Por Carlos de Bustamante

( Bocairent. Acuarela de Antonio Requena Solera en Amigos Acuarelistas de Facebook) (*)
Ni por asomo se me hubiera ocurrido componer un artículo con el título que pudiera ser bobadita años ha. Pero como los años ha son ahora también actuales, de bobada ¡nada! O sea, que nada tan propio para el Rezongón como escribir sobre lo que llamamos así y que tiene siglos de historia: Un adoquín (del árabe ad-dukkân, «piedra escuadrada»), es, además del que coloquialmente decimos persona ignorante o “falta”, como bien saben una piedra o bloque labrado de forma rectangular que se utiliza en la construcción de pavimentos. El material más utilizado para su construcción ha sido el granito por su gran resistencia y facilidad para el tratamiento. Sus dimensiones suelen ser de tan solo unos, pocos, ctms. de largo y alguno menos de ancho: lo cual facilita la manipulación con una sola mano. Antes que los árabes lo utilizaron los romanos en sustitución de las lanchas de piedra de las hoy todavía visibles calzadas; de losas, digo, 7 sin labrar con las que trepidaban los carros para las continuas conquistas o para transporte de los mandos en guerras, desfiles etcétera.
A medida que el progreso mecanizaba útiles, herramientas y armamento, el granito bien escuadrado vertebró los caminos entre pueblos, ciudades, villas y naciones. Cabe destacar a Napoleón como el gran revolucionario de las comunicaciones con carreteras cuyo firme eran los adoquines de referencia. De los que ordenó pavimentar cientos de kilómetros, para facilitar el tránsito de la artillería pesada de sus poderosos ejércitos.
Con el petróleo y los múltiples derivados de él, el alquitrán desplazó al casi olvido de los centenarios adoquines, con ventajas e inconvenientes. Ventaja, y no pequeña fue y es, que el riego asfáltico produce firmes lisos, perfectamente planos, por donde la cada vez más numerosa circulación es más rápida y silenciosa.
Como la felicidad aquí (llámenla perfección si les pete) nunca es completa, el producto derivado del petróleo, dejaba de ser firme durante los meses del estío; tanto más blando cuanto más “apretase el calor”. Con gravilla de piedrecitas menudas mejoró este inconveniente que daba al firme mayor dureza. Como la felicidad, insisto, nunca es total, igual la mejora de la gravilla. Despedían tal calor las calles de las grandes ciudades, que como la “chapa” de las “cocinas bilbáinas”, el ambiente se hacía en ellas cada vez más irrespirable.
Pero hubo otro factor importante, que nos lleva al título: la moda –tan cambiante en las mujeres- impuso en ellas el uso de tacones cada vez más altaricones y puntiagudos. Los zapatos quedaban clavados en el firme -no muy firme- del asfalto donde quedaban anclados.
Hasta hace unos años los automóviles eran los amos y señores de las calles. Seguramente fue la revolución del tráfico rodado el causante de que la atención de nuestros ediles favoreciera ostensiblemente al ciudadano motorizado: grandes avenidas asfaltadas y aceras mínimas para los sufridos peatones. Vías como hornos en verano con doble sentido en la circulación y accidentes por atropellos que fueron la señal de alarma.
Cambiaron las tornas. Aceras anchas por donde pasear sin riesgo, y tráfico reducido a una y estrecha vía de una sola dirección. Y enseguida, primeras calles sólo para peatones. Las que, en atención al peatón –gracias Srs. Alcaldes-, cada vez son más numerosas.
A una mente prodigiosa se le ocurrió el invento de lo archiconocido: los adoquines para las calles peatonales en progresivo aumento. Mente prodigiosa del que “se quedó calvo detrás de las orejas”… Fuera por mala construcción, fuera por colocación defectuosa, si antes eran los automóviles el terror de los peatones, ahora lo son los adoquines. Con una población que envejece sin el debido recambio generacional, no es el garbo en caminar lo que “nos” distingue. Mala pasarela para las de tacones con plataforma y peor para el caminar cansino a ras del suelo de la cada vez más numerosa ancianidad que deambula a duras penas. Los adoquines se levantan o hunden; y la superficie que debiera de ser lisa es un riesgo importante de caídas y roturas de caderas principalmente. Negocio para las ortopedias que suministran muletas a cientos. Y que constatamos a diario en ancianos y los que no lo son tanto.
Todo el fárrago escrito tiene un único fin: ¿no habrá quien descubra, invente y fabrique un sustituto a los malhadados adoquines? Además de salvaguardar la integridad de los ancianos o minusválidos (ambos casos en el que suscribe rezongando y maltrecho por múltiples caídas) del mundo entero -porque el mal es universal-, le auguro que “se forra”. No, la baldosa no es solución. Ni la grande castellana, ni el baldosín catalán. El tránsito de vehículos para recogida de basuras o entradas a garajes, obligan a una continua renovación de piezas o tramos, no pequeños, de ellas, sobresalientes, hundidas o rotas.
Si proliferan inventores de naves espaciales con tecnología increíble para recorrer los espacios siderales con éxito… ¿No habrá quien descubra…?
“Y que conste que no pretendo aconsejar; yo… digo nada más”.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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