Por Javier Pardo de Santayana

( Patio de Lindaraja, La Alhambra. Acuarela de Francisco Roldán) (*)
Caramba, qué casualidad. Ahora anuncian una película que se titula “El futuro ya no es como era”. Y según lo oigo me digo: hombre, pues esto me suena exactamente a lo que nos está ocurriendo; difícilmente podríamos encontrar una mejor definición de este presente.
Porque no ha mucho que nuestra visión del futuro, aunque no reflexionáramos sobre lo que pudiera venírsenos encima, era decididamente optimista. Para los europeos se abría un periodo de paz protegida en la que nuestro continente tenía mucho que enseñar. “Paz y prosperidad” era más o menos el lema de unos europeos ilusionados y tranquilos al haber roto definitivamente con los vicios clásicos; unos europeos seguros de que no se repetirían los conflictos a los que la Historia nos tenía de siempre acostumbrados. Unirse al proyecto de la Unión era una decisión con difícil marcha atrás, y quien quisiera formar parte de él tendría que renunciar a traer consigo cualquier rancio problema de fronteras y olvidar aquellos desencuentros clásicos en que siempre estuvimos enredados. Los países con economías más débiles verían cómo los más pudientes les ayudaban a igualarlos en nivel de vida, y todo parecía un cuento de hadas. Aquello si que era regeneración.
Naturalmente los españoles nos sentimos optimistas incluso en cuanto a nuestra conflictividad interna. Social y políticamente la pertenencia a una Unión Europea nos traía definitivamente una situación económica más holgada y estable y nos incorporaba a la vanguardia de la modernidad en todos los aspectos de la vida. No sólo era ya impensable un renacer de los excesos del pasado siglo, puesto que los radicalismos sencillamente no encajaban, sino que cualquier intento de perturbar la solidez de los estados componentes sería considerado poco menos que impensable. Y la estrechez de miras de los independentistas, fueran estos españoles, franceses, italianos o de cualquier otra nacionalidad, se desacreditaría ante el impulso globalizador. En resumidas cuentas, ya no se nos presentaría el problema de ver tomar partido a nuestros hijos por unos bandos o por otros. Incluso el estatus de Gibraltar resultaría sumamente incómodo para los ingleses al entrar en contradicción con nuestro carácter de socios y con la insólita condición de colonia que “la Roca” tiene. Pero para cualquier cambio se establecerían debates racionales con la otra parte de la discusión.
La decisión de unirnos en vez de enfrentarnos, así como el éxito económico y social de tal iniciativa, haría de este continente una potencia mundial tan sólo superada por los Estados Unidos. Incluso al reticente Reino Unido de la Gran Bretaña, siempre tan orgulloso de sí mismo y de su historia, con un complejo de superioridad rayana en el desprecio hacia el vecino, se vería atraído hasta el punto de integrarse en el proyecto aunque el resto de los europeos se vieran forzados a aceptar algunas significativas excepciones. La distorsión que esto causaría en el proceso de unión sería superada por las esperanzas despertadas por la nueva Sociedad del Bienestar.
Sin embargo, sobre este estado de euforia y de esperanza se cernirían bastantes nubes grises. Yo mismo intentaría concretarlas basándome en estudios sobre la seguridad y la defensa procedentes de la Unión Europea y de la OTAN; predicciones que tenían en cuenta la emergencia de nuevas potencias y sobre todo la imprevisible evolución de China, que incluso podría poner en solfa el consenso universal del modelo llamado “occidental”. La previsión jugaba con la posibilidad de varios escenarios, y éste era uno de ellos. Pero no me digan que no identifican otros – por lo menos tres más – en la realidad de nuestros días; por ejemplo, éste segundo: un panorama de estados fallidos o simplemente débiles que en un mundo globalizado generarían tal debilidad que obligaría a las potencias a enfrentarse a importantes opciones estratégicas. O un tercero en el que estados desarrollados, en vez de preocuparse de los riesgos políticos, tendrían que reaccionar ante determinados cambios experimentados por la sociedad y sus graves problemas demográficos.
Y aún añadiríamos un cuarto, donde un conjunto de sociedades avanzadas organizadas y enlazadas en red, pero que adolecerían de una fragilidad inherente, se verían desafiadas por externos regímenes autoritarios. Y aún podrían producirse combinaciones de unos y otros escenarios tipo para las que en todo caso deberíamos encontrarnos preparados teniendo cuenta que el desarrollo de cualquier proyecto orientado a la seguridad y a la defensa requiere una decena de años por lo menos.
Ahora el problema estriba en que no es esto lo que estamos haciendo, sino más bien todo lo contrario. Durante lo que yo llamé “el decenio de los irresponsables” hemos sido capaces de desarmar psicológicamente a los norteamericanos – aquel seguro de vida -, desacreditar el sistema económico para satisfacción de nuestros nuevos “bárbaros”, y, tras de despreciar los principios de raíz espiritual del proyecto europeo, privar a éste de impulso y de ilusiones con la adopción de un relativismo pretendidamente progresista. Todo ello ante la sorpresa que surge de lo inesperado. E inesperado ha sido el resurgir de un comunismo que no puede ser sino el fruto de una ignorancia incomprensible en una Europa que hasta hace menos de seis lustros sufrió la tiranía de esa ideología perversa; la que hoy está representada por una horda de maleducados y zafios personajes de los de la mirada de odio y con el puño en alto con los que sin embargo coquetean algunos tontos útiles olvidando que la paz, la libertad y el bienestar que aún disfrutamos – ese que atrae hacia la propia Europa a gentes que ven en ella su anhelado edén – procede precisamente del sistema que los nuevos vándalos quisieran destruir.
Lo cual sucede mientras los rusos se hacen impunemente con Crimea y un pretendido Estado Islámico que cuenta hasta con carros de combate se traga parte del Oriente Próximo, pone bombas o acribilla a balazos a la gente en el mismo corazón de Europa o muestra en Internet como sus niños degüellan al infiel. Todo ello con la intención de acabar ocupando Al Ándalus, que es como decir España. Mas no se asuste usted, amigo mío, que los ingleses ya han roto con la Unión antes de que nosotros la rompamos, y aquí, por mor de la ”Memoria Histórica”, nos dedicamos a cambiar los nombres de las calles y a añorar los tiempos de los cacheos, las checas y los “paseos” al amanecer.
Sí, desgraciadamente el futuro ha dejado de ser como antes era, con la intención de volver a ser como antes fue.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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