Oficio de protesta

Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Caín en La Razón del pasado día 2) (*)

No deja de ser curioso e incluso sorprendente que cuando ya llegamos a alcanzar la luna, cuando un aparato fabricado por las manos del hombre ha cabalgado ya sobre un cometa o superado los límites del sistema solar que nos da vida, en vez de adquirir una más amplia perspectiva de la realidad que nos circunda nos encerramos más y más en nuestros habituales vicios rutinarios.

Los mismos adelantos tecnológicos que nos debieran permitir la adquisición de una mejor visión sobre las cosas son ahora una de las principales causas de que suceda todo lo contrario. Y la razón es que la visión preponderante no corresponde a la realidad tal como es sino a la que nos transmiten diariamente las múltiples pantallas: una realidad amañada por intereses comerciales y políticos. El resultado de este desenfoque es el crecimiento de movimientos populistas de distintos tipos y colores que pretenden medrar como salvadores de cualquier entuerto aprovechando el extendido desconcierto. Y el entuerto es fácil de esgrimir y de vender, sobre todo en tiempos de crisis económica.

Una de los efectos consiste en la impresión cada vez más evidente de que vivimos un desastre como de fin de ciclo. Que los defectos del sistema, por no decir de su aplicación en nuestros días, son algo perfectamente intolerable, lo que estando como estamos con frecuencia inmersos en un plano distorsionado, da juego suficiente como para convertir los organismos democráticos en un desagradable campo de batalla. Será preciso, por ejemplo, echar abajo todo cuanto construimos hasta ahora, incluido el proyecto de una nueva Europa. Ni siquiera basta con que nos carguemos la constitución de los últimos cuarenta años: la solución exige volver a las conocidas entelequias que tanto juego dieran el pasado siglo.

En este punto dirán ustedes que no estamos tan mal como en aquellos tiempos; podríamos argüir que nunca estuvo nuestra sociedad mejor estructurada de lo que está ahora, que nunca – desde la época de las cavernas hasta nuestros días – tuvimos un nivel de bienestar ni parecido al que gozamos hoy; que jamás hubo mayor justicia en lo social; que tampoco se vivió nunca una situación más pacífica y tranquila que la que actualmente disfrutamos. Pero no esperen que les concedan la razón, porque mientras ustedes piensan esto, ellos – los “protestantes” – ya se habrán encargado de desprestigiar a nuestros antecesores y de descalificar nuestra cultura.

He aquí precisamente una de las mayores muestras de nuestra actual falta de perspectiva: el desprecio del pasado y de quienes vivieron antes que nosotros. A veces se diría que las generaciones nuevas se consideran superiores a las que las precedieron porque éstas carecían de ordenadores y de teléfonos portátiles, de códigos de barras, de Skype y de Watsapp. Cosa curiosa, ya que no es preciso ser un lince para saber que si hoy existen estas cosas es gracias a la inteligencia y el esfuerzo de todas las generaciones anteriores. Nadie lo puede atestiguar mejor que la generación que hoy parte el bacalao, pues fue el siglo pasado cuando la Humanidad dio el más espectacular salto en la historia. Así resulta hasta ridícula la exhibición de falta de perspectiva de quienes no sólo demuestran su desconocimiento de la Historia sino que al exhibir una supuesta superioridad de su generación no hacen sino demostrar abiertamente su vulgaridad y su ignorancia.

He aquí el panorama que hoy vivimos: quienes nunca dieron golpe y demuestran no saber nada de nada hoy alardean de exigir la perfección al prójimo y no aceptan un fallo en la mesa ya puesta y bien servida que les ofrece la sociedad del siglo XXI. Es la generación de los inútiles, de los especialistas en protestas que hacen de la simple crítica no avalada por el conocimiento una forma de vida productiva y cómoda. Son los que ejercen el hipócrita oficio de protesta, que no necesitan saber nada de nada: sólo partir de lo que existe para buscarle bien las vueltas y manejar con soltura las redes sociales y otros trucos que les permitan montar un buen sistema de “agit-prop” alimentado por el odio.

Luego, la ruptura del sentido común y de la lógica ahuyentará a las élites intelectuales y dejará el camino disponible para los ramplones, alimentando una situación kafkiana en la que una cosa es la sociedad consciente y bien formada y otra la que conforman los iluminados que prometen falsos paraísos a partir de la ficción de una realidad falseada,como también los indignados flautistas que con el gesto torcido y desde las mullidas moquetas del poder entonan cada día la desafinada melodía de su canción protesta.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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