Las Doncellas de Hiroshima

Por Javier Pardo de Santayana

( El descubrimiento de América por Cristobal Colón 1958-1959. Óleo de Salvador Dalí en el Museo Dalí de San Petersburgo, Florida. Pintura.aut.org. 410 x 284) (*)

Este mes de agosto de 2015 se ha recordado ampliamente el bombardeo de Hiroshima, primero realizado con un arma nuclear. Hubo otro tres días más tarde sobre Nagasaki, pero éste sería ya, afortunadamente, el último. Luego, durante la Guerra Fría, la amenaza de este arma sería la base de una disuasión que demostró cumplidamente su eficacia, mas, terminada aquélla, no pareció precisa, o mejor, se prefirió mantenerla sólo en un nivel latente: aunque las armas seguían existiendo y aún había conflictos locales entre países “nucleares” no se contemplaba una amenaza cierta, así que las potencias dominantes consideraron que bastaba con la presencia bien controlada de las suyas para evitar cualquier loca aventura.

Ahora la incertidumbre respecto al futuro ha aumentado la posibilidad de que en algún momento puedan utilizarse de nuevo estas armas de fisión. Desde luego las hay, como también la intención de utilizarlas, o, en todo caso, hacer de ellas al menos una amenaza bien creíble. El reciente acuerdo alcanzado por los norteamericanos y los iraníes tiene precisamente por objetivo evitar su proliferación, aunque al no renunciar los ayatolás a borrar del mapa el estado de Israel, los recelos suscitados por el gesto no parecen exentos de razón. En todo caso, y cualesquiera que sean las razones por las que se mantiene la preocupación mundial por estas cosas, ahora, en el setenta aniversario del bombardeo norteamericano de Hiroshima, el recuerdo de la decisión del primer empleo de un arma nueva casi apocalíptica como ésta puede cortarnos la respiración. Téngase en cuenta que su efecto ya era conocido después de las pruebas realizadas en los atolones del Pacífico y en el desierto americano.

Así que no es extraño que me sorprenda, por ejemplo, que en este mundo de la corrección política en el que hoy vivimos el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki no haya supuesto un anatema “ad aeternum” para los norteamericanos. Fíjense ustedes la que armaron nuestros adversarios políticos con la conquista de un nuevo mundo lejano y hostil hace un montón de siglos. Y eso pese a que, por vez primera y probablemente única en la Historia, se llegó incluso a convocar un gran “simposio” para determinar cuál había de ser nuestro trato a los nativos, y la Reina de Castilla se preocupó desde el inicio por la correcta suerte de la población de los nuevos territorios. En efecto, aunque nuestra prioridad fuera la evangelización, nos freirían a reproches incluso intencionadamente. Hasta nosotros mismos caímos en la trampa y no faltaron españoles que de una u otra forma se sumaron a una leyenda adversa. No así yo, desde luego, que tuve la ocasión de levantarme de mi asiento y salirme ostensiblemente de una conferencia en el gran auditorio de una prestigiosa escuela militar norteamericana al ver como el conferenciante contraponía las palabras God – Dios – y gold – oro – como características del interés último de los colonos norteamericanos y los conquistadores españoles. Era aquel el año de la gran Exposición Universal de Nueva York y precisamente en ella se mostraba un mapa gigante de los EEUU con todos lo topónimos de origen religioso. Apabullante. He de decir de todas formas que la dirección de la escuela me llamó para interesarse por las razones de mi indignación y me ofreció la oportunidad de recabar una satisfacción.

Sí, lo reconozco: me sorprende que las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki no hayan dinamitado el prestigio norteamericano. Y mira que admiro yo a ese pueblo que tantas veces me acogió con la mayor generosidad y afecto. Pero lo mismo me sucede con la manida explicación de que al forzar la rendición de los nipones se ahorraron muchas víctimas, pues contraponer una suposición o un cálculo teórico a un hecho concreto que fue causa de un incontable número de muertes indiscriminadas me resulta difícil de aceptar. Y eso no es todo, pues también me asombra que la derrota del Japón así forzada acabara en una estrecha relación entre el país atacante y el que sufriera la barbarie. Es más, aun hay soldados norteamericanos conviviendo con la sociedad nipona sin que veamos un rechazo ni siquiera parecido al que en su día mostraron nuestros comunistas y sus afines y palmeros, cuyo odio a los norteamericanos es, por lo que se ve, más ideologizado y visceral que el del Emperador japonés y sus vasallos.

En una de esas ocasiones en los que de vez en cuando caigo en la cuenta de que a lo largo de mi vida he estado cerca de acontecimientos y personajes relevantes, recordaba yo a este respecto cómo el año 56, teniendo apenas veintitrés años, llegué a conocer a un curioso grupo de muchachas japonesas relacionadas con el bombardeo de Hiroshima.

Acababa de realizar un interesante curso en Oklahoma cuando, antes de regresar a España, pedí permiso para viajar a las Hawai juntamente con el otro estudiante español con el que coincidí en la escuela. No les hablaré de la isla de Oahu, de la bella ciudad de Honolulu, de la fabulosa playa de Waikiki, de la constante presencia del antiguo volcán Diamond Head, del paso de Pali, de Pearl Harbour, de BIshop Street, de la estatua del rey Kamehameha, del Hotel Ala Moana o del parque de la Princesa Kapiolani, Tan sólo me referiré a que a cualquier lugar al que fuéramos a presenciar el espectáculo de los muchachos hawaianos trepando para recoger lo cocos, de los cadenciosos bailes bajo las palmeras o de las dulces canciones hawaianas que acompaña el ukelele – por cierto, mi primer instrumento musical – encontraríamos allí a las “Hiroshima maidens”, jóvenes con el rostro desfigurado por la gran explosión cuando aún eran colegialas, y que, tras de sufrir un tratamiento quirúrgico en Estados Unidos, serían invitadas por el gobierno norteamericano a pasar unos días en aquel lugar idílico como en una especie de compensación por los males causados.

Me extrañó, sí, que la invitación, lejos de ser rechazada con indignación por las muchachas o por sus familias, fuera, por el contrario, recibida con agrado por las víctimas en un laudable esfuerzo por dejar atrás una terrible historia. Es más, según he leído en Wikipedia, ya en 1955 una de ellas, llamada Masako Tachibana, que, pese a estar desfigurada y no poder tener descendencia contraería matrimonio y se iría a vivir al Canadá, se había adherido a la teoría del mal menor según la cual la bomba atómica sobre Hiroshima habría sido en el fondo beneficiosa para su país.

¿Y qué fue de las posibles ”Nagasaki Maidens»? Pues no existieron a efectos de su presencia en los medios internacionales. Por lo visto, en su ciudad no hubo quien promoviera nada parecido a lo de las “Doncellas de Hiroshima”; lo mismo que sucedió con los jóvenes varones estudiantes desfigurados por las famosas bombas en cualquiera de las dos ciudades. Y es que lo que yo viví en Honolulu fue, indudablemente, un asunto mediático cuya intención sería provocar intensas emociones al gran público y rebajar la impresión de culpabilidad del vencedor.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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