Memoria familiar. 2. Toneta de la Alfatara

Por José María Arévalo

( La abuela Antonia en 1950, ya en Zamora) (*)

Aprovecho que es primero de año para felicitarles a todos el Año Nuevo, con este primer capítulo –después de la presentación- de la “Memoria familiar”, serie que prometí abordar pronto, con la historia de los personajes más relevantes de mi familia y recuerdos imborrables, que creo vale la pena conozcan mis nietos y que pienso son de interés general.

El personaje más novelable de toda la familia es mi abuela materna Antonia, a la que en su pueblo natal, alicantino, Ondara, llamaban Toneta de la Alfatara. La Alfatara era, creo, una huerta que tenía la familia y que conocí en la única visita que he hecho a Ondara. Fue un viaje de toda la familia en los años cincuenta, cuando yo tenía seis o siete. Lo único que recuerdo de aquel viaje son las pilas de naranjas amontonadas en aquella huerta, de las que mis primos me enseñaron a chupar el jugo haciendo un buraco hasta el interior de cada fruta con el dedo y girando éste repetidas veces para machacar la pulpa.

Fue la de mi abuela una vida de aventura y drama que al final acabó bien. Tenía solo catorce o quince años y ya destacaba por su habilidad en la costura, de modo que era frecuente que las vecinas le pidieran el favor de prepararles un traje o un corpiño para asistir a una boda, a lo que Toneta accedía de mil amores. Eran tantos los favores que le pedían y la dedicación que ello suponía, que Toneta se vió obligada a empezar a cobrar algo. Aumentaban los pedidos, así que mi abuela, en tan corta edad, contrató amigas que la ayudaran, y acabó poniendo un taller de costura con más de una docena de operarias.

( El tío Pepe y la abuela Antonia hacia 1925) (*)

Su fama de apañada y trabajadora llegó a oídos del que sería mi abuelo Salvador, un apuesto joven de la localidad de Denia, próxima a Ondara, que se había ido a Madrid fichado como gastador de la Guardia Civil por su imponente porte. Parece que mi abuela no era una belleza, pero Salvador, con un gran mostacho, debía ser guapísimo, además de alto y apuesto. Total que Salvador, ya asentado en la capital de España y con buen empleo, pidió a Toneta matrimonio por carta, y allá se fue mi abuela, a los madriles a casarse, que entonces supongo no había tiempo para noviazgos. De esta aventura no sabemos más que se concertaron por carta, se entendieron felizmente y tuvieron dos hijos, mi tío Pepe, del que también tengo aventuras que contaré en su momento, y después una niña, Rosa-Rosita, como la llamaban mis nietos que no llegaron a tratarla pero nos oían recordarla con uno u otro nombre, pues así la llamaba mi padre y todavía en su vejez la familia usaba el diminutivo cariñoso por el que se la conocía de joven.

( La abuela Antonia con mis padres hacia 1942) (*)

Y cuando Rosa Rosita tenía tan solo tres o cuatro años, llegó la tragedia a la casa. Lo que a ella le contó después su madre nos lo transmitió mi madre a nosotros, como ejemplo de la dureza de la vida y cómo hay que tirar para adelante a pesar de todos los infortunios; y sobre todo una lección: que la bebida es el peor de los males. Parece que el abuelo Salvador bebía más de la cuenta y jugaba, y que se vio envuelto en algún problema económico por un mal amigo que le engañó. Lo cierto es que a los diez años de casado murió trágicamente y dejó a Toneta con sus dos niños en la calle. La abuela Antonia se fue entonces a rezar a un Cristo al que tenía devoción –no sé si el de Medinacelli u otro de una iglesia de Atocha próxima a su casa, hasta ahí no llega mi recuerdo de la explicación de mi madre- ante el que se quedó varias horas pidiendo ayuda. Y allí vio lo que podía hacer para sacar adelante la familia sin medio ninguno: poner una pensión.

Como era bien organizada y mantenía contactos con sus paisanos alicantinos –aunque a veces estos eran más problema que ayuda, porque se instalaban gratis en la pensión- consiguió con no poco esfuerzo sacar aquella pensión adelante, en un piso alquilado. A ella fue a parar mi padre cuando se fue a estudiar a Madrid, justo un año antes de que empezara nuestra guerra civil, y allí conoció a Rosita y se hicieron novios. De la época de la guerra en Madrid cuentan que la abuela Antonia supo manejarse con los contactos de su pueblo para conseguir mantener las comidas en la pensión con productos de la tierra traídos, no se sabe muy bien cómo, de Denia y Ondara, sin que faltara nunca un plato que llevarse a la boca.

( La abuela Antonia, mi madre y yo en 1947 ) (*)

Pero de la guerra y la posguerra es más protagonista mi padre, así que ya les contaré cuando lleguemos a su historia. A poco de casarse mis padres se trajeron a la abuela Antonia a vivir con ellos a Zamora, donde fue destinado mi padre tras ganar la oposición. La recuerdo siempre callada, pasando desapercibida en la familia, aunque la queríamos muchísimo. Quizá así me pareció normal, cuando me casé, traerme a mi suegra, que muy al contrario no era de las que no se notan, pero tenía otras virtudes. Hay una foto clásica en mi familia, de la abuela Antonia cosiendo sentada junto al balcón de la sala de estar, con su costura y el cabo de un hilo colgado en la rebeca granate que llevaba siempre, sobre una bata negra, en su ancianidad. Y rezando el Rosario, en familia y también cuando estaba sola, que más de uno se marcaba cada día. Y más cosas que saldrán al hilo de estas historias. Murió cuando yo tenía unos ocho años, no recuerdo de ello más que nos llevaron a los niños a casa de unos amigos. Parte importante de mi infancia, nunca la olvidaré.

( 1950. En Ondara con la familia de mi abuela, los Ortuño. A la izquierda mi padre, y yo comiendo una naranja. En el centro mi madre con mi hermana Rosina en el regazo. A la derecha la tía María Rosa, hermana de la abuela Antonia) (*)

La última anécdota que oí contar a mi madre de la abuela Antonia fue su intervención en un caso que le planteó una vecina, ya en Zamora, a poco de instalarse en San Torcuato 4 con mis padres. Debió ocurrir a poco de nacer yo, que buena apaño le hizo la abuela a mi madre, porque parece que tardé tres días en nacer, en casa, que es donde se nacía entonces. Pues bien, un día fue a ver a mi abuela una vecina, que acababa de instalarse, recién casada. Resulta que se acababa de enterar de que su marido, médico, mantenía una querida en un piso. Ella se había quedado en estado enseguida y estaba esperando, cuando se le plantea el problema de si dejar al marido. Tremendo dilema. Mi abuela le preguntó: pero tu ¿le quieres?. Pues hazlo por tu hijo. Sin duda le ayudó su experiencia. Al cabo de los años el problema se solucionó solo, tuvieron otros hijos; finalmente el médico, que era un hombre sin fe, murió confesado. El tiempo arreglaba entonces muchas cosas, y es que las mujeres aguantaban mucho más que ahora, está claro.


(*) Para ver las fotos que ilustran este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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