Por José María Arévalo

( Acuarela de José Vicente Ferrer Márques en Facebook) (*)
Estuvo muy bien, estos días atrás, Esperanza Aguirre, en varios de estos programas de tertulianos en que la escuché, donde explicó su visión del objetivo que debe tener el Ayuntamiento de dar servicio y resolver problemas a los ciudadanos, además de evitar gastos suntuarios como los de la sede actual del consistorio madrileño. Este último es ya es otro tema, pero el de dar servicio, que equivale normalmente a evitar burocracia, está aún muy lejos de lo razonable, como reconoció Aguirre al referirse a la necesaria reducción de trámites para crear empresas. Pero no solo facilitar trámites a las empresas, también a las familias e incluso a los jubilados, que todos somos ciudadanos y –les recuerdo a los políticos- votantes.
Hay que reconocer que aquel dicho, paradigmático de la función administrativa, del “vuelva usted mañana” quedó muy atenuado con la mejora en el talante de los funcionarios de ventanilla que se apreció tanto desde la transición, como resultado, creo yo, de la asunción del nuevo estilo democrático en la administración pública. Pero la burocracia administrativa se ha mantenido en buena medida. Estos días he tenido ocasión de sufrir este mal en mis propias carnes, en dos asuntos y de manos de la burocracia municipal, en uno de ellos, y de la tributaria en el otro. Les cuento.
A poco de comprar nuevo coche, aprovechando los planes para renovación de vehículos con años de rodaje, me llegó notificación municipal para el pago del impuesto de circulación del mes y pico que había rodado este año el coche viejo. Me sorprendió porque tengo domiciliados los pagos de todas las tasas municipales, y así me ha abonado el banco en mi cuenta todos estos años la de circulación de ese coche, sin tener que hacer yo movimiento alguno; incluso algunas multas – felizmente pocas- que he recibido, las he pagado cómodamente por transferencia bancaria. Pero este recibo no indicaba cuenta alguna a la que poder transferir, sólo que podía hacerse efectivo en los bancos autorizados, sin especificar cuáles. Así que me tuve que acercar a las oficinas municipales, y afrontar las típicas colas. Era tan larga la que me esperaba a media mañana que me fui a hacer otras gestiones para volver a última hora, antes de comer, en que el amable conserje de la mesa de información me aseguró era fácil fuera más reducida.
Cuando por fin me llega el turno, y explico que tengo domiciliado el impuesto de circulación del coche viejo, me contesta el funcionario que a lo mejor me cobran en mi cuenta este importe, pero que para evitar multa por demora, es preferible que pague ahora y pida al banco deje sin efecto el nuevo pago que, en su caso, haya realizado por la domiciliación. Saco la cartera para abonarlo y me dice –amablemente, eso sí- que tengo que ingresarlo en un banco, y cuando le muestro que el recibo no dice en qué banco puedo efectuarlo, me explica que en cualquiera, que todos están autorizados. Insistí en pagar allí mismo para evitar nueva gestión y nueva cola, que los bancos también las tienen, y al propio tiempo le pasé la documentación del coche nuevo pidiendo me domiciliara, para el resto del año y los sucesivos, el recibo del impuesto correspondiente a éste. Mira la documentación y encuentra un recibo de abono ya efectuado del impuesto del resto del año por el uso del coche nuevo. Parece que la agencia que hizo los trámites de venta del coche lo había pagado, de lo que no me había percatado y me congratulé mucho. Y, ¡ oh sorpresa ¡, también aparecían domiciliados los pagos futuros por la circulación del nuevo coche. ¿Resuelto el problema? Pues no, porque me dice la cuenta en que me ha sido domiciliado y resulta que no es mía y no trabajo con esa entidad bancaria. Tras anular el funcionario, de oficio, esa domiciliación incorrecta, cuando esperaba que me realizara la correcta me dice que tengo que llevar un certificado del banco de que mi cuenta es mía.
– Pero oiga, ¡si estoy pagando otros cuatro o cinco recibos municipales por esa cuenta¡ –acababa de verlo el propio funcionario en la pantalla de su ordenador, al realizar las comprobaciones-.
– Lo siento, son las normas –me contestó muy amablemente.
O sea, “vuelva usted mañana con el certificado”. Total, que a pesar de las muchas comprobaciones que realizó el municipal a través de su ordenador, al final me tuve que ir a pagar a una oficina de mi banco más cercana de la mía -esa es otra incomodidad, que no me deja el banco trasladar la cuenta- y tengo que estar atento al doble pago y a la futura domiciliación. Lo que no voy a hacer es pagar otra vez el impuesto del coche nuevo para lo que queda del año, aunque ya no estoy seguro de si me han anulado no solo la nueva y errónea domiciliación, sino el mismo abono realizado por la gestoría, del que guardo el recibo como oro en paño, por si acaso. De lo que no me libro, seguro, es de tener que gestionar el certificado y volver a domiciliar el recibo en la misma oficina municipal. Pero eso será el año que viene.
Por las mismas fechas me ha tocado realizar, como todos los años, la impugnación de una resolución de la Agencia Tributaria, lo que se suele llamar una “paralela”, que considera no he tributado correctamente en ejercicio anterior por los ingresos que me efectuó en su día la Mutua de Previsión que cubre en parte mi jubilación. Y ello a pesar de que tengo reconocida la deducción que practico hace ya muchos años, en aplicación de una famosa disposición transitoria tercera de la normativa que reguló estas entidades. Tras un primer trámite de devolución y varios años sin problemas, me llega puntual cada año, desde hace ya cuatro, esta “paralela”, que hace caso omiso de todo lo actuado. Y unos meses más tarde, la resolución que admite mis alegaciones y deja sin efecto la “paralela”.
Comentado el hecho entre los compañeros que están en mi misma situación, uno de ellos nos explicaba que fue personalmente a protestar, y el funcionario le explicó, muy amablemente también, que son cosas de los ordenadores, que lanzan automáticamente las paralelas y no hay quien los pare. Y sobre todo, que algunos afectados no recurrirán, y eso son más ingresos para las arcas públicas.
Increíble. En nuestra ciudad hay más de un centenar de casos como el mío, que yo conozca, seguro que muchos más. Y en todo el país supongo que miles. No creo lo que dice el compañero de que algunos no recurran, pues no tendría sentido que siguieran incluyendo la deducción, año tras año y pagando después la paralela; sí puede ocurrir que algún año se les pase, pero siempre pueden recurrir la resolución definitiva, ya que la “paralela” no es más que una propuesta.
El caso es que vuelva usted cada año, otra vez a tramitar alegaciones o recursos. Así que volveremos mañana, o el año que viene, así es la farándula administrativa. Hacen falta muchas Aguirres para resolverla. ¡ País ¡.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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