El concierto de Viena

Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Josep Halleman en josephalleman.com.música.2003-master-class) (*)

Es 1 de enero de 2017 y me despierto a tiempo de encender la televisión para escuchar el concierto de todos los años. Mi interés por oírlo viene ya de lejos; de cuando yo era soltero y vivía una vida muy interesante, es cierto, pero también muy dedicada a mi carrera y sumamente austera: una existencia de habitación y menús de residencia en tiempos de muy pocos lujos por no decir de ninguno. Mucho asomarme a otros soles y otros aires – desde el desierto del Sáhara hasta la playa de Waikiki – pero viviendo sencillez y soledad en la vida diaria. Por eso siempre conservé un grato recuerdo de ese concierto que me permitiría iniciar el año en un ambiente de refinada inspiración artística.

Para mí, el conocido concierto vienés era un exponente del “buen gusto” que bien podría tomarse como símbolo de Europa. Aquellas polcas y valses que resonaban en mi oído eran como la imagen misma de la ciudad de Viena, o sea como decir la propia idea de Austria, símbolo también sin duda del espíritu europeo. Por eso al oírlo ahora me planteo la pregunta de qué pensarán de ellas nuestros “nuevos barbaros” y la juventud contagiada por un discurso iconoclasta.

Y pienso que seguramente nos dirían que los valses y las polcas no están ya de moda; que están en las antípodas de la música moderna y ya no apelan a la sensibilidad de nuestros días, como si, por muy luminosos y envolventes que hubieran sido en otros tiempos, el arte y la inspiración tuvieran la condición de material fungible; esto es, como si las creaciones del pasado fueran de usar y tirar como las toallitas húmedas. Sabido es que el cambio por el cambio nos seduce cómo si quisiéramos acostumbrarnos a no acostumbrarnos nunca a nada. Así que me temo que en las preferencias de los “innovadores” de rostro agresivo y puño en alto se encontrarán mamarrachadas como el rap, ese horror que no es sino una sarta de sandeces mal paridas que poco tienen que ver con la música y mucho menos con la poesía: una bazofia pseudoartística que encajaría de música de fondo para los pareados de las concentraciones sindicales.

No creo, por otra parte, equivocarme si imagino que al ver las grandes lámparas del Musikverain de Viena los “nuevos bárbaros” y los jóvenes insatisfechos sentirán un deseo incontrolable de romperlas a pedradas como reacción contra una cultura “para ricos”, pues su refinamiento y su elegancia les parecerán un pecado reiteradamente cometido por la clase opresora, según lo cual, los pobres, excluidos de acceder a lo mejor, tan sólo merecieran la bazofia: esa que ellos mismos buscan en la mugre voluntariamente adoptada por sus protegidos los ocupas, los grafiteros, y los artistas “alternativos”. Sin embargo, la realidad desmiente una conclusión como la que presentimos, ya que la realidad de nuestro comentario demuestra que la televisión pone a disposición de todos la posibilidad de disfrutar cada primero de año de un espectáculo de la calidad de aquel al que nos referimos: una maravilla si consideramos que para causar sensaciones difícilmente descriptibles, el ser humano es capaz de combinar un conjunto de cerebros que interpretan una creación incorpórea mediante la utilización de la naturaleza transformada en instrumentos musicales. Todo lo cual es la expresión sonora de una cultura fraguada por los siglos.

El problema es que los “nuevos barbaros” abjuran de su pasado y pretenden construir un orden nuevo según teorías descartadas por la Historia, y que su intención no es ya perfeccionar la sociedad abriéndola a un más justo e igualitario reparto de los bienes – camino en el que no se pueden negar los avances conseguidos – sino que en su delirio revolucionario ofrecen dar pasos atrás y rechazan esa Europa unida de la que bien pudiera ser un símbolo esta Viena culta del concierto de Año Nuevo.

Claro que los bellos y elegantes palacios vieneses coexistirían con rincones de pobreza y de miseria, y que el dinero que costaron podría haber sido empleado para erradicar tantas situaciones lamentables como sin duda existirían en las épocas del vals y de la polca, mas el mismo argumento podría ser aplicado también en nuestros días comparando los bienes de que los mismos “bárbaros” disfrutan con las penurias y dificultades que otros padecen incluso en un país que ha conocido lo que llamamos “sociedad del bienestar”. Quiero decir con esto que para gran parte de la Humanidad los “indignados” que desean destruir nuestra cultura son también “los ricos”, y que – aunque fuera con argumentos diferentes, pero con la misma voluntad de cambio – otros bárbaros de nuestros tiempos se cargaron los budas de Bamiyan y las majestuosas ruinas de Palmira.

Dirán ustedes que no hay punto de comparación entre estos bestias islamistas y unos señores con o sin coleta que disfrutan de la nueva cocina y hasta tienen papás con la tarjeta black. Pero yo sí lo encuentro en cuanto que unos y otros reniegan de su cultura y hacen bandera de su condición de “robinhoods”. De ahí que me haya permitido suponer que, de la misma forma que reniegan de la fe que impulsó a nuestros padres fundadores a construir un espacio de paz y de progreso donde antes hubo nada menos que dos guerras mundiales, también renegarán, pues de ello han dado pruebas, de esta Europa de ciudadanos libres, culta y cuidadosa de todo lo bueno que aprendió a lo largo de su Historia. Esta Europa que ya pasó el amargo trance de probar la misma medicina que los “nuevos bárbaros” ofrecen.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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