Una cuestión de sensibilidad

Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Miki y Duarte en Diario de Sevilla el pasado día 14) (*)

Sintonicé la Primera para ver si encontraba algún cambio de estilo. Recordaba el festival de Eurovision de antes, cuando el enfoque de las cámaras se centraba en el intérprete e incluso se entendían las letras. Pero el éxito “taquillero” del acontecimiento y las posibilidades ofrecidas por la invasión de la tecnología, que ya había alcanzado a otros grandes acontecimientos, también alcanzaría a éste: las canciones no serían ya sino un pretexto para inundar la pantalla con un espectáculo más que operístico de luces y sonidos, y la competencia daría pie a los organizadores para complicarse la vida con toda suerte de efectos especiales.

La consecuencia fue que los cantantes, en otro tiempo dedicados a cuidar su interpretación y permitir que los televidentes apreciaran todos los matices, prefirieron los grandes sonidos orquestales y las voces desaforadas que intentarían superar en decibelios a los intensos sonidos de la música. Recordé entonces la irrupción en su día de lo que los italianos llamaron si no estoy equivocado los “ulatori”, es decir, los cantantes tendentes al chillido. Pero de lo que ahora se trataba era de crear un ambiente como de gran espectáculo visual y sonoro donde todo manierismo tendría cabida con la condición de que produjera un efecto impactante: lluvia de luces, fogonazos, imágenes fundidas con los seres reales…

Las tomas saltarían de los planos cortos a los inmensamente amplios o a los ya directamente cenitales cuando no vertiginosamente cambiantes, dando así la impresión de que nos encontramos en un mundo mágico en el que los cantantes habrían de ser capaces de rematar la faena con notas altas y sostenidas. Adiós por tanto al intimismo, a las voces acariciadoras, a la posibilidad de percibir los sentimientos y las expresiones matizadas de amor o desamor y de alegría o de desesperanza.

Por otra parte, un sólo cantante pareció ser poca cosa y se pobló la escena de cuadros de baile disfrazados de personajes de todos los tipos, así que hemos visto hasta un gorila. Esto sin mencionar toda una parafernalia de nubes, complementos y cacharros para acabar completando el escenario con un suelo travestido en mar océano.

Luego empezaría la cuenta de los votos, diferenciada ahora entre los emitidos por el público y los procedentes de críticos profesionales, para así poner en vilo hasta el último minuto a los televidentes con otro recurso entre tecnológico y cinematográfico: el del “suspense”; aunque en este caso el resultado fuera evidente ya desde al principio.

Porque vino a producirse un hecho sorprendente: contra toda lógica, desprestigiando el enfoque de los organizadores del evento, los votantes de uno y otro origen volcarían su preferencia en favor de la única canción no apoyada y mimada por los impresionantes medios tecnológicos; la única en aparecer tímida y desnuda ante el micrófono. Una canción mínima, interpretada por el menos mediático de todos los intérpretes si nos fijamos en su apariencia externa. Porque he de decir que, pese a conocer el idioma de Camôes que aprendí ya en mi niñez y juventud, la voz me llegaría tan pequeña – tan casi imperceptible – que casi no entendí la letra; dudé incluso de que el resultado fuera el que en realidad ha sido y pensé que los aficionados habrían conocido de antemano la canción ganadora pero recogida en un entorno más propio y favorable.

Sí; en efecto, no me había equivocado al sentarme ante la televisión por si ocurriera el milagro, fuera éste o no definitivo; que eso ya lo veremos en el año próximo. Veremos, sí, si el éxito obtenido contra corriente por el frágil cantante portugués produce o no un cambio en el enfoque de la siguiente ronda; si no se percibe la influencia de este nuevo estilo en las canciones presentadas. Si no se decide dejarse de tanta farfolla y parafernalia y de tanta exposición de las faringes, y se baja el volumen unos decibelios para acercar al oído a las palabras en busca de esa inspiración que, más que hacer saltar nuestros oídos, pretende llegarnos al corazón. Cómo me llegó a mí ver al frágil cantante – cuya salud según me dicen, es precaria – sacando a su hermana, autora de la canción que le dio el éxito, para entonarla de nuevo, ahora con ella.

PS: Lo que sí respondió plenamente a mis suposiciones fue el resultado de la plana y ridícula canción supuestamente hispana.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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