Por Carlos de Bustamante

( Portada de “Tarsicio, el esclavo libre”, libro de Carlos de Bustamante) (*)
Al finalizar estos en parte apócrifos de “Tarsicio el esclavo libre”, créanme que apenas sé diferenciar dónde comienza la tristeza y dónde la alegría. Sé seguro que ambas han finalizado. Pena inmensa, y nuevamente soy confidente de ustedes, porque finalizaron los días -cuantos duró la escritura- de hablar con Dios. Y Alegría como jamás sentí otra, porque mi Señor y Amigo venció a la muerte. Porque a precio de Sangre, todos hemos sido rescatados de la postración del pecado y la muerte eterna.
Sin dejar de ser Dios, Jesús, Hombre y Amigo ¡ha resucitado! Todas las dudas de Tarsicio, ignorante, son ahora verdades tan claras como el agua del pozo de Nazareth; cristalina al reflejarse tantas veces en ellas el rostro bellísimo de Myriam. Mi Ama y Señora. La que más que Ella, sólo Dios. La que recibió el piropo encendido de “Bendito el vientre que te crió y los pechos que te alimentaron”. La que en el lenguaje vulgar de Tarsicio, esclavito, negro y etíope, tradujo a su modo por “Viva la madre que te parió”.
Sin Jesús, José y Myriam a mi lado, supe que mi misión aquí al fin había terminado. Recordé las palabras del anciano Simeón en el Templo: “Ahora, Señor, saca en paz de este mundo a tu siervo, según tu promesa. Porque ya mis ojos han visto al Salvador que nos has dado: al cual tienes destinado para que expuesto a la vista de todos los pueblos, sea luz que ilumine a los gentiles y gloria de tu pueblo de Israel”.
Acurrucado en el jergón del taller de José, mi padre y señor, sumido este esclavito Tarsicio en tales palabras, se quedó serenamente dormido. El sueño de la eternidad.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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