Por Javier Pardo de Santayana

( Lisboa, amanecer. Acuarela de Carlos Santos Marqués en Amigos Acuarelistas de Facebook) (*)
Reflexiono sobre esa sensación que tengo de que aquí, en Mozambique, estoy viviendo una vez más como en un paréntesis. Cosa natural puesto que he abandonado lo habitual para entrar en un ambiente que, aunque ya es conocido para mí, no deja de parecerme extraordinario en la acepción más propia y ajustada de este término. La conclusión es que no se trata solamente de los efectos de haber cambiado de hemisferio o de pasar un mes de febrero a treinta y muchos grados de temperatura, como tampoco del hecho de estar rodeado de personas de otro color y cuya historia es totalmente diferente de la nuestra. Es, sobre todo, por estar inmerso en un grupo muy especial de ciudadanos: los que tienen la consideración social de ciudadanos “expatriados”.
Así que hablaré de ellos en la justa medida en que ya los conozco y he tratado. De entrada, el término sugiere la figura de unos pobres emigrantes desplazados del calor de la familia y carentes de medios económicos. Mas no es en absoluto así, puesto que hoy en día la palabra se aplica a quienes trabajan en un país distinto a aquél en que tiene su sede la organización que les emplea.
Recuerdo la emoción que sentí, cuando, siendo aún niño y viviendo en Lisboa, mi padre decidió probar suerte y conectar por vía telefónica con un tío nuestro que se había marchado muchas decenas de años antes a hacer lo que entonces se llamaban ”las Américas”.
La operación era toda una aventura, porque había que quedar en día y hora, y esto sería por una carta que exigía respuesta. Además una llamada internacional como aquella costaba un riñón. Pero hablar hoy a esas distancias es cosa ciertamente diferente: basta con lanzar un wahatsapp. Y nos hablamos incluso gratis para comunicarnos la receta de aquel plato tan rico que probamos. Por otra parte, la consideración de “expatriados” alcanza incluso al personal diplomático. Y, por añadidura, suele reconocer los problemas de quien se aleja de su ambiente familiar, recompensando a los ”damnificados” con salarios bastante más alto que los de costumbre.
Pues bien, aquí estoy yo ahora sumido en ese ambiente de “expatriados” y disfrutando de un verano que contrasta con los fríos que he dejado atrás. Cuatro días bastaron para volver a experimentar los indudables atractivos de la condición a que me he venido refiriendo, pues conviene decir que, tal como escribí en este mismo blog con ocasión de aquellas inundaciones que por poco acaban como mi propia existencia hace tres años, los expatriados – a los que ya de entrada quito las comillas – tienen tendencia a apoyarse mutuamente en todo, y esto da lugar a que podamos apreciar algunos rasgos favorables de la condición humana, como la amistad y, sobretodo, la solidaridad expresada precisamente en el apoyo mutuo. Una solidaridad que va basta más allá del interés particular de cada uno, pues tiende a extenderse al prójimo y también a los necesitados.
En ese sentido diré que en estos cuatro días he asistido, sucesivamente, a varias muestras de ambas cosas. Una de ellas fue la celebración, mantenida en secreto fingiendo un olvido generalizado, del cumpleaños de uno de los maridos. Esto nos permitió recorrer el centro de la capital de un costado a otro buscando – la verdad sea dicha, con escaso éxito inicial – lugares relacionados con el arte, como el taller de la escultora y ceramista makonde* Reinata Sadimba, hasta dar con un cuadro fascinante titulado “A assembleia dos Homens” de un pintor de Marracuene que firma como “Bat”: un conjunto de personajes repetidos aunque todos distintos cubriendo la totalidad del espacio disponible.Al verlo recordé la fascinación que sentí en el museo de pintura de Accra ante la imaginación y el cromatismo de los pintores africanos.
Otra ocasión para constatar la tendencia a entenderse de los expatriados ha sido la asamblea – celebrada en la casa desde la que les escribo – de una asociación de mujeres “latinas”, es decir españolas, portuguesas, brasileñas, peruanas, francesas… – esposas todas de maridos que incluirían otras nacionalidades, y, algunas de ellas con cargos internacionales de importancia – – dedicada a actividades de carácter caritativo o, como ahora se dice, “solidario”. Recordarán ustedes un artículo mío de hace dos años titulado “Paellas en Marracuene”. Pues bien, por lo que he podido ver, el grupo sigue desarrollando iniciativas importantes en ese mismo orden de actividades, es decir ,en apoyo de algunas escuelas y otras organizaciones necesitadas de calor humano y apoyos económicos.
La cosa es que así, burla burlando, en este ambiente de expatriados van creciendo amistades de aquellas que resisten al tiempo y la distancia. Suele tratarse de familias muy viajeras que cambian con facilidad de país e incluso de continente y en las que se hablan muchos idiomas. Familias en las que los niños pierden cualquier noción de diferencia mientras los padres adquieren una visión más amplia de las cosas que pasan por ahí y se hacen más valientes y menos exigentes hacia los demás, o sea menos quejicas y puñeteros. Bueno, ustedes ya me entienden. En efecto, pasar por los trances que pasan cada día parece ejercer un efecto saludable de sanidad mental. y hace crecer la estima por su patria.
Precisamente, en esta especie de actividad frenética con la que suelo abordar cualquier viaje uno de mis principales entretenimientos – entre baños en la piscina, organización de cumpleaños, búsqueda de regalos, invitaciones y acompañamiento de nietos a la escuela, es precisamente la de leer algunos libros sobre Historia de España. O más concretamente, dos: “Lo que el mundo le debe a España” de Luis Suárez, maestro de historiadores, y “La gesta española! del conocido periodista y escritor José Javier Esparza, a quien habrán visto ustedes repetidas veces en la pantalla de su televisor. Dos buenos libros que me permito recomendarles encarecidamente.
Concretamente, por la fluidez de su lenguaje, la sencillez de su expresión, el atractivo de aquello que nos cuenta, y su presentación en 48 “estampas”, yo recomendaría que el segundo de ellos, o sea, el titulado “La gesta española” fuera recomendado como lectura obligada para los jóvenes estudiantes españoles. Que otro gallo cantaría si lo hubieran hecho desde que fue publicado por la editora “Áltera” en 2007.
Pero ya sé que en nuestro actual ambiente, enrarecido por la polémica y el enfrentamiento cainita, esto sería como pedir peras al olmo…
PS: “Maconde» es el título de otro artículo mío, publicado con ocasión de un anterior viaje mío a Mozambique.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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