Antaño y hogaño (IV). -1- Período de la edad intermedia o escolar

Por Carlos de Bustamante

( Niños en la niebla. Acuarela de Lola Catalá en lolacatala.com) (*)

Como es de suponer, los cuatro hermanos mayores de quien pasó el período preescolar ya irían al “cole”. ¿Qué le iba a esperar a él sino lo mismo? El jardín de infancia teresiano, quedó atrás y el niño comenzó una etapa intrigante.

De los recuerdos camperos en la labranza denominada Dueñas, hubo de asimilar primero y adaptarse luego, al tráfago de la ciudad. La que no por casualidad pasa el Pisuerga. Para el niño recién salido del cascarón la inmensa mar océana. Naturaleza nueva. Distinta. Y con una impresión primero de rechazo, ¿dónde coger allí los renacuajos tan abundantes en la pequeña vena de agua, denominada pretenciosamente en Dueñas arroyo Menines? ¿Dónde los prados a uno y otro lado del río (?) Zapardiel con las reses pastando en ellos? Y peor, ¿dónde los trilliques y agosteros que con el pan en una mano y el dedo gordo sobre el torrezno almorzaban las para el niño exquisiteces que cortaban con la navaja en la otra, acompañando tajada e instrumento cortante hasta la boca? No, al niño no le gustaba la ciudad.

Aunque a falta de pan buenas son tortas, el denominado Campo Grande (¿) era un alivio. Incompleto. Espectaculares sí las arboledas nunca vistas de moreras, castaños de indias, saúcos… Pero ¿y las grandes llanuras donde parecían juntarse el cielo y la tierra? ¿Dónde las ondulaciones sin fin de un terreno que al niño le impresionaba por la solitaria grandeza? Y ¿cómo no añorar el chorro de agua artesiana purísima que no tenía parangón con un chorrito de líquido templado que en vez de caer subía en lo que denominaban fuentes? ¿Qué decir si al levantar la vista en vez de ondulaciones sin fin el niño veía horrorosas ¡alambradas!? En las potencias interiores en formación acelerada no cabía eso de poner puertas al campo… Si en los terrenos castellanos de Dueñas, tras una ondulación del labrantío se sucedían otras y otras hasta el imprevisible “finis terrae”, en la capital todo tenía límites y estrecheces. Que no, que para el niño aquello no era lo suyo.

Sin embargo, era lo que había y fue preciso acostumbrarse e incluso aficionarse. A ello contribuyó, y no poco, lo que nuestra madre –santa madre donde las haya- llamaba el “santo cole” (¿).

Un mundo nuevo que en poco o en nada se le parecía al jardín de infancia de las Teresianas.

En el colegio de Nuestra Señora de Lourdes, todo era distinto. Nadie acompañaba al niño a los retretes si precisaba aliviar sus “aprietos” corporales; ni le limpiaban, ni le ayudaban a poner los pantalones. Necesidad obliga, aprendió a valerse por sí mismo más o menos bien…

Con los hermanos mayores y sin el “aña Pilar” acudía al cole ¡a las nueve de la mañana! Pronto se acostumbró al bullicio del “patio de los pequeños” antes de entrar en el aula de la “primera clase elemental”. Tampoco, pese a su horror al encasillamiento, fue en extremo dificultoso ponerse una y otra vez en la mal llamada fila –en realidad hilera- para entrar ordenadamente al aula, que ¡oh milagro! En absoluto le pareció jaula. Hasta le resultó entretenido manejar el pizarrín para ir plasmando en banco sobre el negro de la pizarra los primeros números o el abecedario. Hasta le pareció sensacional agrupar letras para, además de los “santos”, podía leer lo que decía sobre ellos. Sucesivamente devoró más que leyó la literatura para los niños de antaño. Nada que ver con los “marios”,” supermarios” y otras hierbas en los videojuegos de hogaño.

Ninguno de los tebeos de entonces tenían secretos para el devorador. Incluso se hizo inventor con los ingeniosos “inventos” del tebeo. Y a tal extremo se identificaba con los personajes, que a diario se hizo cruzado “in mente” con la coraza y cruz en ella y espada en ristre repartiendo mandobles sobre la morisma, como el guerrero del antifaz. Y Como a “Roberto” aún no llegaba, prefirió hacerse “Pedrín”.

Por destacado en leer, en la primera elemental recibió los primeros “premios literarios”: exquisitas barras de regaliz, delgadas o gruesas según el mérito. En la primera elemental tuvo los primeros amigos, compañeros hasta hacerse mayores en las sucesivas clases, incluso de bachillerato; alguno de los cuales, pocos, porque pocos viven, perdura la amistad hasta hoy en día. Amigos entrañables antaño, y más entrañables si cabe, hogaño.

En el colegio de los “baberos” (Nª Sª de Lourdes) de antaño se formaba en el patio de mayores y menores, para antes de entrar en clase, cantar los himnos patrióticos en boga por el momento tremendo de la guerra civil; o mejor, por el Alzamiento Nacional contra el comunismo. El niño cantaba, uno más, pero con la voz heredada de su madre. Al decir del hermano Bruno –primer profesor (fraile de los hermanos de las escuelas cristianas de san Juan Bautista de la Salle) que el niño recuerda de esta primera clase elemental- con voz de solista. Afecto que le tenía…

Como fin de este antaño y hogaño –IV- 1- , el niño recuerda cómo durante el camino de ida al cole, las ventanas de la Academia de Caballería estaban protegidas, y no sabía por qué, con sacos terreros hasta la mitad de ellas. Algo tendría que ver, digo la que llamábamos Cruzada de Liberación. Pronto conocería, trágicamente, el motivo; aunque con la mente en desarrollo, pensaba, digo yo, que algo tenía que ver con la bomba en el patio y las paperas.

La vuelta a casa, terminadas las clases de la mañana, con el tiempo justito para comer, o tarde-noche niños y no tan niños la hacían en formación cuasi militar, hasta el final de la fachada de la Academia. Allí, como pollitos de perdiz en desbandada, se “rompían filas”; y cada mochuelo a su olivo.

Como el período de esta edad intermedia o escolar es de desarrollo y novedades sin cuento, continuará en IV- 2- si Dios es servido.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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