Camelos democráticos

Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Ricardo publicada en El Mundo el pasado día 1) (*)

¿No decíamos que, aunque un determinado partido ganara las elecciones, el que en realidad había ganado era el segundo ya que podía convencer a otros partidos con los que coincidía en lo importante, que era la afinidad política? Pues ya lo ven ustedes: “las izquierdas” no eran tan afines como parecía; si no, díganme ustedes por qué llevamos meses dando la tabarra al mundo entero para finalmente descubrir que aquellos amigos que se suponían del alma no se ponen de acuerdo ni por casualidad; que unos y otros se temen cuando no se odian mutuamente; que hay quienes lo que pretenden realmente es fagocitar a los que les hacen más la sombra, que son precisamente los más próximos.

Y mira que era bella aquella hermandad que no existía. Sí; no existía, pero mira que era resultona… Tanto que en teoría y bien aderezada habría podido arrastrar a los ingenuos votantes españoles, tan bien intencionados y tan propensos ellos a dejarse seducir por las palabras y el aspecto físico. Y qué triste puede ser constatar la realidad cuando se huele la victoria y luego todo resulta tan distinto de lo que nos convendría para alcanzar aquel sillón soñado…

O sea que partíamos de una premisa falsa y que aquellas frases que presentábamos como un axioma eran en realidad puro camelo para engañar a los ingenuos. Hasta llegamos a creer que la agitprop bastaría para crear una realidad ficticia y arrastrar sin más a quienes ya teníamos acostumbrados a tragarse lo que les transmitían las pantallas.

Sí; no bastaron los astutos retoques en la redacción de los acuerdos, que es cosa tan fácil si se sabe poner el adjetivo, el nombre o la preposición más adecuada, y queda tan redonda si se consigue omitir o encubrir lo que temporalmente estorba o no conviene que se sepa. Aquí, como en el cine, los efectos especiales son la clave; lo esencial no es simplemente la eficacia y el servicio aunque haya algún pardillo que lo crea. Aquí son esenciales las imágenes; que no hay nada como la publicidad y sus pequeños trucos.

Nos decían también que el pueblo nunca se equivoca y mire usted como nos ha dejado. Pues he aquí otro camelo democrático. Ya decía yo que tenía la impresión de que ese axioma no podía en absoluto ser exacto, y la razón se me antoja evidente: si hay unos que votan una cosa y otros que votan la contraria, unos acertarán con la adecuada solución mientras los otros yerran. Y tanto unos como otros son el pueblo; así que no será raro que éste se equivoque, más aún si median los truquitos y las influencias de medios interesados. No olviden que aquí, en España, tenemos, incluso, la experiencia del terror como factor determinante y utilizado para sacar provecho de él. Recuerden lo del árbol y las nueces.

Sí; el pueblo se equivoca. Por ejemplo, cuando le engañan y el engaño es ejercido desde medios hábiles y convincentes; cuando se le ocultan cosas importantes o se utilizan trampas informáticas; cuando la agitprop hace bolas de nieve y los televidentes y radioescuchas no se hallan bien formados o temen no seguir la moda del momento; cuando se acierta a sembrar el odio por las redes; cuando se desconocen las lecciones de la historia, cuando una campaña electoral se enreda en vaciedades y no aborda la raíz de los problemas; cuando lo prioritario no es la nación sino la destrucción del adversario.

Pero no es éste el único camelo democrático, que también encontraremos el camelo en la entronización del diálogo y la aseveración de que el fraccionamiento electoral propicia la necesidad de un enriquecedor intercambio de opiniones. A ver cómo se establece ese diálogo cuando tienen ustedes a un partido que se ha cerrado en banda y niega, no digo ya llegar a acuerdos, sino sencilla y llanamente a hablar con su oponente, satanizado previamente con el apoyo de medios afectos, y curiosamente sin aducir razón alguna, sin sentirse obligado a explicar el por qué de tan cerril postura. Le basta con decir que no y que no, con la sorprendente chulería de preguntar a su oponente que qué parte del “no” es la que no entiende. Pero la gente está ya tan acostumbrada al artificio que da por natural las actitudes como éstas.

¿No les parece a ustedes increíble que ocurran estas cosas siquiera en atención a aquella “corrección política” de la que hoy tanto presumen todos? ¿Y qué me dicen de esos puritanos que no se dignan, no ya perdonar, sino ni tan siquiera comprender la menor concesión de sus políticos o su obligada concesión al mal menor en situaciones de emergencia, y que se cierran también en banda quitándose de en medio mediante la abstención o buscando el refugio en partidos minoritarios que para nada cuentan?

Así que, tras estas consideraciones, ¿de verdad creen ustedes que el buen pueblo español acertó acercando el poder a los impresentables que vemos hoy en día en los ayuntamientos o dándonos la posibilidad de ser gobernados por quienes no son homologables en el ámbito político europeo? Pues qué quieren que les diga; que yo creo que no sólo no acertaron, sino que metieron la pata hasta llegar al mismo corvejón.

Y no quiero decir con esto que la democracia no siga siendo como ha sido siempre el menos malo de los sistemas de organización de nuestra humana convivencia, ya que lo que pretendo es exactamente lo contrario: advertir en lo que valga sobre los camelos que algunos manejan para desvirtuarla y desprestigiarla en beneficio propio adobándola con trucos y maniobras que poco tienen que ver con sus esencias.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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