Salpicón de incongruencias

Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Miki y Duarte en Diario de Sevilla el pasado día 13) (*)

Escribo impresionado por algunos acontecimientos mediáticos que nos ofrecen un factor común. De todos ellos se ha venido hablando hasta la saciedad en estas últimas semanas: noticiarios, artículos y reportajes, por no decir tertulias y debates radiofónicos o televisivos, los han recogido inundado las ondas y el papel impreso con análisis y comentarios que nos los hacen contemplar en todas sus facetas. Cientos de minutos de programa fueron, en efecto, dedicados a pormenorizar los efectos y las causas de esos hechos para conocimiento de la “ciudadanía”: cada uno de ellos sería literalmente desguazado para que lectores, radioescuchas y televidentes conocieran la realidad de lo acontecido en su contexto político, económico y social.

Y, sin embargo, una vez más, ante mi asombro, en esta inmensa y esforzada búsqueda de información que se presenta como contribución al esclarecimiento y comprensión de lo que sucede a nuestro alrededor, se produce la omisión de datos clave que pasaron desapercibidos para los informantes, tertulianos y comentaristas, y por tanto para los oyentes o videntes.

Este es el caso de las discusiones en torno a un terrible accidente aéreo que hace casi catorce años causó la muerte de un contingente militar que regresaba a España tras una misión en Afganistán. Como supongo que mi improbable lector estará al día del suceso, le ahorro una explicación prolija sobre lo que se ha venido denunciando como la demostración de una escasa empatía hacia las víctimas por parte del mundo político. Pero lo que yo quiero poner sobre la mesa es que, entre tantos dimes y diretes como se han escuchado con este motivo, nadie llegó a citar la verdadera clave del problema. Dejando aparte consideraciones como la de que las líneas en las que acostumbramos viajar los españoles no suelen prestarse a volar en regiones donde hay tiros; y aunque se diera por sentado que nuestros soldados podrían haber volado con otra compañía más segura; incluso si pensamos que, pese a estar homologada por la Alianza Atlántica, la empresa elegida no reunía condiciones aceptables; si, sobre todo, llegásemos a mostrarnos convencidos de que hubo que recurrir a la solución más económica, llegaríamos al convencimiento de que la tragedia podría haberse evitado simplemente recurriendo a un presupuesto más holgado. Con lo cual la conclusión que verdaderamente deberían alcanzar nuestros políticos, tertulianos y comentaristas, sería, más que echar toda la culpa al Gobierno y a los organizadores del viaje, exigir al Parlamento y a sus indignadas señorías que en vez de rebajar sistemáticamente el presupuesto de defensa, sacaran a nuestra nación del ominoso penúltimo puesto europeo en lo que concierne a porcentaje, lo que como es sabido nos sitúa tan sólo delante del humilde Luxemburgo.

Otro asunto candente se refiere a las discusiones sobre el muro que el nuevo presidente norteamericano pretende costear mediante la aportación de sus vecinos mejicanos. En este caso no me referiré al rechazo de nuestros tertulianos y políticos a tan curiosa iniciativa – por otra parte puesta ya inicialmente en práctica, según dicen, por su predecesor – sino a la escasa por no decir nula mención a lo desmesurado de la empresa: más de 3.800 kilómetros de construcción tan sólo interrumpida por determinados pasos fronterizos; una especie de muralla china que cerraría el paso a las corrientes migratorias. Obra además de una eficacia incierta si tenemos en cuenta nuestra propia experiencia con las verjas que en Ceuta y Melilla pretenden encauzar la entrada en nuestro territorio hacia una puerta debidamente controlada, ya que el obstáculo se ve con frecuencia superado pese a la altura y la dificultad de la alambrada. Pues bien, en los análisis y comentarios que al respecto se hicieron, tan sólo oí una leve y fugaz referencia a estos excesos a cargo de un curtido diplomático. Así que, por lo que pudo verse, nadie excepto él se planteaba lo asombroso de una iniciativa como ésta.

Para terminar, ahí está el caso de la niña utilizada por sus padres para amasar una fortuna, repugnante suceso que fue seguido con el mayor detalle por los medios y que ha pasado sin que apenas nadie tomara en cuenta el hecho de que su progenitor ya estuvo condenado por estafa. Vamos, que todo el mundo le atendió y hasta se emocionó con sus palabras y sus lágrimas cuando ya se conocía su curriculum, por otra parte imposible de ocultar. ¿Cómo es posible que aquel ex presidiario consiguiera arrastrar a tanta gente importante y conocida cuando el tinglado era tan falso y tan endeble? Pero aún es más: ahora se discute sobre determinadas fotografías eróticas en las que la pobre niña aparece, y entre ellas, de una que muestra a los propios padres en plenos escarceos amorosos. Sobre esto hablarían unos y otros aventurando si la niña estaba o no dormida, cuando para mí lo más significativo es que los propios padres se dedicaran a fotografiar tales escenas, pues éstas no se nos muestran espontáneamente sino que necesitan un autor. Y hacerlo digo yo que en todo caso no debiera ser considerado como práctica normal y saludable.

En fin, todo esto viene a darme la impresión de que, ganados por la confusión reinante o quizá desorientados por tantas y tantas incongruencias como aquellas a las que me acabo de referir en este artículo, nos enredamos en lo irrelevante y lo superfluo mientras dejamos pasar sin consideración determinados detalles esenciales que, al no encajar en un discurso lógico, contribuyen poderosamente a nuestro desconcierto. Claro que entre ellas las hay que conducen a la desorientación moral, ya que a las incongruencias relatadas podríamos añadir bastantes otras en que determinados personajes conocidos – algunos incluso en puestos de gobierno – hacen ostentación de su carencia de principios, y, sin embargo, en vez de ser relegados al desprecio, son aplaudidos como “ejemplo a seguir por la ciudadanía”. Pero esto es tema quizá para otro artículo.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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