A nadie le importa un pito la cuestión del meteorito

Por Javier Pardo de Santayana

( Parque estatal de la montaña Cheyenne de Colorado) (*)

Perdóneme que les chafe un poco más la vida, pero ya saben ustedes que con la edad se adquiere perspectiva. Y ésta tiene que ver sobre todo con los fundamentos de nuestra existencia, ese misterio insoslayable a que sólo la fe da válida respuesta.

Por ejemplo, mientras nosotros empleamos el tiempo en pelearnos – y lo hacemos cada vez más creando enfrentamientos sin que nos preocupen siquiera sus consecuencias – nos llega la noticia de que unos investigadores dirigidos desde España están estudiando el punto débil de los meteoritos para así poder proceder a desviarlos de un eventual rumbo de colisión con el planeta Tierra, que resulta ser aquel en que vivimos.

Y esto no es una broma ni exageración de los científicos, aquellos personajes a los que en otros tiempos de menor auge de la tecnología veíamos como unos chiflados que dedicaban su vida a cosas que solían ser inútiles. En efecto, está demostrado con datos innegables que un meteorito eliminó de nuestra Historia la raza entera de los dinosaurios, animales monstruosos que mucho juego han dado tanto a la cinematografía como a los fabricantes de juguetes.

Pero está claro que aquel famoso pedrusco que cayó en el Yucatán no es sino uno de los muchos millones que por ahí andan, de manera que, sabiendo que uno de ellos ya nos desgració el invento, es cosa segura – y en todo caso sometida al cálculo de probabilidades – que antes o después llegará a producirse otro suceso parecido o incluso aún más contundente. Y aún así seguimos más o menos tranquilos confiando en que el suceso no ocurrirá durante nuestras propias vidas. Mas ¡ojo! que sin ir más lejos de hace casi cuatro años (exactamente el 15 de febrero del año 2013) y a 80 kilómetros de la ciudad rusa de Cheliabinsk, la explosión de un bólido que llegó a liberar una energía como tres veces la de la “bomba” de Hiroshima produjo casi 1500 heridos, y eso que tuvo lugar a unos 20.000 metros de altura. Buen aviso ciertamente para los confiados navegantes, ya que la caída del gran meteorito sucederá un día cualquiera aunque nos tranquilice la esperanza de que a nosotros no nos pille estando vivos. Por eso, aunque nuestra actitud actual refleja una resignación total cuando pensamos en un futuro más o menos remoto, no me parece mala cosa que nos preocupemos por lo que entonces pueda suceder teniendo en cuenta que la temida jornada apocalíptica afectará de seguro a nuestra estirpe, o sea a los hijos de los hijos de los hijos.

Lo digo porque hace poco leímos la noticia de que aquí en España alguien está involucrado en buscar una solución a este problema*, y sim embargo aun seguimos totalmente indiferentes a esta cuestión mientras hablamos de las excentricidades del presidente Trump, de la gracia que nos hace que los de Podemos digan ahora que “no pueden” seguir peleándose porque perderían votos, o de cualquier otra cosa igualmente irrelevante si se compara con lo que más pronto o más tarde nos espera. Ni a una sola de esas tertulias que analizan todo cuanto consideran importante he oído yo la menor referencia a que unos compatriotas nuestros andan dando vueltas a sus cabezas buscando cómo se podría hincar el diente a la amenaza que supone andar por el espacio teniendo a los meteoritos por vecinos.

Yo visité hace tiempo. allá por los 90, la montaña Cheyenne de Colorado donde el sistema de Defensa norteamericano sigue la pista de todos los grandes o pequeños objetos que podríamos llamar flotantes, lo cual permitiría que nos avisaran en tiempo oportuno de cualquier amenaza de caída de artefactos procedentes del espacio. O sea que algo existe ya. Pero en el caso de los meteoritos no bastaría con detectarlos sino que sería cuestión de vida o muerte desviarlos antes de que se estrellaran en la Tierra. Y ahí es donde entran los estudios realizados por el equipo de investigadores, cuya conclusión es que para lograr la deseada desviación conviene partir el pedrusco tomando como diana una de sus zonas de contextura blanda; que hasta ese punto se puede ahora afinar según parece.

Punto de reflexión éste que me parece sumamente interesante por lo que se refiere al actual estado del arte y también a la esperanza que podemos albergar sobre una cuestión de vida o muerte para la especie humana como es la eventual caída de un asteroide, pero que una vez más tropieza con la total indiferencia de los españoles, empeñados más bien en pelear con el vecino y en otros afanes igualmente insustanciales.

* Estudio realizado por un equipo internacional de científicos dirigidos por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España (CSIC) y publicado por “The Astrophysical Journal”.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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