Los nuevos barbudos

Por Javier Pardo de Santayana

( Autorretrato. 1880. Óleo de Darío de Regoyos) (*)

Si quieren que las diga la verdad, les confesaré que no creo que valga la pena atribuir a la crisis la moda de las barbas, aunque ya saben cómo se dan casos en los que pequeñas causas instintivas llegan a producir cambios espectaculares. O sea, que sí es posible que en muchos hogares se haya renunciado a la maquinilla eléctrica y a la cuchilla clásica sólo por el ahorro que esto supondría unido a la incomodidad de enfrentarse diariamente al afeitado, y que el efecto acumulado de una y otra cosa hayan sido responsables de este cambio. Mas no creo que esto se ajuste a la realidad.

¿Que porqué se pobló tan de repente nuestro paisaje urbano de barbudos jóvenes y no tan jóvenes? Pues la verdad es que no lo sé, aunque es de suponer que se trate de una de esas modas que empiezan con unos pocos pioneros y algunas fotos atractivas, y que este fenómeno se viera acompañado por un lanzamiento interesado, bien de carácter económico o con explicación “filosófico-social”. Casi siempre se trata de etiquetas atribuidas a universidades o barrios norteamericanos. Así se clasificará a los jóvenes por generaciones atribuyendo a cada una unos rasgos específicos, y de ahí salen los “ninis“ y los “hipsters” y yo qué se cuantos tipos más de ciudadanos; que de esto ya he tratado en algún artículo no ha mucho publicado.

Así se genera una situación social a la que se busca una imagen concreta y en cierto modo representativa: una etiqueta más que añadir a la clasificación simplista de nuestra sociedad. Y entonces ocurre lo de siempre: que lo que la juventud antes rechazaba y hasta caricaturizaba cruelmente pasa a ser tenido luego por bueno y atractivo; tan atractivo como para hacerla sentirse identificada con sus tics y sus modas asociadas. Basta luego que se lancen a mostrar estas cosas algunos osados, y el efecto de su presentación en imágenes y de algunas sesudas explicaciones sociales y psicológicas acerca de lo que el cambio representa producirá de pronto y casi sin avisar un efecto multiplicador que puede parecer casi instantáneo.

El retorno de las barbas – incluso de las barbas “largas, largas” – hoy parece un retorno al pasado, no sólo porque antes las hubo y luego desaparecieron, sino porque parecen ser contrarias a la “modernidad”. Cierto es que las prisas que ahora nos acucian no favorecen la aparente pérdida de tiempo que el afeitado exige a horas tempranas cada día, pero el hombre-robot al que nos aproximamos como reflejo de los avances tecnológicos parece estar más en la línea de un rostro limpio de cualquier apéndice piloso. Apéndices que, sin embargo, resultaban corrientes en imágenes sacadas de la Biblia o de los álbumes de fotos de nuestros, no digo abuelos, sino, por lo menos, bisabuelos. Y en la época de la transición, naturalmente, o sea en unos tiempos en los que la juventud buscaba personalizar el cambio.

En todo caso no deja de ser curioso constatar cómo lo que antes fuera “in” se ve ahora ya como decididamente “out”, y no sólo formalmente, sino como concepto estético, esto es, provocando el rechazo por ser considerado ridículo en su época. Así, lo mismo que hoy tienden a merecernos ese calificativo aquellos pantalones cortos al límite como los que usaba Hugo Sánchez por ejemplo, también parecerán ridículos en un futuro quizás próximo los calzonazos que hoy visten nuestros baloncetistas. ¿Imaginan ustedes lo que pasaría si un joven estudiante se presentara a clase un día de estos con pantalón bombacho? Pues nada habría tan ridículo como ver carcajearse de su pinta a un tipo con pantalón vaquero sin tiro, desteñido y hecho harapos dejando asomar el arranque del trasero.

Naturalmente también vemos grandes barbas en las playas, y esto es como retrotraernos a la época de las novelas de náufragos. El desnudarse por un lado, y no afeitarse por el otro, que hasta tendía a ser a ser visto casi como una contradicción, será pronto percibido como un sano retorno a la naturaleza.

Quizás influya también subliminalmente en este cambio estético la necesidad de hacerse respetar en un periodo de mucho paro entre los jóvenes, pues es cosa admitida que una gran barba tiende a ser asociada a la experiencia y a la sensatez. Pero, por otro lado, una barba de gran tamaño parece contraria a la obsesión actual por la salud y la seguridad, e incluso puede despertar en el lado malo de nuestros recuerdos la imagen de personajes rechazados por su inquina y su crueldad, como son los miembros de organizaciones terroristas de todos conocidas.

En cualquier caso, y si esta nueva estética no contamina a las generaciones anteriores, cabe llegar a suponer que los nietos acaben por dar la impresión de ser más serios y reflexivos que sus devaluados abuelos y padres.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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