Por Carlos de Bustamante

( Sueños de seda. Acuarela, sobre seda natural, de Rina Maria Raya en rinamariaraya.blogspot.com.es) (*)
No siempre el reino animal sigue los ritmos del reino vegetal; y así ocurre lo que ocurre…
O unos se adelantan u otros se atrasan; el primero es el caso de los diminutos huevos puestos por las mariposas salidas de los capullos de seda. Cuando éstos eclosionaban, la vegetación en el Campo Grande brillaba por su ausencia. El dilema era, pues, angustioso: ¿qué dar de comer a los apenas visibles gusanos de seda recién nacidos? En una caja de zapatos agujereada como respiraderos, sólo los más fuertes sobrevivían al forzoso ayuno o comida inapropiada. Las hojas más tiernas de lechuga, no podían sustituir a las de moral blanco; árboles de los que apenas si se veían hinchadas las yemas de lo que serían hojas; el manjar insustituible, que supiéramos, de los gusanos productores del preciado tejido.
Además de que sólo había barruntos de primavera y el aspecto del Campo Grande fuera desolador, no era ése el mayor ni principal inconveniente -(enemigo)- de los invasores chavales. El “terror dos mares” de éstos eran los “guripas”. Autoridades forestales que si no portaban carabina “tercerola”, sí unas vergas enfundadas de cuero, que blandían con maestría singular ante los intrusos dispuestos a invadir sus dominios. Chavales cuyo parecido con los gamberros de hoy era pura coincidencia. Arrapiezos, entre los que me incluyo, en busca del tesoro que tan bien conocían y conocíamos: ¡los morales!
Guripas o “gusas” que, celosos guardianes del pulmón de Valladolid, montaban guardia siempre próximos a los colosos o jóvenes productores del manjar de nuestros gusanos hambrientos.
No era, pues, el afán destructor ni el de ensuciar los cuidados jardines, orgullo de los pucelanos, sino la caritativa misión de evitar bajas en las criaturitas indefensas. Sin parangón, dicho sea de paso, a los que abjurando de su compromiso hipocrático, buscan pingües ganancias a costa de la ignorancia o nula conciencia de quienes deciden matar a seres humanos vivos pero no nacidos.
Una sola y trascendental diferencia: si los guripas cumplían celosamente la protección de especies vegetales por ley naturalmente establecida, los matarifes colegiados cometen los crímenes horrendos, ¡amparados por leyes aberrantes! Ver para creer. Pero volvamos al Rezongón de hoy.
Sí eran fieles cumplidores (los guardas) de las ordenanzas municipales, pero no muy preparados para lidiar con la caterva de colegiales ávidos de alimentos para las criaturitas hambrientas.
Cuando los morales echaban los tiernos brotes de incipientes hojas, la maniobra, con variantes, era más o menos ésta: divididos en cuadrillas, como los bandoleros-guerrilleros, mientras unos irrumpían con alaridos el césped prohibido donde acudían los gusas, otros trepaban como los monos para con la mayor brevedad hacer acopio en el buche de la camisa, antes blanca, del alimento de su prole gusanil…
Cuando a la voz de ¡gusa, gusa! los “monos” sabían del peligro cercano, tras el descenso de un salto con riesgo, corrían como los gamos entre matorrales y arboleda. No siempre con éxito, pues rodeados los jardines del Campo con alambre de espino, a veces aún llegaba el guripa jadeante y porra en ristre. Con algún que otro girón en la camisa o moratón en salvo sea la parte.
Rezongón de antes y de ahora: ¡no a las alambradas de espino!
Cuando “rezongo” de esto recuerdo que cuando aún llegaba andando a nuestro Campo Grande, las alambradas de espino, peligrosas y causa de heridas y “sietes en la ropa al huir a través de ellas, ya fueron sustituidas por tela metálica. Muro nada fácil de saltar e inofensivo para los perseguidos por los guardas forestales. Aunque lo dije nada más, parece que el edil del Ayuntamiento se dejó aconsejar.
Pues qué bien, aunque -¡ay!- tarde para el octogenario, que ni corre, ni trepa a los morales, ni tiene gusanos de seda.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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