Posmodernidad y nuevos monstruos

Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Caín en La Razón del pasado día 12) (*)

La modernidad podría definirse como un estadio avanzado en el natural camino del hombre hacia la perfección, en el que, naturalmente, se incluye, por una parte el aprovechamiento de los nuevos recursos fruto del progreso material, y por otra, el refinamiento alcanzado en el pensamiento colectivo. Es, por tanto, una forma de constatar que, gracias a determinados factores reseñables, la sociedad humana está instalada en una nueva situación que es más acorde con su imparable desarrollo. Todo esto admitiendo la relatividad del término que utilizamos, puesto que lo que hoy es modernidad más tarde se convertirá en pasado para dar paso a una nueva y más fecunda etapa a la que se podría adjudicar un nombre parecido; lo mismo que podría decirse de una “posmodernidad” cuya definición hace directa referencia a que viene de otra etapa precedente. En todo caso, para justificar esta realidad de un nuevo orden, se argüirá que éste es más deseable que los anteriores desde el punto de vista “racional”. Punto en el que parece conveniente recordar la reflexión kantiana de que “el sueño de la razón engendra monstruos”.

Me refería yo en mi artículo anterior a Zygmunt Bauman, quien en su estudio sobre el Holocausto llegó a la conclusión de que aquel lamentable episodio de la Historia fue fruto de la modernidad que nos precedió el pasado siglo. Y no me costó gran esfuerzo comprenderle, pues, conociendo lo que fue la Historia, cabe entender que, efectivamente, hubo quien quiso modelar desde el poder una raza escogida de seres perfectos, guapos, sanos, bien formados y debidamente inteligentes; un plan que incluiría la eliminación de quienes no alcanzaran ese estándar o pertenecieran a razas contaminadas por vicios y comportamientos indeseables según criterio de unos organizadores refrendados por el entusiasmo de las masas. Todo ello con el convencimiento de que avanzaban hacia una sociedad perfecta, o sea, apoyados en los progresos de la ciencia y en pos de la modernidad.

Otros consideraron que lo moderno de verdad sería construir una sociedad en la que la libertad fuera sustituida por la tutela de un Estado omnipotente que dispondría a su antojo de los recursos del país incluidos los propios individuos; todo ello basado en concienzudas razones referidas a la “justicia social” y al bien de los administrados. Y ya saben cómo y cuándo terminó la historia: nada menos que con una guerra mundial seguida de otra fría.

Hoy también encontramos, si no esas mismas cosas, unos argumentos parecidos con los que se pretende justificar medidas que se disfrazan de avanzadas pero que también son sueños que engendran nuevos monstruos. Ahí tienen, sin ir más lejos, supuestas razones con las que se presenta como contundentemente lógica y moral la destrucción de los fetos en el seno materno, es decir la muerte de seres indefensos. Y se consigue incluso que se lo crea la gente que, como la que comulgó en su día con la idea de crear una raza escogida, también estima conveniente la selección de los nacidos según criterios de conveniencia práctica y de aplicación de ciertas técnicas. Siempre en aras, también, de la “modernidad”.

Y vemos como en aras de una auténtica expresión de libertad se bendice la oficialización por el Estado de las uniones “homosexuales” en su consideración de “matrimonios”, ciscándose así no sólo en la etimología, sino incluso en las leyes naturales que se refieren a la conservación de la especie o las dictadas por una cultura doblemente milenaria. “Si se aman, por qué no; y, en todo caso, por qué debemos impedirlo…” se dice como justificación. Según la cual, ¿por qué no incluir el matrimonio entre los hermanos, los padres y los hijos, los abuelos y los nietos, o, ya puestos y en el límite, entre el mulero y su adorada mula? Al fin y al cabo, ¿no tenemos el ejemplo del emperador Caligula? Y por qué no volver a la poligamia, ¿quizá porque todavía no hay demanda?

Claro que aún hay algo más radical aunque relacionado con estas lindezas: la instauración de una teoría “de género” según la cual escogeríamos nuestro sexo de acuerdo con la preferencia descubierta según métodos educativos y después de haber averiguado cuál fue para nosotros el más atractivo y placentero; aquél que mejor nos encaja.

También se viene instaurando otro razonamiento igualmente “avanzado” aunque en su esencia lo conozco desde que era niño: el de que “el aire es de todos”, expresión tan molesta como democrática en su formulación. Recordarán ustedes en qué consistía la gracia: otro muchacho nos plantaba un dedo a pocos centímetros de un ojo y nos largaba esa frase suponiendo que, dada la pulcritud de su razonamiento, habría que aguantarse. Ahora incluso la justicia lo utiliza para permanecer impávida ante los “escraches” o tolerar la quema de retratos de las más altas instancias del Reino de España. He aquí también un buen ejemplo de cómo se modelan las cosas según conveniencia de las ideologías y apoyándose en principios supuestamente razonables y modernos.

Para terminar quiero hacer ver cómo se nos ofrecen dos caminos para cambiar las cosas según las exigencias de la posmodernidad, o sea, de este nuevo camino hacia la perfección de nuestra sociedad: o bien partir de la propia cultura, o renegar de ella para empezar de cero. Lo natural sería naturalmente lo primero: garantizar cierta continuidad y aprovechar la solidez de lo ya conocido y que se encuentra disponible; lo segundo, destruirlo o incluso renegar de ello “para iluminar un tiempo nuevo”, solución a todas luces revolucionaria amén de no exenta de estúpida soberbia.

Pero esta es una falsa disyuntiva, porque el ser humano no vive en el limbo sino que pertenece a un mundo que le es anterior; una sociedad forjada por generaciones incontables que fueron componiendo una realidad que la experiencia maduró y que fue decantada por la Historia. Así que tendremos que esperar que los sueños de la razón no se vayan de madre y no nos deparen nuevos monstruos como los que ya vienen aflorando en este inicio del siglo XXI.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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