Reivindicación de los seriales

Por Javier Pardo de Santayana

( Carátula de la serie “El ministerio del tiempo”)

Decía mi abuela que en una representación de “La tempestad», cuando el protagonista entonaba aquello de “cesó la tormenta“, se oyó de pronto la voz de un gracioso que, al tiempo que se levantaba del asiento, decía en voz alta: “pues aprovechando este clarito, me voy”. Algo parecido se me ocurre ahora, cuando ante las bravatas del presidente norteamericano y las disputas de los nuevos bárbaros busco también un momento para levantarme de este asiento mío frente al ordenador y busco inspiración en otro sitio diferente. Y al pasar junto el televisor y ver uno de los seriales de la sobremesa. me pongo a meditar sobre ellos.

Recuerdo cómo en otro tiempo lo más parecido a los seriales de hoy en día eran los “folletines” que publicaban los periódicos. Se trataba de historias relatadas en fascículos y que utilizaban ya técnicas destinadas a mantener la curiosidad de los lectores como hoy suele hacerse con los televidentes. Por ejemplo, cada jornada se dejaba algo en el aire para provocar el interés por seguir enganchado a la lectura, como ocurriría más tarde en la radio, o, ya en nuestros días, con su contemplación en la pantalla. Una variante gráfica y más simple del folletín era también la tira gráfica, utilizada para contar historias por medio de viñetas. El problema de unas y otras era que cuando uno pretendía verlas había ya olvidado dónde quedó la víspera; mas esto se solventaría con el añadido de un resumen de lo anteriormente publicado o, como se hizo en el caso de Mafalda, dedicando enteramente cada envío a introducir una simple frase lapidaria.

Pero eso quedó atrás y ahora lo nuestro son los seriales televisivos, que se sitúan en el camino entre los antiguos folletines y el cinematógrafo. En todo caso el objetivo sigue siendo el mismo que se buscaba entonces: sacar partido de una idea creativa prolongando la curiosidad del lector o del observador sobre ella en una televisión que necesita numerosos “contenidos” desde que los programas se prolongan las veinticuatro horas del día.

Para empezar quisiera decir que los seriales son entretenimiento para mucha gente solitaria, personas de edad avanzada, enfermos y jubilados, a quienes proporcionan aliciente durante días, meses o años incluso, lo cual ya es de por sí digno de ser reconocido. De aquí que no me parezca mal sino bastante conveniente echar un cuarto a espadas en favor de ellos resaltando el valor que tiene el resultado de un trabajo muy complejo en el que está presente el arte escénico.

El punto de partida del que todo procede suele ser una situación aparentemente sencilla pero que pueda dar de sí todo el juego deseable; así por ejemplo un patio de vecinos, una familia más o menos peculiar, un enigma inquietante o cualquier otro motivo parecido; es decir, un escenario inicial que la imaginación pueda convertir en historias encadenadas sin necesidad de tener todo escrito ya desde el principio. Es más, tal flexibilidad permitirá adaptar el desarrollo de la historia a la reacción de los televidentes según el gusto de éstos, como permitirá también suprimir o incorporar nuevos intérpretes según resulte conveniente. Así el inesperado embarazo de una artista podrá añadir su circunstancia al argumento, y la desaparición de un personaje responderá a la situación personal de quien hacía el papel correspondiente.

No sé si la fórmula de un relato permanentemente inacabado que encamina el relato hacia un final preconcebido es o no demasiado original, pero supongo que algo así ocurriría con los antiguos folletines. Lo que sí parece distinto si se comparan los seriales con el cine que proporciona el “modus operandi “ es que, mientras que éste se ve forzado a hacer un radical esfuerzo por meter la totalidad del argumento más o menos en dos horas, lo que se plantea en el caso de las series a que nos referimos es cómo alargarlas para que duren por lo menos varios meses, aunque esto sea dependiendo siempre de la respuesta de los televidentes.

Pero lo que yo quiero sobre todo es recalcar la perfección alcanzada por la mayoría de los seriales españoles. Así por ejemplo en la ambientación de las escenas, a veces verdaderas obras de arte que corren a cargo de unos especialistas que llegan a detalles mínimos. En cuanto a los guiones que desarrollan una a una las escenas con enfoques y planos diversos sin la obsesión de narrar la historia completa en tiempo limitado, hay que reconocer que suelen ser muy buenos, aunque podamos detectar anacronismos. En efecto, casi siempre transmiten naturalidad al tiempo que modelan los caracteres propios de los personajes. Lejos queda ya el clásico envaramiento de los viejos actores formados directamente en el teatro, donde había que impostar la voz para oír y entender a los artistas. A mí me admira la cantidad de buenos actores que hoy encontramos en España, fruto sin duda del buen nivel de las escuelas. A veces me cuesta imaginar con pantalón vaquero a esa señora tan odiosa del serial, o a un joven moderno con vocación de artista en ese señor tan serio y circunspecto que nos muestran.

Todas estas consideraciones – y hemos de recordar que ni siquiera hago mención de los aspectos económicos – nos revelan un colosal esfuerzo de organización que va del casting y la obtención de los efectos necesarios hasta la dirección de los movimientos de la cámara, pasando por la confección y el estudio de guiones, o de las reuniones mantenidas para determinar el curso que conviene dar al argumento para que siga funcionando o dé lugar a nuevos aventuras. Y no cito el trabajo de los maquilladores, la gente del vestuario y tantos otros componentes del equipo que han de ser convocados y coordinados permanentemente, como tampoco me extiendo en la importancia del montaje de cada episodio según un formato que incluya resúmenes de lo anterior y del futuro de la serie, o la inclusión de una música característica y de los letreros indicativos. Todo lo cual viene a perfilarnos un entorno casi caótico, pero que debe transmitir una sensación de naturalidad y de ordenada fluidez al servicio de un público que podrá disfrutar desde su casa de una vida más variada y atractiva en la que puede colarse incluso, como quien no quiere la cosa y con un alto nivel de calidad artística, la magia de la imaginación y la aventura.

PS. No faltarán, sin embargo, quienes desprecien olímpicamente todo el esfuerzo realizado, y, desde una actitud de suficiencia, sólo vean en él una nueva posibilidad de crítica.

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