Acuarela de Manuel Prieto. 31×51.5) (*)
Aparte de la salida campera de este -feliz- día y por recuerdos de juventud, seguimos en Mucientes. Sin ostentación ni majestuosos alcores, la bellísima ermita la pudimos contemplar -¡ay por fuera!- a la vera de la carretera. Porque también son éstas tierras de María, me place, ojalá igual a alguno de ustedes, hacer un breve resumen de su ermita. La que el arzobispo de feliz memoria vallisoletana. García Goldáraz, la nombrara como la más bella y cuidada de Castilla. Veremos…
La Ermita de Nuestra Señora de la Vega se encuentra situada en las afueras de la localidad vallisoletana de Mucientes . Aunque anteriormente había una iglesia en este lugar, la ermita que se puede contemplar hoy en día es del siglo XVII. Está construida en piedra y se trata de una sola nave dividida en cuatro tramos y cubierta por una bóveda de cañón con lunetos. Uno de los elementos más bellos del edificio es la puerta principal, que está construida en arco de medio punto y posee tachones del siglo XVII a los pies.
La ermita de Nuestra Señora de la Vega fue restaurada por última vez en 1987 y su estado de conservación es excepcional. Además, está muy cuidada ya que es aquí donde se celebran los actos más relevantes del Mucientes. Concretamente las principales actividades de las dos fiestas más importantes del pueblo se celebran en la ermita y por eso es un lugar muy querido y respetado por todos los mucentinos. El resto de ceremonias religiosas, así como las misas diarias, se celebran en la iglesia principal de Mucientes (que también es preciosa, por cierto), así que es un poco complicado poder ver la ermita por dentro, porque sólo se abre en estos acontecimientos puntuales. Además, en esta ermita es donde se celebran los funerales del pueblo, ya que en el interior se encuentra el cementerio. Desde la puerta de esta ermita surgen varios caminos preciosos que nos permiten conocer los alrededores de Mucientes. Son rutas repletas de vegetación que duran unos 6 kilómetros aproximadamente y que no tienen casi dificultad, ya que son bastante llanas. La gente mayor de Mucientes suele venir todas las tardes hasta aquí para dar paseos y hacer un poco de ejercicio. Y hasta allí llegamos… motorizados.
Es aquí donde se me puso cara de haba con el recuerdo de tiempos inolvidables: Esta extensa mancha de vegetación exuberante en derredor de Mucientes tuvo el nostálgico placer de revivir “fazañas venatorias”.
El llamado “Monte de Mucientes”, es una extensa labranza con pocas tierras de labor-aunque de secano, sumamente feraces los años con lluvias abundantes- y monte de robles y encinas en su mayoría. Entre los bogales de piedra muy someros, aunque parezca imposible, se aprieta la vegetación dicha; paraíso de abundantes especies de caza mayor y menor. Por amistad familiar con los propietarios, cazaba con frecuencia en aquel paraíso. No convivían allí el león con el cabrito ni las fieras con animales domésticos, como cita la Biblia, pero sí especies cinegéticas que con similar refugio -dificultoso para el mayor depredador que es el hombre- se multiplicaban no sin antes una singular selección previa. Los más fuertes en cada especie, se alimentaban de los de otras especies; y de entre ellos,de los más débiles. El lobo, jabalí, venado… pacían a placer en su cuasi inagotable despensa. Sólo el cazador más resistente y avezado era un enemigo de importancia. Y ¿cómo no…? el que suscribe entre ellos. Caminar horas y horas sobre bogales (piedra berroqueña a flor de tierra con aristas como cuchillos) era ya la prueba de fuego para los débiles o de capital. Bien a ojeo con pequeños “ganchitos” (el cazador escondido entre la maleza), el morral estaba asegurado. Aprovechando pequeños claros en la espesura, que las piezas trataban de cruzar como exhalaciones, la “cerrajina” (disparos a mansalva) solías dar “frutos” (¡qué bárbaros!) abundantes. Eran precisas allí dos escopetas o escopeta y rifle. Aunque complicado, el tejemaneje era espectacular: que cruzaba el venado, jabalí o lobo: rifle. Si caza menor: escopeta; y ésta especial. Por la brevedad del recorrido en el claro del monte, la escopeta habías de ser con cañones de monte. Perdigonada de amplio “campo” y disparos a tenazón.
Terminada la batida, felices pero derrengados acudíamos al buen yantar en el caserío. El equilibrio de los pies sobre los bogales, aunque bien embutidos en las chirucas, no evitaron que los tobillos acabaran hechos unos zorros. Y mentado el raposo, les digo, con el riesgo de exagerar como es costumbre en los cazadores, que lo abatí(o eso creí, al cruzar un camino estrecho que serpeaba entre la espesura. No descolgué del hombro el rifle a tiempo, y recibió la andanada de plomo con perdigón de caza menor. Dio varias “pingoletas”, pero al acudir a cobrarlo solamente herido y no de gravedad, después de amagar la dentellada con dientes como agujas, tomó, veloz, las de villadiego. Poco me importaron entonces las aristas de los bogales ni los zurriagazos de los quercus (robles y encinas) tan ásperos como el terreno. El objetivo-obsesión era cobrar la pieza herida. Tras qué sé yo los kilómetros siguiendo como un sabueso el rastro de sangre del depredador de perdices, lo encontré al fin más muerto que carracuca, al agrego de una carrasca chaparra. Cargué con el trofeo y ¡de vuelta al caserío, pasado con mucho el toque de fajina. El interminable regreso, parecía no tener fin. Y no lo tuvo, porque, desorientado, deambulé en círculo por el monte, perdido.
Los kilómetros que dicen de esta zona extensa de montes (Torozos) se multiplicó por qué sé yo los números .Cargado con el morral repleto y el último de los trofeos conseguido, caminé, caminé… y caminé lo que no está escrito. Acuciado por el hambre tras el ejercicio intenso, se agudizó el sentido de la orientación: al fin, Mucientes. Insólitamente vacío. Sólo en un bar, el propietario, preparaba cómo atender bien a la clientela toda a la salida de Misa donde se encontraba todo el personal.
-“No puedo ofrecerle más que esta lata de langostillos”. Lata grande, redonda, del exquisito molusco-berberecho grande con forma de uña engarfiada- de la especie nunca conocida. Estaba buena. Me la zampé entera. Luego encontré fácil, claro, el caserío. Vacío. Y sin los restos siquiera del yantar. Dejo los recuerdos y continúo con la Ruta: en el próximo, si Dios es servido.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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