Por Carlos de Bustamante

( Vista del lago Tiberiades desde Safed. Acuarela de David Robert en “View the Holy Land”; odisea2008.com) (*)
Como siempre, Jesús salió de su casa en Cafarnaún de madrugada. Se le unió un enjambre de admiradores de sus palabras y curaciones. También de curiosos y otros fariseos con el deseo de pescarle en un renuncio.
A las afueras de la ciudad, sonó una esquila. No era un hatajo de ovejas. Era un leproso que esperaba la ocasión de ver a quien hacía tantos milagros. Al sonido de la esquila, el gentío retrocedió atemorizado por el posible contagio de tan horrorosa enfermedad. A todos les daba miedo y asco. El leproso quedó solo y frente a frente con Jesús también solo. Yo, Tarsicio, a una distancia prudencial. Pero cerca de Jesús no sentía miedo alguno.
-“Señor, si quieres, puedes curarme” -le dijo con ojos que conmovían al más inmutable de los hombres. Conmovieron a Jesús.
-“Quiero, queda limpio”.
Inmediatamente su carne quedó como la de un niño. El que fuera leproso, tiró, gozoso, la esquila. Entonces (¡mira qué majos, hombre!), se acercaron todos.
Según prescribía la ley, acto seguido, se presentó curado ante los sacerdotes. Los fariseos rechinaban los dientes de envidia rabiosa. ¡¡Hipócritas!!
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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