Por Carlos de Bustamante

( Quiosco de prensa. Acuarela de John Salminen en Facebook) (*)
Probablemente alguien “haga mala cara” ante un título que dirán comprometido y pasado de fecha. Efectivamente, de ninguna manera será mi intención en este artículo, revivir odios, rencores ni venganzas. Tampoco es intención de quien esto escribe regodearme en la victoria, aunque lo fue sin paliativos. Quede desde el principio, pues, bien claro. Tampoco es el caso de que tenga necesidad alguna de revancha. Pero en tiempos en que algunos parecen avergonzarse de su propia historia, es de bien nacidos nombrar con naturalidad los hitos, todavía cercanos, de acontecimientos trascendentales en nuestra Patria.
El diez y ocho de julio de mil novecientos treinta y seis, marcó para siempre un antes y un después en el devenir de la historia reciente de España. Queda para cada cual, según su tendencia a la que por la sacrosanta libertad concedida al hombre por el Único que puede, alegrarse o no de esta fecha gloriosa u horrible, según el color del cristal con que se mire. Sucedió en la España convulsa de aquellos tiempos.Por ello, lo recoge la historia.
En uso de esa libertad, no quiero ni debo ocultar que el color de mi cristal por donde miraba y miro, no es desde luego el “rojo”. Vaya por delante el respeto y en mi caso perdón hacia los que sí miraban y miran por él. Con arreglo a mis creencias vividas y heredadas, triunfó la verdad sobre el error. Junto al respeto, vaya también junto al perdón, el olvido de lo que para mí y los míos fue gravísima ofensa. Más a Dios que a las personas.
Cuando se han escrito libros y más libros sobre nuestra cruenta guerra civil, sería intento vano añadir nada nuevo e importante sobre acontecimientos tratados por escritores a los que resultaría presuntuoso enmendar ninguna plana. Me limitaré, pues, al simple comentario de lo que es de actualidad en nuestros días; imposible ocultar que son en extremo convulsos. Por suerte o desgracia no pude tomar parte activa en la terrible contienda. Cuando estalló la guerra, el militar que suscribe (hijo de militar, nieto de militar y bisnieto… Y sobrino de militares por partida quíntuple), tenía tres años. Por la impresionante Hoja de Servicios de mi padre, sé que juró como la mayoría de sus compañeros, aunque no todos, fidelidad (¿) ante la bandera de la república. Mas sé, con mayor certeza aún, que jamás abjuró (apostató) de su total condición de cristiano, católico, apostólico y romano. Prevaleció en él, como en tantos otros – mayoría, porque mayoría eran y son los cristianos- “obedecer a Dios antes que a los hombres”. Causa por ello, y aseguraría que no me equivoco, del llamado (porque lo fue) Alzamiento Nacional.
¿Por qué estos comentarios aquí y ahora? Como he dicho, los principios morales y de creencias religiosas fueron una de las causas, repito, principales de la guerra civil. A mi entender y por ello, sí proceden estas consideraciones.
La campaña, indisimulada y cierta de descristianización del pueblo español comenzando por los más jóvenes o niños, me incita a la llamada de alerta al rememorar esta fecha. Sea o no represalia, sean o no ansias de revancha, la campaña parece orquestada por los mismos principios de los que hacía ostentación y propaganda uno de los dos “bandos” en guerra. Como la infiltración se está produciendo bajo las consignas del marxismo ateo que creíamos pasado de moda, no son mis palabras para conmemorar o celebrar fechas que bien pudiera pero que no hago, sino como reclamo de vigilancia a cuantos veteranos en la milicia sabemos y padecimos en nuestros mayores o ellos mismos todavía alguno los horrores -tantas veces heroicos- de nuestra guerra felizmente pasada.
No tengo otra autoridad más que las de mis profundas convicciones, sin fanatismo alguno, al ver cómo se nos están introduciendo estas consignas que son el principio para minar valores más trascendentales.
Simple coronel, aunque mutilado absoluto en Acto de Servicio, ruego a quien proceda no teclee eliminar lo que, al menos escribo con serena rectitud de intención. Convendría, digo, y es sólo un ejemplo, el repaso a las Reales Ordenanzas aprobadas donde, en mi opinión, se nos ha redactado ladina, astutamente, con estudiada ambigüedad o inconsciente descuido, términos como “género” (ideología de género) y fomento del compañerismo con los de “distintas tendencias sexuales”. Sin que, por supuesto, para nada digan anormales. En mi opinión, insisto, es preciso volver en nuestras Fas a costumbres seculares, sin privación alguna de libertad, de celebraciones religiosas y actos en honor de nuestros santos Patrones. Santos, he dicho, y no por casualidad. Oraciones cantadas, celebraciones de la Santa Misa, procesiones y signos, en fin, visibles de las raíces cristianas en los Ejércitos de España.
Debo decir, porque conviene recordarlo, que raro era el combatiente de uno de los “bandos”, que no llevara en el bolsillo de la sahariana o guerrera el “detente” (¿se acuerdan…?) del Corazón de Jesús. Signos éstos, como los anteriores, que hay hoy quien parece empeñado en que desaparezcan. Insisto por tanto en que merece la pena tener presente esta fecha, tan temida u odiada, para que no se nos “cuele” en nuestras familias –y familia (Gran Familia) es la militar- los cantos de sirena de quienes, con ellos, tratan de descristianizar la sociedad española. De la que son parte importante nuestras queridas FF. AA. Sirva el diez y ocho de julio, para clara invocación a la responsabilidad de quienes aún están en activo. Compañeros que siempre contarán con nuestro afecto y apoyo.
Por último, y no por ello menos importante aunque distinto, si no debemos “amoldarnos” en estos aspectos contrarios a nuestra Fe católica a los llamados (mal llamados) signos de los tiempos, ¿por qué aceptar sumisamente la supresión con nocturnidad y alevosía de estatuas, nomenclatura… en calles, plazas o edificios militares… (A.G.M.) de quienes fueron ejemplares artífices de la eficaz defensa de valores irrenunciables? ¿Es que no se piensan restituir al lugar que les corresponde y del que nunca debieron ser quitados? Recapaciten, por favor, y que el tiempo no signifique olvido. Devolverlos a su asentamiento primero es devolver el honor de cuantos, ante el desalojo, nos sentimos, tal vez culpablemente por impasibles, humillados y ofendidos.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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