El Rezongón. Robots y progreso. 10. Abonado.

Por Carlos de Bustamante

( Acuarela de de José María García Fernández, “Castilviejo” en la exposición de Espacio36, en Zamora, marzo de 2012) (*)

Sé que el presente rezongón pudiera ser origen de polémica entre los del grupo de los llamados “verdes” o los no menos venerables ecologistas. Porque como bien saben ustedes el Rezongón no pretende aconsejar, sino que dice nada más, espero que nadie se me moleste si, rezongando, discrepo en algo o en todo con los citados.

Vamos ya con el abonado. Como todos los seres vivos, los diferentes cultivos también son parásitos. Es decir, nacen, viven y se desarrollan a costa de algo o alguien. Y esto es lo que hacen cuanto hemos cultivado: hacer lo propio –parasitar-a costa de la tierra. Y el hombre cumplió en y con ella el mandato divino: “cultivarla, custodiarla y someterla”. Como “donde hay Patrón no manda marinero”, el hombre “creado a Su imagen y semejanza”, así lo hizo; con las plantas de los cultivos y con los animales de los que se sirvió, para éste y otros menesteres. Nada que ver con el maltrato del que el Rezongón en absoluto es partidario, aunque para someterlos sea preciso hacerlos alguna violencia.

Distinto el trato que, sin la condición que dejo para las conclusiones, posiblemente hayamos dado a la tierra. Dando por sabido de qué se alimentan las plantas, si no reponemos los nutrientes – tan diversos en cada cultivo- maltrataríamos lo que debiéramos custodiar. La pregunta, pues, se cae por sí sola y con ella, la respuesta: si por cultivarla extraemos de la tierra determinados elementos, es de cajón devolvérselos, so pena de esquilmarla, maltratarla. La materia orgánica, con “buena estercoladura”, como dejamos dicho, es pues esencial por sus componentes. Lo que no hemos “mentado” y éste es el momento, para decir cómo aportar los imprescindibles minerales, que con las cosechas desaparecen de la madre- tierra que los parió.

Como los tiempos adelantan que es una barbaridad… , y se multiplican los robots, hoy se puede saber, mediante análisis, lo que tiene o de lo que carecen los terrenos para el cultivo. También, aquello en que es más exigente cada producto agrícola. Mediante robots altamente cualificados, sabemos cómo, al igual que el cuerpo humano, los análisis muestran que, aparte de oligoelementos varios, el nitrógeno, fósforo y potasio son imprescindibles en la fertilidad de un suelo que sin ellos quedaría esquilmado. Como sabemos también – ¡prodigio de la mente humana!- lo que, como queda dicho, más absorben de ellos cada uno de los productos, si de verdad queremos cuidarla, (custodiarla), habremos de añadir a nuestras labranzas lo que las cosechas se llevan. Desde y por esta verdad condicionante, el hombre –perfección de los seres creados-, los produjo en forma de minerales. Nutrientes, tantas veces denostados-odiados, que, junto a la estercoladura, devuelven la fertilidad al terreno.

Es pues claro, que, a las dosis convenientes, el “mineral” (“la química”) no “marrota” el terreno, sino que le devuelve lo que los cultivos le arrebatan.

Dicha la sentencia, vayamos a lo nuestro: robots y progreso.

Como escuadra de gastadores vio el Rezongón, incluso fue uno de ellos, cómo en jornadas agotadoras y sembraderas al hombro, (éstas con el mineral) el trabajador obrero lanzaba a voleo puñados de él sobre la madre tierra. Y cómo con primitivos aperos lo tapaban luego mezclándolo con la tierra. Fácil si no fuera por un penoso proceso anterior:

Horror de horrores cuando llegaba el camión cargado con los tres minerales citados. Horroroso, porque bien por economía, no creo, no puedo creer, que por “mala uva”, venían envasados en sacos enormes de ¡cien kilos! de peso. Y encima, bien por economía, no creo, no puedo creer, que por mala uva, venía dentro como azucarillos monstruosos que, tras marrotar las espaldas de los cargadores, era preciso deshacer a “marrazos”. Luego, con cálculo grosso modo, era preciso hacer “la envuelta” con una, dos o tres paladas de cada elemento, según la mayor o menor necesidad de unos u otros.

Es, pues, evidente, que además de necesitarse ingente mano de obra, la dosificación a paladas en absoluto era exacta a las necesidades, tantas veces supuestas. A “escape vinon” los remedios: por una parte y sólo para el labrador con “algunas letras”, por los análisis supo aquellos minerales que debía devolver a las tierras de las que se los habían llevados los productos cultivados. El cómo aportarlos en la proporción debida, estaba fuera de sus posibilidades. Las “paladas”, era evidente que tenían de todo (trabajo y más trabajo) menos precisión.

Con otros “pocos” cuartos sacados de “quisió ande”, el labrador (no pocas veces también obrero) de espaldas rotas por el esfuerzo de los referidos cien kilos, adquirió el asombroso robot de la cinta transportadora. Compadecidos los fabricantes del abono, aliviaron – ¡ahora, no te fastidia!- envasando en “saquitos de sólo 50 kilos”. Quedaba el asunto, no menor, de las “envueltas”, para no mineralizar el terreno por exceso o perjudicarlo por defecto. Y ¡bendito sea Dios!, cómo se robotizaron las fábricas. Granularon el producto y “vinon” luego con las dosis adecuadas de los tres elementos. Fácil comprar (al labrador no se le regaló nada) 12-9-14 o “sigún” indicaran los análisis o la experiencia de los que más necesitase cada cultivo. Pero ¡ay distribuirlo…! Con otro minucioso rebusco en los exhaustos bolsillos (ni primero, ni último) un nuevo robot del progreso campó por sus respetos acoplado al tractor: en una gran cuba con “batidora” dentro, lanzaba en abanico el granulado en la cantidad requerida. Y como esto ya está, volvemos a la alfalfa de la que, ni con mucho, está todo dicho. Luego, y si Dios es servido y ustedes me aguantan, seguiremos con otros cultivos donde el progreso en robots fueron tan espectaculares, como espectacular fue el sacrificio económico de los que quisieron o se vieron (nos vimos) precisados a integrarnos en él. Y es, que el campo –hora es de decirlo-, fue quien satisfizo la más perentoria de las necesidades humanas… de la capital, como es el diario sustento.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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