Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Caín en La Razón del pasado día 26 de julio) (*)
Esta tarde montañesa de verano, gris y lluviosa, cavilo sobre la molesta sensación de que algo marcha mal, de que nada está en su sitio, de que no sabemos a dónde vamos ni a dónde queremos ir tampoco; que nadie alrededor está seguro. Estamos, sí, en verano, y me parece percibir una simulación generalizada de esa felicidad que habitualmente se relaciona con la estación estrella. Pero aunque en España haya problemas el país sigue funcionando e incluso va mejor pese a no tener gobierno propiamente dicho, y esto, que es una realidad por lo que dicen los expertos internacionales, me proporciona cierta dosis de tranquilidad al demostrarme que una cosa es la fricción política y otra los mecanismos de la “sociedad civil”. En efecto, según las instituciones europeas, los bancos españoles siguen fuertes y sanos, y, pese a las incertidumbres, nuestros visitantes se fían de nosotros y no nos consideran tan inestables como parecemos. Por otra parte, los servicios que el Estado proporciona siguen más o menos tal como venían siendo, o sea bastante bien, sin síntomas de contaminación patente: quiero decir con ello que los funcionaros siguen siendo tan probos y cumplidores como de costumbre y la organización sigue a la altura de un país moderno y avanzado. Y no lo digo con retranca sino porque así lo creo.
Naturalmente la procesión sigue yendo por dentro. Hay que llegar a fin de mes y en demasiados casos parte de la familia carece de trabajo como en mi caso ocurre, mas peor estaríamos si hubiéramos dejado seguir las cosas como nos las habían dejado quienes llegaron a negar la realidad. De ahí que me parezca sorprendente que ahora nos indignemos porque nos hicieron apretarnos la cintura; tal vez fuimos tan ingenuos que nos creímos de verdad que bastaría con una ejecutoria de éxito económico para no caer al socavón.
Mientras tanto veo como la “ciudadanía” observa el espectáculo político como un programa de la televisión basura; todo, como ustedes pueden ver, bastante poco serio o, si lo creen mejor, surrealista. Pero aclaremos una cosa: echar las culpa a la “clase política” no es sino una tapadera para evitar echarla a los votantes y a los no votantes, o sea a nosotros mismos que somos quienes damos el gobierno a los que luego denostamos. Además muchos de los vicios y defectos que denunciamos de nuestros políticos son un calco perfecto de los de una gran parte de la “ciudadanía”. En esto hay desde luego bastante hipocresía y, a veces, también algo de envidia. Por de pronto la mayoría de los que no votaron se quitaron de en medio con un total desprecio de su responsabilidad, y quienes sí votaron pero lo hicieron por los “nuevos bárbaros” demostraron – déjenme que lo diga francamente – una total ignorancia de la historia o bien una tendencia a demostrar su mala baba aprovechando la ocasión. Hubo además mucha indignación sobreactuada, eso sí, bien apoyada por determinados medios que la dieron cobijo quién sabe con qué intenciones, y también, por parte de los líderes – hay que reconocerlo – muchas ganas de sacar tajada. O sea que lo de que los votantes nunca se equivocan demostró una vez más ser una solemne estupidez. Recuerden que Adolf Hitler “conquistó el cielo” en su día gracias a los mecanismos democráticos.
Últimamente he leído dos artículos que vienen hoy al caso. El de García de Cortázar se refiere a la diferencia entre la actitud de los políticos que resolvieron los arduos problemas de la transición aplicando una “ética de la responsabilidad” conjugada con la convicción es decir, actuando no a partir de la debilidad de los principios sino de una firmeza ideológica que aceptaba sin embargo un patrimonio cultural común, y otra de “la visibilidad”, o sea más próxima del espectáculo, los aspavientos y la supervivencia. No es raro, pues, que el prestigioso pensador y articulista nos haya hablado de “farsantes”. Sí, de farsantes que se ocupan de alimentar una “ridícula trama de polichinelas”. Y a mi juicio lo preocupante es que un alto porcentaje de españoles haya perdido de tal modo la perspectiva general que o bien se ha escaqueado ante los problemas de nuestro futuro o ha optado por poner su confianza en unos mamarrachos.
Hace ya unos cuantos años que el segundo de la Real Academia tituló uno de sus artículos “La estupidez que no cesa”, y créanme que me pareció tan significativo que, por mucho que el epíteto fuera de todo punto merecido, un alto cargo sintetizara así la gravedad, que lo glosé en este mismo blog de los foramontanos. Pues bien, como también ahora se trata de la voz de un personaje del mundo de la cultura, persona bien formada y cuyo pensamiento cuenta para cualquier persona inteligente, me atrevo a glosar esta expresión de insoportable hartazgo.
El segundo artículo al que deseo referirme viene de otro importante pensador, Ignacio Sánchez Cámara, a quien siempre admiré y con el que tuve el honor de conversar hace unos años en la preparación de un libro. Pues bien, éste también echa su cuarto a espadas ante la situación actual. Su enfoque relaciona el desarreglo que vivimos – yo diría que la aceptación de los “farsantes” que dice Cortázar – a una crisis profunda que poco tiene que ver con la economía y que nos tiene desarmados ante cualquier proceso destructivo. Se refiere a que el origen del desatino de hoy se encuentra en la extensión del pensamiento nihilista que ha traído la barbarie moral e intelectual a nuestros pagos y con ello la negación de la realidad y la deriva hacia unos nuevos totalitarismos. Deriva que él achaca a la renuncia previa de aquellos principios que en Europa nos salvaron de la destrucción y cuyo retorno aún podría hacerlo por ser expresión de nuestras raíces más profundas. Se refiere Sánchez Cámara al apoyo esencial en el pensamiento de los fundadores de la nueva Europa, hombres de fe que las reconocieron en el pensamiento que los griegos nos legaron, en el sentido jurídico romano que los europeos asumimos, y, sobre todo, en la espiritualidad que infundió la fe cristiana al añadir a lo anterior un alma. Nos dice la experiencia que cada vez que Europa pretendió perderla acabó abandonada a la barbarie.
Pero el articulista nos pone sobre aviso de un gran problema en el esfuerzo deseable por restaurar estos principios: que la barbarie europea es algo endógeno; que por ser interior tan solo puede combatirse desde dentro. Por eso, aun siendo algo difícil, hagámoslo cuanto antes. Sí; hagámoslo cada uno desde nuestro lugar y tiempo con la fuerza que otorga el pensamiento. Desenmascaremos por tanto a los farsantes que asoman ya por demasiados sitios; demostremos que no dan la talla ni están en línea con lo que nos demanda el siglo XXI y nuestra propia coherencia intelectual.
Porque se necesitan muchas voces: todo un clamor de voces respetables.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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