Por Javier Pardo de Santayana

( Santiago Apóstol. Óleo de José de Ribera, en el Museo del Prado. 78 x 64) (*)
Es la fiesta de Santiago Apóstol mi mujer y yo acudimos a oír misa en a parroquia de mi pueblo. Yo me he vestido “comme il faut”, esto es, enchaquetado y con corbata. Una corbata elegida entre otras muchas por mostrar los colores de nuestra bandera, símbolo que luce también en mi solapa.
Llegando ya a la iglesia topamos con una pareja conocida. Él es guardia civil, retirado por supuesto, y ella hermana y madre de miembros de ambos sexos además de esposa e hija “del Cuerpo”: la única por tanto no incluida, muy a pesar suyo, en las plantillas de la Benemérita pero que no habría sido la excepción de haber nacido años más tarde. Mi amigo hace un comentario en el que intuyo la disculpa por ir de trapillo veraniego como el resto de los asistentes, que dan como para una “media entrada” que dirían los taurinos. Claro que aquí en Guadalajara no es día festivo desde el punto de vista laboral, y, por otra parte, tampoco son muchos los jóvenes que aún asisten a misa los domingos.
Me pregunto qué dirá en este día nuestro párroco, quien, quizá por ser buen orador sagrado y hombre de cierta edad, suele ser oportuno en estos casos. Entonces, al hilo de mis pensamientos me surge una palabra: “patriotismo”. Porque tengo observado, o al menos esta es mi impresión, que el tono de los oficiantes suele diferir según la edad; es decir, que la tendencia más reciente apunta a prescindir de la mención de España, a no subrayar la relación del cristianismo con la Historia de esta nación nuestra que fue hollada ya por un apóstol en el tiempo de los ídolos romanos y que se declaró católica reinando Recaredo, uno de aquellos ”bárbaros del norte” que serían vencidos por la fuerza de la fe que aquí encontraron. Así nuestra nación llegaría a convertirse en el primer estado moderno de Europa, que es decir del mundo, y recuperaría los límites de Europa para proyectarlos al nuevo continente y a todo el ancho mundo. Desde entonces la historia de España la de la Salvación caminarían juntas.
Por eso me planteo qué entendemos hoy por “patriotismo”. Porque desde hace siglos éste fue tenido por sentimiento noble y recomendado por tanto a nuestros jóvenes; mantenido como un bien entre nosotros. Y esta u otra parecida fue la idea de Juan Pablo II, quien lo practicó y lo entendió como una faceta de la espiritualidad y de la cultura de cualquier nación consciente y sabedora de que la mayor parte de cuanto tenemos no procede de nuestro propio esfuerzo sino del de todos unidos y del que nuestros mayores realizaron; una sublimación de nuestras raíces más profundas, de nuestra realidad más consistente. Un sentimiento que tiene que ver con la continuidad del ser humano como en un acto de humildad consciente. Recuerda, en suma, las lágrimas vertidas a todo lo largo del camino, el sudor doloroso, las alegrías y tristezas que dieron forma a nuestras vidas. Y abre los ojos a la obligación moral de conservar la tradición que recibimos y que nosotros mismos enriqueceremos: que así es como, día a día, se construye el patrimonio – o Patria – que ha de ser la herencia que dejemos.
Mientras tanto, nosotros estamos por demostrar lo que valemos. Y debemos estudiar la Historia para, más que conocer sus fechas y sucesos, valorar el alma de nuestros predecesores teniendo en cuenta que ellos serían tan sensibles y tan inteligentes como nosotros mismos, y me temo que, muchas veces algo más. Ser patriota es, en efecto, reconocer este hecho y valorar lo que tenemos al menos tanto como lo que con tanta insistencia reclamamos. Y enorgullecernos de lo conseguido o, como mínimo de los esfuerzos realizados, reconociendo al mismo tiempo nuestros fallos; que tales sentimientos son sabios además de nobles, por lo que rechazarlos sería propio de ignorantes y mezquinos.
Hago estas disquisiciones, como dije, pensando en que a veces echamos de menos que “en los púlpitos” no se nos recuerde con mayor acento nuestra responsabilidad en relación con estos temas y otros parecidos. Yo tengo la impresión que si no se hace no es porque nuestros sacerdotes no tengan conciencia de estas cosas, sino por un lógico temor: uno de los muchos impuestos por la llamada “corrección política”. Temen, yo creo que con cierta razón, poder ser causa de un escándalo; ser acusados de entrar en temas “políticos”; de meter quizás a la Iglesia en un buen lío.
Entonces – recuerdo a ustedes, en la fiesta de Santiago Apóstol – caigo en la cuenta de un fenómeno importante que para algunos puede pasar inadvertido: que mencionar a España supone hoy arrostrar cierto peligro, y no les digo si se liga con la profesión de fe cristiana. Y que el patriotismo no es ya tenido como un sentimiento noble y natural que parte de la misma tierra que nos alimenta y da cobijo y de la gente con que convivimos, de sus esfuerzos y del patrimonio recibido de nuestros mayores; que, por el contrario, para los ”nuevos bárbaros” y los actuales “tontos útiles” – y por extensión para la mayor parte de los españoles que hoy ven la realidad a través de las pantallas-, España y el patriotismo son simplemente una “cuestión política”.
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