Por Javier Pardo de Santayana

( Cartel de la película «Si Dios quiere») (*)
Veo que estrenan una película de título que suena a apologético – “Si Dios quiere”- y me llama poderosamente la atención. Como es viernes consulto la crítica de mi periódico: al parecer se trata de una comedia italiana que hace reír bastante, así que acudo al cine pocos días después con la intención de descubrirla.
La película arranca con una escena de familia: el padre es un prestigioso cirujano; un hombre conocido y admirado que se cree superior a cuantos le rodean y que ejerce de borde, pero de borde, borde: nadie escapa a sus tajantes comentarios y a sus constantes gestos de desprecio, de los que no se salvan ni la auxiliar de enfermería – una gordita voraz que engulle bollería industrial en cuanto puede – ni su yerno, al que considera un trasto inútil. La familia tiene en esta ocasión que reunirse porque el hijo, un simpático y bien intencionado joven, quiere decirles algo que considera muy importante. Así que todos están desconcertados y nerviosos dando vueltas a cuál podrá ser la razón de la convocatoria. Naturalmente no faltarán las cábalas, si bien la primera impresión es que el muchacho confesará su condición de “gay”. En efecto alguien señalará la circunstancia de que últimamente se le ha visto con un asiduo compañero. El resultado
es que toda la familia – padre, madre, hermana y cuñado – se preguntan cómo convendrá reaccionar ante una noticia como esa.
De entrada piensan en una situación desagradable y tensa que desembocará en una tragedia, y que ésta deberá ser asumida colectivamente de alguna manera. Pero como el chico está estudiando para seguir los pasos de su padre, y la previsible revelación de una condición sexual como la que ellos imaginan no impedirá que se desarrolle su carrera, su adusto progenitor se mostrará dispuesto a no reaccionar de forma negativa: se manejarán expresiones como la de que “ya se sabe que estas cosas pueden suceder en cualquier familia”•, que “cada uno elige lo que le parece”, y que “hoy en día hay que ser civilizado”… En fin, ustedes ya conocen el arsenal dialéctico. Y sin embargo, surge la sorpresa; el muchacho no es gay ni cosa que se le parezca; simplemente desea ser sacerdote y dar sentido a su incipiente vida. Y esto sí le caerá al padre como una piedra en el estómago al trastornarle aquellos planes que se había hecho para que su hijo pudiera sucederle en el quirófano. Además, como convencido y militante ateo, los proyectos del muchacho parecen tan absurdos como improductivos a su progenitor.
Y en este punto es en el que empiezan los enredos y las complicaciones, ya que el buen señor decidirá oponerse activamente a los deseos de su infeliz retoño con maniobras que le obligan a fingir ser lo que no es. Así se encadenarán algunas situaciones hilarantes, y, sobre todo, el encuentro con aquel curita que con su entusiasmo y sus palabras había despertado la conversión del joven: un hombre de personalidad arrolladora, desenvuelto y, por añadidura, ex presidiario.
No diré más por no chafar a mi lector si es que éste, seducido por el título, hubiera optado como yo por ir a ver esta película. Tan sólo añadiré que el encuentro de las dos personalidades – la del cura y la del el cirujano – es en cierto modo parecido el de los inolvidables Don Camilo el párroco y Peppone el alcalde descritos por Guareschi; aquellos que en su día interpretaron en el celuloide un francés – Fernandel – y un italiano, Gino Cervi.
En cuanto al desenlace, todo queda como un poco en el aire, de tal forma que cabe pensar en posibilidades que no aparecen de forma totalmente explícita. Lo que sí resulta evidente es la transformación que se produce en el entorno laboral y familiar del prestigioso cirujano, y, sobre todo, la humanización que poco a poco experimenta éste en sus comportamientos. La secuencia final es, a tales efectos, sugerente.
En fin, he aquí una película entretenida, divertida, incluso cómica – desternillante papel el de la actriz que encarna a la pequeña y gordita auxiliar de enfermería cuando el cirujano solicita de ella que finja ser su esposa – pero que a veces hace también reflexionar sobre la fe y la vida. En cuanto al papel del imparable, simpático, locuaz y también algo misterioso sacerdote, corre a cargo de un actor de nombre Alessandro y de apellido conocido: el de du padre, el inolvidable Vittorio Gassman, aquel de “Arroz Amargo”, “La escapada”, “Escándalo en Milán”, “Rufufú”, “Guerra y Paz” y tantos y tantos otros títulos bien conocidos de cuando el cine italiano era capaz de cautivarnos.