Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Esteban en La Razón el pasado día 16) (*)
No sé si les aburriré enunciando los numerosos lugares en los que he vivido, y eso que no soy de las generaciones jóvenes: Valladolid, Madrid, Lisboa, Vitoria, Santander, Zaragoza, Segovia, Jerez de la Frontera, Algeciras, La Línea, Las Palmas, Guadalajara, La Rochelle, Tours, Grenoble, Dijon, Lawton (Oklahoma), Ozark y Huntsville (Alabama), San Antonio (Tejas), Leavenworth (Kansas), Sidi Ifni, El Aaiún, y Mons (Bélgica) que ahora recuerde. Y eso que mi vida es la de un español del siglo XX, o sea de un español cuya mayor parte de la vida transcurrió bastante antes de que se implantaran casi simultáneamente una globalización superadora de fronteras, una sociedad del bienestar que contribuiría poderosamente a que los españoles conocieran el mundo, y una crisis que nos obligaría a buscar trabajo en otras partes de nuestro país y del extranjero.
Así que cuando oigo hablar de lo que votarán los andaluces, los murcianos o los baleares – o los catalanes, por poner un ejemplo – me pregunto si no se están olvidando de mi concretamente. Porque uno puede haber nacido en un lugar determinado y, como es mi caso, vivir en otros muchos muy distintos no sólo del extranjero sino de la propia España. Quiero decir con esto que cuando dicen que van a votar los catalanes, lo que quieren decir en realidad es que van a votar los censados en Cataluña ese momento. Y ahí entra todo el mundo, porque hace mucho tiempo que uno no vive necesariamente en su pueblo de toda la vida, sino allá donde la vida le ha llevado. Y porque es cosa normal y muy frecuente que un español haya nacido en un lugar y viva en otro. Incluso ya en el pasado siglo – y en realidad toda la vida – uno no vivía y moría necesariamente en la misma cama, que de por medio hay muchas y muy diversas circunstancias como los avatares familiares, la necesidad de encontrar trabajo en algún sitio, el matrimonio que nos cae del cielo, la conservación de la salud, y tantas y tantas otras razones importantes que a uno le aconsejan o le obligan a moverse de un lugar a otro.
Así nosotros mismos, quienes escribimos este blog, nos titulamos “los foramontanos” en alusión a aquellos españoles que un buen día emigraron monte abajo desde las alturas cántabras para, una vez empujados hacia el sur los sarracenos, asentarse en lo que hoy conocemos por Castilla. Este enlace histórico y en cierto modo lírico sirve de justificación al trío que diariamente les ofrece sus trabajos literarios, pues, en efecto, debió haber un día en que nuestras familias decidieron hacer algo semejante.
El caso es que el mundo en que hoy vivimos se distingue sobre todo por una complejidad nacida al calor de los avances tecnológicos, y que uno de los rasgos principales de ésta es la posibilidad que nos ofrece la comunicación en tiempo real con cualquier parte del mundo y sobre cualquier asunto posible en concreto. ¿Qué sentido tiene, pues, el subrayar nuestras fronteras y nuestras diferencias cuando hoy el hombre ya vio el planeta azul desde la lejanía del espacio? Más se comprendería lo contrario: que la tendencia fuera como ya había comenzado a ser; la de considerarnos más y más ciudadanos de un mundo compartido.
Pero no es sólo esto, pues si hay algo propio del tiempo en que vivimos esto es la tendencia a la compatibilidad como obligada reacción ante una complejidad creciente y dominante. El hombre moderno, el hombre a la altura de las circunstancias, intentará resolver los problemas que le plantea la complejidad imparable y creciente no oponiéndose a ella, sino admitiendo simplemente todo para hacerlo realmente compatible: no intentará por tanto una simplificación que le lleve a perder parte de la riqueza que se le ofrece en nuestros días, sino que la admitirá y la ordenará convenientemente aprovechando los medios que le ofrece el desarrollo de la tecnología. De ahí el nombre que damos al “ordenador”, que nos ayuda a digerir esa complejidad creciente sin rechazar nada de lo que incorpora, ya que nos ayuda simplemente a archivar en su lugar correspondiente cada información concreta y a relacionarla con todas las demás. Así en la cuestión de los afectos tenderemos a aceptar un esquema de círculos concéntricos que no tienen por qué oponerse puesto que no se interfieren entre sí.
Uno podrá sentir por tanto una extremada simpatía por el barrio en el que vivió su infancia y al mismo tiempo verse a sí mismo como ciudadano del mundo en determinados aspectos esenciales al tiempo que se identifica con los restantes europeos en contraste con los ciudadanos de otros continentes y reconocer – cómo no hacerlo – los rasgos propios de su propia patria como legado y patrimonio que ha recibido de sus padres y de sus ancestros. Un legado sin el cual uno no es uno propiamente puesto que pierde sus raíces. ¿Qué necesidad hay, por tanto, de poner unos afectos contra otros?
Estrechez de miras es la expresión que mejor define la postura de quienes simplifican una realidad que es mucho más rica que la que ellos imaginan cuando intentan forzar a contrapelo un esquema ya obsoleto de familias que no se mueven de su campanario y que alimentan la inquina entre vecinos como en los viejos pueblos atrasados y sin conexión unos con otros.
Bien está, pues, el alentar el folklore de la diferencia, creo que debidamente reconocido por las autonomías para dar color y sabor a las fiestas patronales y al turismo. Mas descubrir la incompatibilidad entre quienes juntos constituimos el primer estado moderno del planeta, llevamos a su límite las fronteras de Europa, saltamos juntos los océanos y juntos descubrimos nuevos mundos -, dimos incluso juntos la primera vuelta al orbe, es decir, diseñamos juntos la Historia de los hombres – parece una locura mucho más allá de lo lógico y decente. Promover la desunión contra la misma Historia y hasta contra los signos más modernos de los tiempos a estas alturas – tras más de cinco siglos caminando juntos y en este mundo de hoy en el que todo tiende a la ampliación de los espacios de convivencia y las organizaciones que los coordinan – es como hacer ciencia ficción de poca monta y escasa perspectiva: abanderar una actitud impropia de estos tiempos, de la misma realidad de nuestro siglo: en suma, alardear de una actitud cateta.
Ya algunos la personalizaron mediante la boina, que tanto juego dio a los humoristas. Otros, por lo que se ve, adoptan el rol de hijos maltratados, eso si, poniendo al mismo tiempo el cazo.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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