Los lunes, revista de prensa y red

“Los verdaderos tabúes de la política española”, de Francisco José Contreras, y “La formación académica del militar”, de Juan Carlos Domínguez Nafría

( Viñeta de Miki y Duarte en Diario de Sevilla el pasado día 17 de marzo) (*)

LOS VERDADEROS TABÚES DE LA POLÍTICA ESPAÑOLA

Artículo de Francisco José Contreras publicado en Actuall el pasado día 15

El título era seductor, y el artículo de Esteban Hernández venía avalado en Twitter por personas que me merecen gran crédito: “Las palabras prohibidas de la política española”. Y que explican casi todo. ¡Qué decepción! Pues las “palabras prohibidas”, las cuestiones nodales que se han convertido en tabúes, resultan ser para Hernández “proteccionismo y antiglobalización, que en su versión europea se convierten en proteccionismo y antieuropeísmo”. Atribuye al rechazo de la globalización y a la nostalgia proteccionista el éxito demoscópico del Frente Nacional francés y de Bernie Sanders en las primarias demócratas de EE.UU.; curiosamente, olvida mencionar a Trump, cuyo éxito se debe a la sugerencia de que bastaría denunciar los tratados de libre comercio y levantar una muralla en Río Grande para que la clase media recupere el poder adquisitivo que supuestamente ha perdido en las últimas décadas “a causa de la globalización”. E imputa el fracaso de Vox a haber defendido “opciones fuertes de libre mercado”. O sea: Vox sería culpable de no haber incurrido en el populismo nacionalista-proteccionista de barreras arancelarias y retorno a la autarquía.

Uno, que se ilusionó con Vox, entre otras cosas, precisamente por su apuesta nítida por el libre mercado, no podría estar más en desacuerdo. Del FN francés, como de la Alternativa Por Alemania, me puede interesar su defensa de la familia –Marion Marechal Le Pen se ha quedado sola como la última parlamentaria francesa que defiende abiertamente las reivindicaciones de La Manif Pour Tous, tras la traición de Los Republicanos, tan parecida a la del PP– o su realismo en la constatación de que en Francia ya no caben más inmigrantes y que el multiculturalismo es una receta para el desastre. No me interesa nada su programa económico, tan crítico con las consignas de austeridad de Schröder y Merkel, y tan próximo en algunos puntos a la demagogia de Podemos. Como si “recuperando soberanía económica” se fuera a solucionar por arte de magia la tendencia patológica de los hipertrofiados Estados actuales a gastar más de lo que ingresan.

El aborto libre es ya asumido por todos y cada uno de los diputados del Congreso, y edulcorado con eufemismos cada vez más sonrojantes

Pues no. No son esas las “palabras prohibidas” que uno echa de menos en la política española. Hay otras cuya ausencia es mucho más clamorosa. Por ejemplo, la palabra “derecho a la vida”. El aborto libre es ya asumido por todos y cada uno de los diputados del Congreso, y edulcorado con eufemismos cada vez más sonrojantes: “garantizaremos de manera plena el derecho de las mujeres a decidir sobre su maternidad”, dijo Sánchez en su discurso de investidura. Rajoy tuvo la decencia de no impostar una discrepancia hipócrita. Lo cierto es que la aceptación del aborto es uno de los pocos principios que suscitan un consenso perfecto entre las fuerzas con representación parlamentaria. ¡Pobre país!

Hay otras palabras-tabú decisivas. “Natalidad”, por ejemplo. Ni una sola mención a nuestro abisal déficit de nacimientos en tropecientas horas de debate de investidura. Con una fertilidad estancada en los 1.3 hijos/mujer desde hace décadas –un 40% inferior al índice de reemplazo generacional- España se enfrenta a un futuro demográfico pavoroso. Pero sus señorías andan ocupados en debates más importantes.

Ni una sola voz se levantará en el Congreso para hablar de la reducción del peso del Estado como la vía más segura hacia la prosperidad general

¿Y qué decir de conceptos como “libertad económica”, “reducción de gasto” o “estabilidad presupuestaria”? Soraya Sáenz dijo al principio de la legislatura aquello de “no se puede gastar más de lo que se ingresa, pues la primera obligación de un político es gestionar con lo que tiene y no comprometer el futuro con lo que no tiene”. Sin embargo, España ha incumplido sistemáticamente los objetivos de reducción de déficit pactados con la UE; todavía estamos en el pelotón de los torpes, con un déficit público de 5% sobre PIB (o sea, el gasto público supera en más de un 10% a los ingresos fiscales). La deuda pública española se asoma al 100% del PIB: dejaremos a quienes nos sigan una losa asfixiante de endeudamiento. Pero todos los partidos del arco parlamentario coinciden en reclamar “más flexibilidad a Bruselas”, más capacidad de endeudamiento, más déficit, menos austeridad… El aumento de la recaudación permitido por la reactivación económica de los últimos meses no se está aprovechando para reducir déficit, sino para aumentar gasto público. Ni una sola voz se levantará en el Congreso para hablar de la reducción del peso del Estado como la vía más segura hacia la prosperidad general.

Hay otras hermosas palabras que no oiremos en las Cortes en esta legislatura. Por ejemplo, “recuperación de competencias por el Estado” o “derecho de los niños a recibir educación en castellano”. Poco importa que casi un 30% de españoles, según las encuestas, sea partidario de la recuperación de las competencias de educación, sanidad y justicia por la administración central. Ese 30% es la hez de la tierra, y su opinión no cuenta. El PP, supuesto garante de la unidad nacional, aplica en Galicia políticas lingüísticas que son un quiero y no puedo de las catalanas. Por cierto, la inmersión en catalán queda blindada por el acuerdo PSOE-Ciudadanos, o eso aseguró Meritxell Batet.

En fin, señor Hernández, que uno no echa de menos una derecha populista-proteccionista-antieuropeísta. Lo que nos falta es una derecha liberal-conservadora, pro-mercado, pro-vida, pro-familia y cuestionadora del engendro antinacional y despilfarrador en que se ha convertido el Estado de las autonomías.

Artículo en: http://www.actuall.com/criterio/democracia/los-verdaderos-tabues-de-la-politica-espanola/

LA FORMACIÓN ACADÉMICA DEL MILITAR

Artículo de Juan Carlos Domínguez Nafría Teniente Coronel Interventor (R) y rector honorario de la Universidad CEU San Pablo, publicado en ABC el pasado día 15 de marzo

Uno de los recientes estudios del Centro de Investigaciones Sociológicas, conocidos como «barómetros» (abril de 2015), reconocía que nuestras Fuerzas Armadas se encuentran entre las instituciones más valoradas por los españoles, con una calificación de 5,51 puntos. Superadas, tan solo, por la Guardia Civil (6,02 puntos) y la Policía Nacional (5,95 puntos). El resto de las instituciones sobre las que se encuestaba no alcanzó el aprobado.

Este prestigio social de las Fuerzas Armadas obedece a múltiples razones, entre las que sin duda se encuentra la alta misión que tienen encomendada de garantizar la soberanía nacional, la integridad territorial de España y su orden constitucional. En definitiva, son garantes fundamentales de nuestra seguridad y libertad. Especialmente en estos tiempos tan inquietantes y convulsos.

Este prestigio de las Fuerzas Armadas también es consecuencia de su eficaz y esforzada labor desarrollada en todo tipo de situaciones de emergencia, así como en las importantes misiones internacionales que realizan, en las que han adquirido una excelente reputación entre nuestros aliados. Eso sí, a costa del altísimo precio que supone la vida de 170 soldados.

Como también son muy apreciados los ejércitos entre los ciudadanos por su imagen de unidad, por su irreprochable conducta democrática y, desde luego, por el culto que rinden a nuestros símbolos nacionales, que con frecuencia son vituperados gravemente sin recibir el amparo legal que merecen.

Semejante reconocimiento social constituye el mayor orgullo de las Fuerzas Armadas.
Sin embargo, no es producto de la casualidad, porque las instituciones son esencialmente las personas que las encarnan, y los ejércitos están integrados por hombres y mujeres, que solo consiguen ingresar en ellos tras unos rigurosos y muy exigentes procesos de selección. Posteriormente reciben, además, una formación no solo profesional, sino también académica y moral, de forma permanente. En tanto que la promoción interna está basada en criterios de mérito, capacidad e idoneidad para el ascenso a los empleos superiores y para el consiguiente acceso a los puestos de mayor responsabilidad.

Su formación académica también responde a la más exigente tradición de nuestra cultura militar, que, lamentablemente, tal vez no sea demasiado conocida. Así, por ejemplo, el Siglo de Oro hubiera sido menos dorado sin los soldados Cervantes, Calderón o el marinero Lope de Vega; el Siglo de la Ilustración no hubiera tenido tantas luces sin los Gazola, Sabatini o Aranda, o sin marinos como Jorge Juan o Ulloa; nuestras Cortes de Cádiz no hubieran podido hacer la revolución liberal sin sus decenas de diputados militares; la ingeniería, la industria y la tecnología españolas del siglo XIX y buena parte del XX prácticamente no hubieran existido sin militares; como tampoco la ciencia española de ese periodo puede valorarse sin el capitán médico y premio Nobel Ramón y Cajal.

A pesar de esta tradición cultural y científica, las Fuerzas Armadas no constituyen la sociedad perfecta, pero también es cierto que los militares no dejan nunca de ambicionar, cada día, que sea lo más perfecta posible.

En lo que se refiere a la formación militar, no solo los miembros de los llamados cuerpos facultativos son titulados superiores universitarios, pues hace tiempo que los estudios que realizaban los oficiales de las escalas superiores de oficiales procedentes de la Academia General Militar, de la Escuela Naval, de la Academia General del Aire, estaban equiparados a los de licenciado universitario. Lo que les permitía el acceso directo a las enseñanzas de doctorado. Al igual que los estudios que se realizaban en la Academia de Oficiales de la Guardia Civil, cuerpo benemérito cuya altísima preparación en todas sus escalas no deja de sorprendernos cada día.

Sin embargo, desde hace algunos años se ha optado por integrar centros universitarios adscritos a universidades públicas en las referidas academias superiores militares, en las que se imparten distintos grados académicos de ingeniería. Enseñanzas que aspiran a tener doble utilidad, tanto en el ámbito profesional militar como en el civil. Y confío en que pronto se inicie también el camino de implantar los estudios de doctorado en el mayor número posible de disciplinas científicas, porque la enseñanza universitaria exige siempre la formación investigadora de su profesorado.

De hecho, recientemente he sido testigo de la obtención del doctorado cum laude por varios oficiales de nuestros Ejércitos y de la Guardia Civil. Como también he sido testigo en el Consejo de Universidades españolas del aprecio y respeto que se han ganado estos centros. Algo poco imaginable no hace demasiado tiempo.

En este sentido, también son dignas de reconocimiento las labores que desarrollan el Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado de la UNED o el Centro Universitario de la Defensa del Hospital Gómez Ulla, en el que funciona con éxito notable uno de los modelos académicos más originales de todo el mundo para la formación del personal sanitario militar.

En definitiva, es muy posible que buena parte de lo mejor de la juventud española se esté formando en estos momentos en nuestras academias militares, de la Guardia Civil y de la Policía Nacional, lo que constituye todo un reto y una gran responsabilidad para estos centros de enseñanza y para su profesorado.

Por todo ello, no puede menos que ocasionarme una gran perplejidad el hecho de que la alcaldesa de Barcelona amenazara hace poco a unos dignos representantes de las Fuerzas Armadas con impedirles el acceso a una feria pública sobre enseñanza y formación. Conducta reprochable no solo por lo que pueda tener de ilegal, sino también por la falta de respeto y la ignorancia que acredita.

Sin duda, otra de las importantes reformas que debemos emprender en el futuro es conseguir que los responsables políticos de la gestión de las administraciones públicas tengan, al menos, un currículo académico y una formación intelectual y moral como los que se les exigen a nuestros militares, guardias civiles y policías. Estoy convencido de que entonces la sociedad española también sabría reconocer a los políticos en los «barómetros» del CIS.

Artículo en: http://www.almendron.com/tribuna/la-formacion-academica-del-militar/

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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