Robots y progreso. Más sobre las remolachas

Por Carlos de Bustamante

( Hacia Renedo. Acuarela de José María Arévalo) (*)

Hemos dejado con anterioridad a las numerosas cuadrillas de ambos sexos, con el “espinazo” doblado por las ocho o más horas del personal encorvado en el penoso trabajo. Porque penoso hasta decir basta, es entresacar las diminutas plantas sobrantes de las semillas multigermen sembradas a chorrillo ininterrumpido por la sembradora de cinco o seis “botas” empleadas para el “cerial”. Terminado el trabajo, los ojos cansinos de cada componente –dorso doblado y manos como garfios por la binadera empleada todo el santo día- del ejército empleado para este menester, pueden ahora contemplar el campo que, con la apariencia de desnudo, apenas si destacan en él las pequeñas hojas que pronto y tras las bendiciones del agua, cubrirán la tierra de verde intenso y gruesas raíces en el interior de la madre tierra propias de esta familia de las Quenopodiáceas. (¡Toma nombre!).

Como no podía ser tanta falta de humanidad dañina para los trabajadores y además cada día era cuasi imposible reunir tanta mano de obra, la ciencia vino en auxilio para resolver el problema: de “quisió ande” nos “vinon” la solución en forma de otro robot impresionante. No caían las semillas a chorrillo por las nuevas sembradoras “de precisión”. No, porque de las antiguallas de las semillas multigermen, las nuevas apropiadas para el nuevo robot, no tenían ni la apariencia. Semillas “pildoradas” ¡y monogermen! Pero ¡aguarden, que todavía más: precisión quería y quiere decir, que ¡de chorrillo , ¡nada!

Por un sencillo artilugio en forma de “bujero” en una cinta rotatoria, caía una sola píldora ¡a la distancia requerida para el perfecto desarrollo posterior de cada planta! Ni entresaque, ni cuadrillas… Un solo hombre con el tractor que remolcaba la sembradora de precisión bastaba y sobraba para realizar el trabajo –perfecto- de no menos de un centenar de personas ¡y jornales! Qué remedio, pues, si no adquirir el nuevo robot. Como nadie nos regalaba nada, y el precio era elevado, les puedo decir que más que ahorro iba “lo comido por lo servido”.

Con el poderoso reclamo del mejor precio pagado por las azucareras por las remolachas de reserva, “el cuajo del labrador progresista se llenó antes que el ojo”. Si escaseaba mano de obra para el ahora innecesario –que no antes- entresaque, quién arrancar de la tierra, tantas veces helada por los rigores del clima castellano en puro “ivierno” la raíz desesperadamente agarrada a la tierra que le dio vida… ¿ Quién manejar los picos de doble punta para horquillar y apalancar hasta extraer las raíces como cántaros…? ¿Quién escular hojas y coronas con un tajazo del hocino como hicieron durante años las cuadrillas de mujeres, para dejarlas limpias de lo que es inservible para extraer azúcar? Y nos “trajon”, claro, la solución y otro importante endeudamiento. ¡Cosechadora de remolachas! Máquina prodigiosa entonces y ahora que esculaba, extraía la raíz, cargaba en una tolva y de ella al remolque o camión para el transporte a la fábrica. Como imagino que eso de escular a los profanos en la material les sonará raro y fea esta expresión. Se lo digo enseguida completo: extraída la raíz por “los hombres” mediante el pico de doble punta antes referido, la tomaban –tantas veces helada- con las manos las mujeres que venían detrás. Apoyada en la rodilla, tan helada como las manos y raíz, con un golpe del pequeño hocino, cansado de segar mieses en tiempos pasados, quedaba descoronada y lista para la carga y transporte a la fábrica. Descoronar o escular, les aseguro que fue labor penosa donde las haya.

Suma y sigue la sustitución de mano de obra; y suma y siguen las trampas en el banco y los agobios al vencimiento de las letras de cambio. Suma y sigue la aparición de nuevos y más eficaces robots, para abaratar el producto final y hacerlo competitivo en el mercado mundial.

Si el progreso lo inició el tractor, para mover tantos y tan humanizadores robots, el tractor dio paso a “los tractores”… Más potentes cada vez y… cada vez más caros. Parejo al progreso uniformemente acelerado, uniforme o desordenadamente, igual volaban lo caudales y tomaban tierra… ¡las trampas!

Pero ¡aguarden!, que queda aún la bomba final (¿) para este cultivo: por mor de que las fábricas azucareras también se robotizaron aumentando el ritmo de la producción del dulce producto, fue preciso enviar con mayor urgencia la materia prima. Sin personal que emigró a las grandes industrias de maquinaria u otros robots domésticos o de entretenimiento u ocio, que requerían jornales superiores a los del campo, las prodigiosas cosechadoras robots para un solo surco, fue preciso sustituirlas por otras que hacían labor similar con dos. También -¡bendito sea Dios!- insuficientes. Y apareció, cómo no, el prodigio: cosechadora que esculaba (descoronaba) ¡seis surcos a la vez! Y cargada a tope la enorme tolva, del mismo robot ¡autopropulsado!, la vertía solita al camión que esperaba la salida a un ritmo endiablado.

Si mis improbables lectores son duchos en matemáticas, no les será difícil llevar el suma y sigue de la sustitución de mano de obra por los sofisticados robots del impresionante y rápido progreso, sin solución de continuidad. Y si fueran expertos en ciencias económicas tampoco les resultará complicado calcular “grosso modo” las penurias del labrador. Nobles gentes del campo, que endulzando España, humanizaron las labores más penosas a costa de sus propias estrecheces.

Sin ser del todo exhaustivo con todos los cultivos robotizados, pasaré, si Dios es servido, al “penúltimo…” de esta serie. El que, sin la importancia de los citados, quien lo vivió, no puede pasar por alto. Será el colofón de la vida de un labrador, que finalizó con él su andadura en el progreso y en el trabajo cuasi desenfrenado en él (campo) y en ella (vida como labrador). Nos vemos…

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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