Haciendo el ganso

Por Javier Pardo de Santayana

( Las famosas “ocas de Meidum”, de la época del faraón Snofru, en la capilla de Atet. Esta pintura de 172 x 27 cm. en estuco pintado se realizó en la Dinastía IV entre el 2613 y el 2498 a.C. en la Mastaba de Nefermaat y Atet en Meidum) (*)

Supongo que el lector conocerá el programa. Trata de la Tierra, o sea de la naturaleza, y se emite inmediatamente antes del telediario de las nueve. Su presentador, un tipo simpático e imaginativo que nos hace disfrutar con pequeñas cosas y da muy bien en la pantalla, proviene de la meteorología pero ha extendido su curiosidad y nos presenta un espacio ameno y divertido. Así tiene, por ejemplo, además de un fijo de cocinas típicas que satisface la pasión actual por la gastronomía, a un señor que – oh milagro – entiende de los árboles, esa asignatura pendiente de los ciudadanos españoles y de cuya ignorancia participo pese a mi continuo roce con el campo. Y naturalmente, insiste en presentarnos el mundo animal de formas muy diversas como, por ejemplo, mostrándonos secuencias cortas, a veces hilarantes, del comportamiento de perros y gatos en ambientes “humanos”. Pero no faltan otros especímenes, y en este sentido va precisamente mi articulo de hoy.

El caso es que la otra tarde, cuando al volver de misa se me ocurrió sentarme frente a la televisión con la intención de seguir este programa en espera de la hora de la cena y dirigir mi vista a la pantalla, el reportero se acercaba a una casa de campo donde se criaban unas ocas creo que por el simple placer de contemplarlas. Y allí estaban ellas efectivamente, alborotadas como un patio de colegio quizá por la presencia de un intruso. Lo que me hizo recordar la conocida anécdota de los gansos capitolinos de los años del esplendor romano, utilizados como guardianes del recinto precisamente por el sonoro aviso con el que alertaban de cualquier aproximación de gente extraña. Por eso no llegaron a sorprenderme sus graznidos. Y, sin embargo, el mismo dueño se vio obligado a justificar un alboroto que a su juicio tenía también otro motivo.

“Es que andan como desorientados” exclamaría el dueño como si tuviera que justificar no sólo los graznidos sino también aquel desesperado batir de alas. “Con el buen tiempo que está haciendo – hay que decir que esto sucedía a mediados del mes de febrero – las pobres ocas se creían ya en plena primavera”, exclamó nuestro amigo como exculpándolas por su comportamiento, para decir después: “así que habían ya empezado a poner sus huevos e incubarlos como está mandado, y ahora los han abandonado para salir huyendo”.

Entonces me dije para mis adentros: “Pues se comportan exactamente como los humanos, al menos en este país nuestro”. “Porque hay que ver que parecemos locos, y que es difícil el encontrar motivo. Ya dijimos adiós al más común de los sentidos y olvidamos tanto la Historia como la circunstancia, así que alborotados estamos, sí, como estas ocas, y como ellas hemos dejado de ser razonables y oportunos para degenerar en puro griterío”.

Y caí en la cuenta de que también nosotros creíamos haber visto llegar la primavera y tras habernos acostumbrado a ella nos creíamos a salvo de los fríos. Vivimos el calorcito de la sociedad del bienestar y el agradable sol en nuestros párpados nos había hecho olvidar hasta la corrupción latente. Alguien había recordado entonces ante las cámaras y en sede parlamentaria que había por ahí un tres por ciento de rapiña oficial en un lugar de España, y sin embargo a nadie se le ocurrió reaccionar, porque en realidad nadie encontraba nada suficientemente mal para ello o a nadie le importaba la corrupción entonces; al fin y al cabo todo lo demás marchaba bien y no valía la pena cambiar nada. Además estábamos en paz y convencidos de que esta situación sería permanente; que nuestros hijos nunca tendrían que pasar más por el trance de elegir entre compatriotas amigos y enemigos; que todo iría tan sólo a mejor.

Creíamos, sí, que habíamos entrado ya en la primavera eterna. Y así nos sentimos hasta que una simple crisis nos nubló la vista. No había tal cosa como aquella primavera que soñábamos, y el contraste con las expectativas nos haría sentir de nuevo el frío del invierno. ¡Hay que cambiar! empezaron a decirnos entonces no se sabe bien con qué intención los indignados, que buscaban a quién echar la culpa. E intentaron matar a quien nos sacaba del atolladero como si no supiésemos ya desde hace tiempo cómo debíamos calentarnos; como si no recordasen cómo conseguimos rozar con la opulencia; como si se hubieran olvidado aquellos inhóspitos inviernos del pasado y ya no recordaran como salimos de ellos para forzar el retorno de la reciente y esplendente primavera.

El resultado es que, ignorado lo que hemos conseguido con nuestro propio esfuerzo, incapaces de asumir el cambio y habiendo olvidado en el camino hasta nuestra historia más reciente, nos precipitamos hacia un futuro que es sólo una difusa meta en nuestra alborotada huida hacia adelante. Y lo hacemos emitiendo gritos incoherentes; escuchando tan sólo nuestros graznidos y el alboroto de nuestro estúpido aleteo. O sea, haciendo el ganso.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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