Rodeados de trastos

Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Álvaro Castagnet en Facebook) (*)

Acababa de ver en la televisión una expresión artística de la presencia de la tecnología en nuestro entorno actual. Se trataba de una presentación caótica como gustan hoy hacer nuestros artistas supongo que con la intención de hacernos ver los efectos de la complejidad en que vivimos precisamente por su causa. Cierto es que, efectivamente, nuestro entorno habitual es ya difícilmente reducible a esquemas simples, ya que, según parece, hemos renunciado a entender lo que nos está llevando a nuestra confusión actual y simplemente nos abandonamos a la realidad de un mundo de efectos inconcretos.

“Pues ya es casualidad”, me dije. Porque precisamente esa mañana, yendo en coche hacia Madrid, se me ocurrió hacer ver a mi mujer la agobiante presencia de una de las muestras más fehacientes de la complejidad que invade nuestro día a día. La pregunté, en efecto, si se había dado cuenta de la cantidad de conducciones eléctricas que interferían el paisaje, circunstancia en la que ni yo mismo había reparado antes pese a haber recorrido centenares de veces esa misma ruta. Alineaciones de postes metálicos, muchos de ellos de grandes dimensiones, flanqueaban la carretera y la cruzaban repetidamente hasta acabar perdiéndose de vista.

Caí entonces en la cuenta de que aquel aparataje se había hecho ya para nosotros poco menos que invisible a fuerza de ser una visión habitual, como si, al estorbar en el paisaje, nuestra mente lo hubiera convertido en materia transparente; de que se trataba en realidad de uno más de los muchos trastos de que nos rodeamos para atender a las necesidades que nos hemos creado quizá no siempre necesariamente; de unos más de los muchos objetos de que ya dependemos para seguir viviendo al nivel de nuestro siglo y sin los cuales seríamos incapaces de desenvolvernos adecuadamente: trastos cuya inmensa mayoría necesita la energía eléctrica para su funcionamiento; esto es, cocinas, frigoríficos, aparatos de radio, televisores, calentadores de agua, teléfonos fijos y móviles que hacen ya de todo, calefactores, lámparas, ventiladores, sistemas de seguridad y de apertura y cierre de puertas de viviendas y garajes, sirenas, arranques de automóviles, secadores de pelo, cafeteras… Y eso que afortunadamente la mayor parte de los cableados y conexiones son internos, se han hecho subterráneos o aparecen camuflados por otras estructuras, y que el grosor de los de alta tensión permite que éstos no se nos hagan demasiado ostensibles.

“Curioso”, me dije al constatar que ni siquiera nos perturban la vista por mucho que aparezcan en nuestro entorno habitual y con ellos tropecemos numerosas veces. Como curioso es que ignoremos la causa de su omnipresencia y su importancia, puesto que fundamentales son sin duda para la conducción y el empleo de una “cosa” de la que conocemos los efectos pero no tanto la naturaleza; me refiero a la energía eléctrica que los hace imprescindibles para todo el mundo, puesto que, durante casi toda la existencia del hombre sobre la superficie de la Tierra, la energía eléctrica sólo se haría patente en la espectacularidad del rayo y del relámpago, atribuidos por nuestros antecesores a la voluntad de determinados dioses. Es decir, que existía esa energía, pero “no se veía” como algo palpable ni presente. Y aun creo que la mayoría de la gente desconoce hoy como se consigue producirla, que es una forma de decir cómo se descubre. Porque nada es “creado” por el hombre: todo cuanto se necesita estaba entre nosotros ya desde el comienzo de los tiempos; sólo faltaba el encontrarlo y el saberlo utilizar, cosa asaz complicada como puede verse. Digo que la mayoría de la gente, pese a utilizarla de continuo, desconoce cómo se produce esa energía, y que lo más probable es que le digan a usted que se consigue mediante la utilización de los embalses o a partir de otra energía llamada “nuclear”. O cosas de este estilo.

Llama poderosamente la atención que cuando, por ejemplo, la gente ve la noche iluminada por una miríada de luces – como es el caso de una gran ciudad y sobre todo del globo terráqueo cuando se ve desde el satélite – la gente no caiga en la cuenta del milagro: esto es, de que el hombre fue capaz, primero, de descubrir que la electricidad existe, y, segundo, que ésta se produce simplemente girando una espira en un campo magnético; ésta tan curiosa y tan extraña que a nadie se le ocurriría por las buenas. Sí, es realmente sorprendente que se haya logrado arrancar a la naturaleza esa su dimensión oculta y hacer con ella no sólo que todo el planeta se ilumine, sino que la iluminación alcance a cada vivienda familiar en una realidad como la nuestra, tan compleja que llega a ser caótica. Y que en esa energía, en sí invisible salvo por los efectos que produce, se base hoy en día casi todo lo que hacemos e inventamos sin que su acumulación en el espacio llegue a estorbarnos demasiado.

Y en eso estaba, formulándome a mí mismo estas preguntas y consideraciones, cuando empecé también a darme cuenta de la cantidad de trastos que nos rodea diariamente, tengan o no que ver directamente con cualquier tipo de energía: letreros, quitamiedos, pórticos, indicadores relacionados con el tráfico y tantas y tantas otros chismes cuyo nombre exacto incluso ignoro. Parece como si nos hubiéramos acostumbrado a ir por la vida rodeados por un enorme bosque de trastos y chatarra – que por cierto deben costar su dinerito – y no nos diéramos debida cuenta de lo complicada, compleja y también costosa que es la vida en este nuestro siglo. Como de la trastienda y el montaje que todo ello requiere previamente: de que ya no hay casi nada que sea puramente natural en el paisaje; de que ya casi es imposible conectar con la realidad de nuestra condición de criaturas.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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