Por Carlos de Bustamante

( Calvario. Lienzo de José de Ribera en el Patronato de Arte de Osuna, Sevilla. Pintura.aut.org. 336 x 239) (*)
Por aquellos días, anteriores a los de la crucifixión y muy tristes, Myriam apenas si salía de casa. Me rogaba, sin embargo, que la tuviera al corriente de cuanto le sucedía a su Hijo. En continuas carreras, que ni el más ágil de los etíopes, le fui informando del proceso bochornoso que los hipócritas incoaron a Jesús ante Pilato. Aunque terriblemente asustado, nunca creí del todo que le condenarían a muerte. Cobarde Pilato, lo hizo; no sin antes haberle mandado azotar de la manera más despiadada que nadie pueda imaginar. Mi Amigo, Dios, hecho una llaga. Su carne toda, desgarrada y rota. Crueldad infinita.
Con el mayor dolor que puede sentir una madre, Myriam corrió para ver a su Hijo. Cobarde, como los discípulos, yo, Tarsicio, al majuelo. Dentro de la caseta del guarda, caí de hinojos y contemplé la escena horripilante. La que nunca pensé que vería ni oiría. Desde la hora de sexta hasta la hora de nona, la tierra toda, antes luminosa, se cubrió de tinieblas. Asustado como un conejo en la madriguera con los galgos o podencos esperando afuera, creí que sería ahora cuando aparecerían más de “doce legiones de ángeles” en socorro de Iahveh, Dios. No bajaron. No le defendió nadie, nadie.
Sí bajaron y cayeron en abundancia rayos, truenos, relámpagos y centellas. Tras el monte Calvario se formó un tornado, que recogió las palabras de Jesús y las depositó en enormes espirales junto a la cabaña. Vi primero coser con clavos tremendos a Jesús al madero. Y el tornado depositó las palabras: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. Si en los niños el hipo es para vivir y en los viejos para morir, a Tarsicio le quedaba muy poca vida.
Mi Amigo Jesús, mi Dios, creo que prefirió concederme una prórroga. Lloré como un niño. Un nuevo tornado mayor y más potente que el anterior depositó muy cerca: “Si Tú eres el Cristo, sálvate a Ti mismo y a nosotros”. La voz procedía del crucificado a su izquierda. Con el retumbar del trueno tras el rayo, me vino otra voz: “¡Cómo!, ¿ni aún tú temes a Dios estando, como estás, en el mismo suplicio? Y luego más suave como la calma tras la tempestad: “Nosotros, a la verdad, estamos en él justamente, pues pagamos la pena merecida por nuestros delitos; pero Éste, ningún mal ha hecho”. Como un suspiro, el mismo de la derecha dijo después a Jesús: “Señor, acuérdate de mí cuando hayas llegado a tu reino”. El siguiente tornado, me trajo lo que trae la lluvia cuando cae sobre la tierra reseca y sedienta: “En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”. Siendo de día, de repente se hizo la noche. Junto al clamor de peñas resquebrajadas y grietas abiertas en las rocas, oí lo que nunca creí que sucedería: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Y expiró.
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