Todos contra todos

Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Caín en La Razón del pasado día 19 de enero ) (*)

Entre las primeras palabras del nuevo presidente norteamericano destacan las dedicadas a la prensa. “Los periodistas son los seres humanos más deshonestos del mundo entero” dijo nada menos, y se fumó un puro. Supongo que alguien que, como él, conoce bien el percal porque ha convivido con los medios, habrá sido consciente de la repercusión de sus palabras en un país tenido por ejemplo de buenas tradiciones democráticas.

Así que la gente se preguntará acerca de lo que le va a caer encima y sobre si no estamos ante un personaje peculiar que osa enfrentarse a lo que llaman el quinto poder; seguramente aquel que más miedo inspira a los políticos. Por lo cual, tratar a la prensa desde el inicio mismo de su presidencia, no como venía siendo habitual – es decir como el símbolo mismo de la libertad – sino como paradigma del poder manipulado, constituye una osadía sorprendente, una novedad que rompe con todos los esquemas de una sociedad en la que la figura del inquilino de la Casa Blanca se inauguraba tradicionalmente en un ambiente de orgullo y de respeto. “Yo no le he votado, pero ahora es ya mi presidente” solían decir algunos dando un cumplido ejemplo de sometimiento a un sistema enraizado y de larga tradición histórica. Así que las radicales palabras del nuevo mandatario sonaron como una auténtica blasfemia; como un cambio provocador que augura un nuevo estilo; como un intento de desintegrar una sociedad hasta ahora acomodada a una mística que se cultiva desde las guarderías.

Así se producía una contradicción al menos aparente: la de quien anuncia su decidido empeño de engrandecer a la nación mientras por otro lado se dedica a sembrar semillas de discordia entre sus compatriotas e inaugura un tono de reproche semejante al que hoy oímos en España, donde cada vez más se hace patente la estrechez de miras de quienes son incapaces de expresar su relación con el vecino salvo atacándole y descalificándole con saña. Ahí están esos gestos de puños en alto, ese matonismo impertinente, ese tapar la calle que hoy vemos entre unos políticos para los que el vecino que comparte su preocupación por la cosa pública con unos matices diferentes no es ya un adversario ideológico sino simplemente “el enemigo”: un ser que será preciso destruir.

Mirémonos, pues, a nosotros mismos, testigos de provocaciones voluntarias en un ambiente de reproche y descalificación ajena, y fijémonos en el entusiasmo que nos produce la polémica, considerada como “la sal de la vida” en nuestros pagos. Así un reportero deportivo no nos hablará tanto de las tácticas del juego como de los aspectos más polémicos; por ejemplo, que fulanito ha escupido en la cara a menganito. Y nos lo anunciará diciendo que ahora viene lo bueno de verdad. No es de extrañar, por tanto, que, en vez de ser ejemplar y de enfocar una convivencia respetuosa y educada entre los españoles, el Parlamento se transforme en una zona de combate en la que todo vale, incluida la interesada zafiedad de los atuendos y los comportamientos, llegando así a crearse un ambiente que recuerda el de los tiempos en que yo nací y que acabaron como ustedes saben; un ambiente contrario al espíritu clásico de esta Europa recuperada por los padres fundadores de la Unión, y en el que se abjura de los esfuerzos realizados y los avances alcanzados en la consolidación de una libertad civilizada. Lo curioso es que siempre pusimos como modelo a Suiza, donde la tranquilidad resulta aburrida, cuando lo que parece gustarnos son la broncas.

Mas este viraje histórico no sólo nos alcanza a nosotros y en cierto modo a los Estados Unidos, sino que también se observa en muchas partes de nuestro continente. Y esto sí que es preocupante cuando, como ahora, se vislumbra un futuro incierto y peligroso. Porque estamos contemplando la ruptura y puesta en solfa de aquel proyecto de altos vuelos que aseguró nuestra libertad, nuestro progreso, y nuestro bienestar durante muchos años. Así que la beligerante salida de tono de un personaje peculiar como el nuevo presidente norteamericano no debe ser simplemente interpretada como una noticia llamativa de aquellas que iluminan los grandes titulares, por cuanto su coincidencia con otros signos similares nos obliga a buscar soluciones enfocadas con una cierta visión del futuro. Tengamos en cuenta que suceden cuando ya habíamos llegado ya a instaurar un estado de agradable bienestar que todavía está a la vuelta de la esquina, o sea que acabamos de salir de un cierto estado de esperanza del que nos sentimos satisfechos por mucho que algunos digan lo contrario.

Cierto que hemos atravesado una crisis de importancia, pero ésta no puede desacreditar el acierto del camino que tomamos hasta que tal circunstancia se produjo, y que esa orientación debiera seguir siendo deseable al menos en cuanto a sus fundamentos esenciales y como respuesta a lo que pide una globalización que nos impulsa a establecer ámbitos más solidarios y más amplios conducentes a una paz fructífera y estable. También debieran mantenerse muchos aspectos de la economía que convencieron incluso hasta a los chinos y han reducido ostensiblemente la pobreza en el seno de la población mundial. Pero, sobre todo, no debiera abandonarse el objetivo de crear un ambiente de respeto mutuo y de imperio de la razón a la hora de perfeccionar la convivencia. Para lo cual se deberá eliminar o modificar cuanto merezca ser cambiado no sólo porque ahora genere problemas o nos parezca inconveniente, sino, sobre todo, porque hay un motivo de fondo cuya vigencia es permanente: la mejora de la justicia y la eficacia cualquiera que sea el nivel que hayamos alcanzado.

Pero esto siempre fue lógico y vigente, y no exige necesariamente echar las patas por alto ni mucho menos insultar al prójimo, como tampoco descalificar aquel sistema que tanto hizo por la Humanidad, para echar ahora marcha atrás y retomar lo que ya ha desprestigiado la experiencia. Así que mucho ojo con despreciar las lecciones de la Historia. Porque aunque todo en la vida, y no digamos en política, se desvirtúa o se enquista con el tiempo, esto no es sino una aventura humana muchas veces repetida: el pan nuestro de cada día en un sistema como el nuestro de plenas libertades; algo que cualquier persona razonable reconoce como válido mas que no exige que nos enfademos y arremetamos contra el prójimo, que eso es ya sólo mala educación.

Seamos por tanto razonables y no nos dejemos llevar por la demagogia y los efectos especiales. Retornemos a la sensatez y recurramos a la sabiduría. Abandonemos los montajes efectistas, que esto es un vicio propio de gente superficial y alejada de aquélla. Luego nos quejaremos de la violencia: pues bien, lo que ahora estamos viendo es precisamente lo que conduce a ella.

Exijamos por tanto un buen nivel intelectual y cultural a nuestros líderes políticos, cierta visión histórica, y capacidad para un enfoque estratégico de altura a la hora de enfocar nuestro futuro; que ahí sí que tienen responsabilidad los medios, tan influyentes en una sociedad que, como la de nuestros días, ve la vida a través de las pantallas. Incluso en este caso concreto del presidente norteamericano, y ante una globalización cada día más evidente, no sería difícil encontrar una fundada razón para la contracrítica cuando, en lugar de buscarse la unidad y el acuerdo de los conciudadanos, se siembra la división conscientemente y se pone el enfoque en el ombligo.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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