Por Carlos de Bustamante

( Llanto sobre Cristo muerto de Isidro de Villoldo, en el Museo de la Catedral de Valladolid) (*)
Quedamos en que José de Arimatea, el ahora valiente, me llamó desde la entrada del sepulcro donde habían depositado el Cuerpo de Jesús. Muerto. Con el miedo -espanto- de quien algún día se creyó gladiator, llegué enseguida tembloroso. Sorpresa mayúscula: los bizarros y todopoderosos (¿?) legionarios, no me pusieron traba alguna, ni me quincharon con las lanzas o espadas. No. No sé qué les diría de mí el nuevo amo, para quien no pegaba más golpe que los mamporros a la lata de escabeche para espantar a grajos y tordos del majuelo. Cuadrados ante el pobre esclavito, negro y etíope, se golpearon el pecho; saludo con el que indican respeto y obediencia al superior. Por unos momentos me vi centurión o incluso procurador como Pilato. Sonreí, orgulloso, de oreja a oreja.
Sonrisa que se me borró de golpe al penetrar en el sepulcro. Nuevo. No usado antes por ningún difunto. Así estaba allí sobre la roca fría mi Dios, Amigo y Señor. Difunto. Muerto. Cadáver. Que yo lo vi. Pero aún más.
En el Cuerpo desfigurado por el suplicio, vi el odio de los hipócritas en su rostro aún ensangrentado. Y en su divina Cabeza, espinas aún clavadas de la corona que puso en ella el odio, la burla y el colmo de la maldad. Del odio a quien pasó siempre “haciendo el bien”. Ante tanto horror, no me pude contener. Hasta tuvo que llegar a los oídos de los hipócritas que, vigilantes, aún estaban afuera: ¡¡Malditos…!!
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