El inexplicable mundo de los sueños

Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Peridis en El País el pasado día 12) (*)

El hombre vive sobre un entramado de certezas y una vaga realidad de incertidumbres. Habla de muchas cosas y se ocupa de otras tantas, pero también ignora voluntariamente y a sabiendas algunas partes esenciales de la realidad que le rodea.

Una de éstas son, sin duda, los sueños. Distinguimos entre ellos los elaborados por nosotros mismos, los que nosotros mismos nos creamos, los que toman cuerpo cuando estamos aún despiertos. Ponemos entonces en funcionamiento nuestra imaginación y nuestra fantasía, y creamos seres y situaciones que añadimos a nuestra realidad palpable enriqueciéndola con una nueva dimensión que se sitúa a medias entre lo inexistente y lo existente, puesto que es impalpable pero tan real como cualquier otra cosa que está en alguna parte en un momento determinado. Pero hoy no me referiré a algo que añade el hombre voluntariamente, sino a un hecho que la realidad nos impone aun sin querer nosotros. Me refiero a los sueños que nos surgen durante el tiempo que dedicamos al descanso y que ocupan una desmedida parte de nuestra existencia.

El hecho es que dormimos unas ocho horas diarias, y que esas ocho horas suman, grosso modo, una tercera parte de la vida entera. Por ejemplo, alguien que como yo, vaya ya hacia los ochenta y cuatro, sólo habrá vivido de forma consciente unos cincuenta y seis, algo que teóricamente sabemos de corrido pero de lo que no tenemos demasiada conciencia. Sólo mirando hacia atrás para ponernos en la situación en la que estábamos hace todo ese tiempo, nos permite hacernos una idea de lo que en cierto modo hemos desperdiciado.

Así que nos preguntamos qué hemos hecho durante los veintiocho años que no contabilizan en nuestra vida “activa”. Y lo que hemos hecho es precisamente desconectarnos de ésta y permanecer prácticamente inmóviles, con nuestra mente en un estado indescriptible del que casi nada recordamos, pues no sé si en el caso de ustedes, pero sí en el mío, la casi totalidad de las aventuras que circularon por nuestra cabeza durante la noche quedarían borradas cuando despertamos, es decir, cuando volvimos a “vivir” tal como solemos entendemos. Y tengo la impresión de que los escasos recuerdos conservados en nuestra memoria pertenecen al grupo de los que fueron interrumpidos bruscamente.

Ya en su día me ocupé del retorno de las pesadillas en este mismo blog. Entonces hice memoria de mi época de niño, cuando veía sombras entre negras y azules o intentaba inútilmente meter unos círculos grandes dentro de otros algo más pequeños o huir de algo sin que me respondieran las rodillas. O cuando sentía el placer de elevarme y volar con un leve movimiento de mis brazos. Venía aquel artículo a cuenta de que después de mucho tiempo me habían vuelto a perturbar el sueño algunas situaciones inquietantes, en su mayor parte referidas a una soledad inmensa y a la dificultad para el regreso a mi lugar de origen, situación ésta quizá relacionada con mi condición de anciano.

Pero lo que me llevó a volver sobre este tema de los sueños fue que hace unos días mi mujer se despertó sobresaltada porque, cuando se sentía desconcertada y en un ambiente indefinible, creyó – todo esto en sueños – que quizás la razón de encontrarse en aquella situación extraña fuera que se había muerto, así que se dispuso a preguntarme si tal cosa había realmente sucedido.

Y esta es la pura realidad: que una tercera parte de nuestras propias vidas vivimos en una situación aparentemente impropia de nuestra condición de seres racionales y vivientes, para más tarde retomar la conciencia y sumergirnos de nuevo en cosas tan concretas como nuestro trabajo o los problemas de nuestras familias, despreciando totalmente lo experimentado por nosotros mismos durante ese tiempo en el que desconectamos y, ya como un cuerpo inerte, nos dejamos arrastrar a una vida tan real como la que realmente nos importa, pero que pertenece a una dimensión surrealista y tan inquietante como una película de miedo. Con la particularidad de que, pese a todo, cuando ya al final del día sentimos la necesidad de interrumpir nuestras actividades, lejos de abordarla con el temor que bien pudiera producirnos, la acogemos con una sensación de alivio sólo pensando en la promesa de un reparador descanso.

Afortunadamente, la mayor parte de las veces prevalece una agradable sensación de bienestar; adiós, por tanto, a la amenaza de esos mundos hostiles que nos amenazan en los sueños, a aquellos desamparos y a aquellas situaciones kafkianas con las que a veces nos castigan; a aquellos ronquidos y fatigas que nos van desgastando poco a poco.

Porque, lo que sí verdaderamente nos aterra, es la posibilidad de que – como desgraciadamente ocurre tantas veces – sea precisamente cuando nos despertamos y volvemos a vivir la vida cuando sentimos la angustia de enfrentarnos a nosotros mismos y a la realidad que nos espera. Una realidad que tan sólo el sueño fue capaz de ocultar a los recovecos de la mente.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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