Por Javier Pardo de Santayana

( Marbella, Plaza de los naranjos. Acuarela de Ángel Alandes Ruiz en artelista.com) (*)
Noticia de la prensa: “Acoso populista a las grandes galas benéficas de Marbella”. Son imparables. Estos aspirantes a gobernar España están empeñados en cargarse cuanto pillan. No cejan. A ello les mueve un odio omnidireccional a todo lo español y yo diría que a todo cuanto hoy en día les rodea. Así que han puesto sus ojos, ¿saben ustedes dónde? Pues en Marbella. Sí, señores, en Marbella, un lugar atractivo hasta en su propio nombre, sugeridor de ambientes luminosos.
Ustedes se dirán que qué mosca les ha picado ahora. Pues la cosa está clara: pretenden imponer su cultura de la mugre, y, sobre todo, fastidiar. Y Marbella tiene demasiado sol, demasiada playa, demasiado cielo azul y demasiado mar. También demasiada gente que huele bien. Tanta como ellos mala baba y odio. Y, sobre todo, envidia.
¡Con lo que le costó al Hohenzollern conseguirlo! Pero al fin logró lo que quería; poner a Marbella en el mapa de la jet; convertir aquel lugar idílico en referencia obligada de la gente famosa. Para lo cual sacaría partido del relumbrón de su apellido y de la calidad de sus contactos internacionales. También de su popularidad. Así instauraría un turismo de “alto standing”: hasta tuvo la habilidad – con la valiosa ayuda de su esposa – de hacer jugar en su favor a personajes del momento que añadirían pinceladas bien curiosas, como la asiduidad del hermano de la reina de Bélgica: un aristócrata atípico que tocaba el piano con destreza y ofrecía una imagen daliniana entre el arte y la caricatura. Todo lo cual fastidiaría enormemente a los “okupas», revientacajas y pirómanos de contenedores de basura porque lucía demasiado, y sobre todo porque se trata de un mundo de gente “con posibles”; algo que no pueden resistir cuando se trata de otros aunque ellos mismos gusten de trincar en cuanto se les pone a tiro. Ahí tienen ustedes a hijos de papá con su tarjeta negra, gastos subvencionados por tiranos, niños de padre terrorista pero de economía saneada, y fieles que se resisten a ceder personalmente a su partido lo que le prometieron en su día.
Se ve que lo que no puede soportar toda esa gente es que los de Marbella se codeen con la “gente bien”. Y es que ellos si, tendrán algunas niñas monas, pero no de esas que entran en un salón y la gente se vuelve para verlas porque además de bellas y elegantes visten de Valentino o son artistas que roban los primeros planos. Hasta las hay que salen en el “Hola”.
En cuanto a ellos…bueno; ahí sí que no hay comparación posible, porque mientras a los invitados – como a muchas, también, de las señoras – se les ve la clase en cuanto entran, los suyos suelen ser impresentables. Los han visto ustedes con ese aspecto que tienen de recién salidos de la cama o de ricos disfrazados de mendigos, con los puños en alto y siempre en grupo amenazante para meternos el miedo en el cuerpo, así que a ver quien les invita o abre la puerta para que compartan juerga.
Se trata, pues, de la cochina envidia; eso que dicen ser el pecado de los españoles: definición pintiparada para ellos o personajes parecidos. Naturalmente que para justificarse argumentan que las aportaciones económicas provenientes de los festejos marbellíes deberían correr a cargo del gobierno y no de gente que se hace la auto propaganda o saca provecho empresarial. Pero esto es un truco justificativo que ya fue utilizado contra el generoso gesto de un español que dedicó un buen puñado de millones a facilitar la adquisición por ciertos hospitales de avanzados instrumentos sanitarios. Gesto que afortunadamente sí sería reconocido y debidamente agradecido por otras instancias no sectarias.
Así que uno se pregunta a qué santo viene dejar sin beneficio a los beneficiados y a Marbella sin uno de sus rasgos peculiares. Y, por supuesto, a muchos trabajadores sin sus actuales puestos de trabajo. Menos mal que, como la realidad es tan tozuda, la sensatez acabará por imponerse y esta gente tan atravesada no podrá ocultar su mezquindad ni su manía de meterse en donde no la llaman, como tampoco la repulsión que siente por la libertad.
En todo caso, ¿no podrían dejar un rato en paz a los demás? Especialmente habida cuenta de que los asistentes a las galas marbellíes sienten la obligación de contribuir con su dinero a paliar las necesidades de otra gente. ¿Que detrás de determinados gestos puede haber cierta superficialidad? Pues evidentemente sí. ¿Que esa caridad pudiera ser ficticia? Pues como tantas otras cosas de la vida. Pero, salvo que todo se reduzca a una cuestión política o a una fijación ciega y en el fondo infantil “contra los más pudientes”, ¿no podrán estos señores quedarse un rato quietos y dejar que la vida fluya sin incordiarnos todo el santo día?
Si, por favor; no nos sovieticen esa Marbella alegre y divertida; no entren ustedes ni salgan en sus fiestas; que a ellas acudan quienes y cuantos quieran sean o no gentes de fama o de dinero. Aunque eso no les guste, dejen vivir a los demás en paz.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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