Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Miki y Duarte en Diario de Sevilla el pasado día 25 de junio) (*)
Podía haberles dicho lo que se entiende por ahí como “corrupción”, pues la he vivido y la he sufrido en África. Algunas de sus variantes han puesto incluso en peligro de muerte a miembros de mi familia. Si se las contase los pondría a ustedes los pelos de punta.
Pero la cosa no va por ahí. El caso es que tanto se habla de la “corrupción” que me decidí a consultar mi “Nueva Enciclopedia Sopeña (Diccionario ilustrado de la lengua española)”, fechada en 1955. De acuerdo con la Real Academia, que espero no haya cambiado demasiado de opinión, el significado de “corrupción” es el siguiente:
Acción de corromper – Alteración de un texto – Alteración de las voces o de la construcción de un
idioma – Vicio, abuso, perversión – Diarrea – “Corrupción de menores”: Delito de quien, mediante actos libidinosos, seduce o corrompe a personas menores de dieciséis años.
Y el del verbo “corromper:
Alterar, dañar, echar a perder, podrir – Pervertir, seducir, viciar – Sobornar o cohechar – fam. Incomodar, fastidiar, irritar – Amér. Facilitar las evacuaciones fecales por medio de lavativas u otro medicamento – Oler mal.
Como verán, la corrupción no se refiere sólo al ámbito económico (sobornar o cohechar), sino que incluso alcanza a la diarrea, detalle éste que me parece sintomático.
Es pues – o al menos, era y ha sido siempre – un término considerablemente más amplio de lo que habitualmente tendemos a creer. Así que ahora que enarbolamos con frecuencia los “valores” cívicos para justificar la voluntad de echar abajo cuanto hemos construido, parece conveniente constatar hasta qué punto nos olvidamos de incluir entre nuestras principales preocupaciones aquéllas que responden a determinadas acepciones de esta lacra, y a las que no concedemos la importancia debida pese a haber deteriorado e incluso degenerado el ambiente moral de nuestra sociedad.
He aquí algunas muestras recogidas casi a vuela pluma:
¿Recuerdan que una señora que ostenta cargo público difundió un espantoso vídeo que mostraba la seducción e incluso sodomización de un muchacho por un vomitivo señor de bigote? ¿Y cómo la buena señora reclamó daños y perjuicios cuando alguien la aplicó el calificativo que merecía con todos los honores? Pues yo vi tan justo como oportuno que alguien se atreviera a hacerlo, ya que no puedo imaginar algo más repugnante que lo que ella intentaba colar a nuestra juventud. Incluso me pregunto si cabe mayor corrupción que ésta de – literalmente – “pervertir, echar a perder, o podrir” a los más jóvenes. Porque ahí tienen ustedes “vicio, abuso y perversión”. Recuerden ustedes: “quién escandalice a uno de estos pequeños…” Ya sólo los dibujos – horrorosos en lo artístico – eran para salir huyendo. Y sin embargo la impulsora de tan siniestra iniciativa sigue campando por ahí y hasta galleando de política.
¿Les parece aceptable la evidente corrupción de conceder un cargo público – sea éste de cultura o de concejal de barrio – a alguien que osa mofarse de los millones de judíos gaseados por los nazis y compara al campo de exterminio de Auschwitz con un cenicero, o que propone a una pobre niña mutilada por los terroristas que recurra a un vertedero de cadáveres para aprovechar los miembros de otras niñas, a su vez violadas y asesinadas sin piedad? ¿Y que su mentora – pelillos a la mar” – acepte la justificación del humor negro sin que se la caiga la cara de vergüenza? ¿Pero a qué punto hemos llegado? ¿No nos daña esto a todos como ciudadanos que compartimos lo bueno y lo malo de nuestra sociedad? ¿No contribuye a pervertir la convivencia esto de banalizar la maldad y hacerla presente en nuestro día a día presentándola como un ejemplo de normalidad?
A mí me parece también que corromper es exactamente lo que se hace hoy con buena parte de nuestra juventud manteniendo esos horarios nocturnos inaceptables y apoyando un negocio culpable – el de “la noche” – que afloja los bolsillos de los padres y carga la conciencia de los hijos en esas salidas que comienzan ya los jueves y se extienden y prolongan con los “afterhours” a lo largo de todos los fines de semana. Así que los domingos nada del día del Señor o cosa parecida. Todo esto en un ambiente propicio a las drogas y al alcohol; algo inconcebible en cualquier país sensato. ¿No es cierto que, como señala el diccionario, así se “echan a perder” muchos de nuestros jóvenes con la desesperación angustiada de sus padres?
Y si hablamos de corrupción, ¿no debemos añadir a este inventario la de una sociedad en la que unos terroristas de crueldad reconocida se jactan de ella e incluso llegan a ocupar importantes puestos de gobierno? ¿Y qué me dicen de ese coqueteo de otros – lobos con la piel de cordero – que recogen las nueces y todavía coquetean con quienes solían sacudir los árboles? ¿No es esto perversión? Claro que hay representantes del Estado que atacan a éste pese a que tienen la responsabilidad de defenderlo, emplean fondos públicos para apoyar gestos de rebeldía contra él, y aun se niegan a cumplir las leyes democráticamente establecidas añadiendo a la corrupción la chulería…
¿Es que no es signo de corrupción moral y podredumbre el hecho de que muchos individuos que aspiraron a puestos de la administración o incluso son responsables de ella, practiquen, fomenten y hasta aplaudan los impúdicos “escraches” y la intimidación de los mal llamados “piquetes informativos”, o de que, incluso tengan la desfachatez de vulnerar las “jornadas de reflexión” que preceden a las elecciones?¿Y qué me dicen de favorecer en el terreno de la educación un ambiente permisivo que acaba en esa falta de respeto a los maestros y a los propios compañeros que está dando lugar a hechos inadmisibles de humillación y violencia? ¿No es esto una corrupción de las costumbres y la convivencia en un centro neurálgico de nuestra sociedad enferma? Y todo este cúmulo de desatinos, ¿no es en sí mismo una expresión del grado de corrupción de nuestra democracia y del escaso respeto que nos tenemos a nosotros mismos?
Yo creo que también fue signo de lo mismo, por ejemplo, el ver cómo se engañaba impunemente a la nación escamoteándola la realidad de una gran crisis y esquilmando los fondos públicos sin sentido sólo por mantenerse en el poder. O utilizar éste para hacer prevalecer un relativismo feroz que haría del ciudadano fácil presa de la propaganda y de los jóvenes seres egoístas sin discernimiento para encontrar la diferencia entre el bien y el mal. O destruir al rival político mediante maniobras torticeras caracterizadas por una falsedad amplificada por los medios.
Y, claro está, ahí tienen ustedes muestras de una evidente corrupción en la compra venta partidista con el fingimiento hipócrita de respeto a los principios – hasta el extremo de aliarse con quienes pretenden destruir nuestra convivencia – o la utilización de los medios para extender falsedades relativas a la propia historia con objeto de consolidar un odio previamente fomentado con otros tipos de mentira. Corrupción es también, naturalmente, traicionar la lealtad debida en cargos públicos de representación y también fingir una cosa y hacer otra como es frecuente por no decir omnipresente.
Para rematar esto todavía nos queda – no se olviden ustedes – esa corrupción lingüística a la que también se refiere el diccionario, cuya presencia es evidente al aceptar el lenguaje de los terroristas, crear un caos por pura conveniencia partidista en la secular designación de nuestros provincias, pueblos y ciudades, o aceptar como “matrimonio” la unión de personas de un mismo sexo, con perjuicio de la etimología, de la verdad e incluso de la lógica más elemental; es decir, banalizando algo tan esencial para el mantenimiento de la especie humana como el amor entre la mujer y el hombre.
Estoy seguro de que mi improbable lector sabrá añadir a mi ya vieja enciclopedia Sopena, Diccionario ilustrado de la lengua española del 55, los rostros, nombres, situaciones y escenarios que encajan en la descripción. No creo que le cueste demasiado hacerlo.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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