El aire es de todos

Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Puebla en ABC el pasado día 21) (*)

…Y apagué la radio.

Es costumbre mía encender la radio-despertador que tengo en la mesilla de noche cuando se acerca el momento de acostarme, coincidente con un programa deportivo con vocación de trasnoche. Así que vuelvo a apagarla cuando ya metido entre las sábanas, busco el descanso y la desconexión con cualquier cosa que me lo complique.

El programa suele contener algunas encendidas discusiones sobre detalles nimios que suscitan el acaloramiento de especialistas del deporte – en español, léase futbol – conocidos por su “posicionamiento” en pro o en contra de uno y otro de los dos equipos más punteros. Pero en esta ocasión – cuando lo escribo es casi en vísperas de la final de Copa – el centro del debate se halla ocupado por la decisión de una delegada del gobierno que ha prohibido la entrada en el estadio a las banderas independentistas, para lo cual aduce la responsabilidad que tiene de garantizar la paz y la seguridad en los encuentros, lo que no puede declinar en otros.

Pueden ustedes comprender mi asombro y mi sorpresa al ver que los argumentos manejados por los impulsivos tertulianos se hallan en contra de la prohibición, pues todos hemos visto los números que montan los independentistas con la anuencia y apoyo material de un club que se jacta de ser algo más que eso y que tiene precisamente el objetivo de utilizarlo para hacer política. Objetivo que se tragan los “pobres” futbolistas que no se atreven ni a chistar por no poner en peligro sus millones. ¿Imaginan ustedes la que se armaría si sus adversarios hicieran campaña por un partido distinto del que ellos apoyan tan extradeportivamente?

Así que apagué la radio y me dormí. No podía soportar, confieso, una situación que me recordó aquel juego con que algunos niños del colegio intentaban sacarnos de nuestras casillas: nos colocaban uno de sus dedos a escasos centímetros de un ojo mientras decían, desafiantes, que “el aire es de todos”. Zafio e infantil sistema que daba por sentado que debíamos aceptar lo que nos hiciera el prójimo siempre que éste se moviera dentro de los estrictos términos de la legalidad escrita. Y como no hay ninguna ley que se refiera a las molestias que ocasiona el hecho de que alguien te amenace acercando a tu ojo un dedo enhiesto, pues uno tenía que aguantarse. Sistema parecido al hoy utilizado por algunos con el valioso apoyo de los tontos útiles, quienes, para justificar lo injustificable, utilizan toda suerte de argumentos viciados en su origen.

Creo que muchos pensamos que nuestra justicia – que imaginábamos suficientemente contundente contra quienes desobedecieran nuestras leyes – no sólo parece esforzarse en encontrar cualquier detalle por leve que éste sea para exonerar a los culpables, sino que aguanta la chulería de los independentistas con la mayor impavidez. Llama por ejemplo la atención la rapidez y contundencia con que reacciona ante los delitos económicos y su pasividad ante el recochineo con que algunos vulneran una Constitución que en su día votaron por destacada mayoría. Y también la facilidad con la que esto cala entre los españoles que viven mirando a las pantallas. Yo tengo la impresión, que supongo compartida por muchos otros de mis compatriotas, de que atentar contra la unidad de España y la igualdad entre los españoles sale más o menos gratis porque, claro está, no se tienen previstas con suficiente precisión todas y cada una de las posibles situaciones.

Aquí todo se admite si no está, como ahora dicen, en “negro sobre blanco”. Y claro, como la casuística es inmensa, siempre hay un resquicio no cubierto. Ahora resulta que la llamada “bandera estelada” no se halla incluida entre los símbolos prohibidos. Y yo me pregunto que es lo que ocurriría, por ejemplo, si un estadio fuera inundado, no ya de “esteladas» como suelen, sino de signos nazis. Nuestros insignes “progres”, entre los que, como ustedes saben, son abundantes los famosos “tontos útiles“, se rasgarían las vestiduras y se mesarían los cabellos para clamar justicia. Y ustedes saben que la banderita de la estrella única no es sino un símbolo de ruptura del estado y de desunión entre los españoles amén de un signo de desprecio hacia quienes no están de acuerdo aquellas ambiciones atendidas por el tres por ciento y también por el erario público.

Así que me pregunto, puesto que no parece que los jueces – sujetos por lo que se ve a la literalidad de la casuística – estén para aplicar con inteligencia y buen sentido sabios criterios que cubran los huecos de lo literalmente escrito, si para hacer justicia no bastaría simplemente un buen programa de ordenador de aquellos que tienen todo en cuenta; es decir, programa en el que probos funcionarios del ramo justiciero introdujeran datos y más datos y luego dieran a la tecla a ver qué sale. Con la ventaja, incluso, de que así podrían ahorrarse algunos sueldos.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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