Música en familia

Por Javier Pardo de Santayana

( Plaza Santa Ana, Valladolid. Acuarela de J. M. Arévalo) (*)

Mi compañero de profesión y gran amigo amén de foramontano – lo que garantiza una coincidencia en el origen familiar y en otras muchas cosas más – ha ido descubriéndome tantos rasgos comunes conmigo que necesitaría un buen número de artículos para enunciarlos. Y lo curioso es que, pese a haber coincidido con él en mis estudios académicos, no fue hasta que entré en el espacio de este blog cuando comprobé, para sorpresa mía, que nuestras vidas habían sido curiosamente paralelas.

Así llegué a saber con regocijo que de niños asistimos juntos al colegio de las Teresianas, mis vecinas de la calle San Blas. No sé si él se acordará aún de la madre Carmen, que me llamaba su “quitapesares” porque pasaba muchas horas a su lado; o de la madre Inocencia Cucala, que fue la superiora. Tampoco sé si se acuerda de un niño llamado Javier Mencos, que vivía cerca de la Plazuela de San Miguel. Sí sé que conoció en aquellos días a un tal Braulio que ingresaría en la Academia con nosotros.

En todo caso tendrían que pasar bastantes años para caer en la cuenta de que mi padre había nacido en la misma casa en que ahora él vive o, si no, pegado a ella, como también que cuando mi abuelo materno ejercía de juez en Medina vivió en una propiedad de sus abuelos, con los que los míos jugaban todas las tardes a las cartas sin subir o bajar por la escalera, ya que las dos viviendas estaban en el mismo piso. Pero no es esto todo, pues poniendo orden entre mis viejos recuerdos familiares, cayó en mis manos un recordatorio de un hermano suyo desgraciadamente fallecido poco después de su Primera Comunión.

Así se han ido sumando detalles sorprendentes: vivencias que han prolongado esta emotiva historia de coincidencias. Como al localizar, no ya una época, un mes o una semana, sino un breve instante compartido: aquél en el que un bombardeo mató al padre de un compañero nuestro y estuvo a punto de hacer lo mismo con mi colega del blog. (Ver “Tres niños vallisoletanos””, publicado el 30 de abril de 2017).

Pues bien, en su actual serie de carácter más o menos biográfico, vengo observando que en algunas experiencias personales, cuando no familiares, vuelven a repetirse los rasgos comunes. Así por ejemplo, cuando trató de su afición a los caballos y mencionó algunos nombres de los de la Academia. Mencionó entonces los que tenían más fama de”fieras” y entre ellos citó uno, denominado el “Reino”, que aunque no fuera de mi tanda llegué a montar un día aunque no recuerdo cuál sería el motivo. Salir indemne de aquel trance fue una de mis hazañas de cadete. Como lo fue el haberme presentado voluntario para mostrar mi destreza en el volteo: actividad con la que disfrutaba mucho después de haberla practicado desde los once años en el picadero del señor Chaves, en Lisboa.

Muchas son, por tanto, las experiencias compartidas. Pero entre ellas destaco la citada en uno de sus últimos artículos y referida a la vocación musical de su familia; rasgo éste que por lo que yo he podido ver no suele ser frecuente en nuestros días, al menos en la versión de que disfrutamos ambos. Según parece, en casa de los Bustamante siempre se cantó por los pasillos, y esto ocurría también en la mía. No es por tanto raro que coincidiéramos de jóvenes en el coro de la Academia Militar, al que accedimos después de un breve “casting” del amigo Regueira, cadete como nosotros más del anterior curso; un gallego fino que tomó con entusiasmo la iniciativa artística. Luego, mientras mi compañero de blog seguía con él en la academia de Toledo, yo formaría parte de un “Trío Canario” que llegó a actuar en el Juan Bravo de Segovia con éxito notable.

Pero a lo que voy es que nuestra afición se debe en ambos casos a que nuestras madres y nosotros mismos cantábamos en casa con frecuencia. De ello parece buena prueba que en mi caso supusiera un enorme sacrificio dejar de cantar como solía durante la Semana Santa; recuerdo que parece dar idea de que en mi casa era normal cantar a todas horas. Claro que mi madre tocaba el piano como era frecuente en aquel tiempo entre las jóvenes, y por añadidura su voz tenía una sonoridad excepcional. Por otra parte, según dicen, mi abuelo materno iba al teatro provisto de partitura. Hasta para el guiñol harían mis padres, además de varias funciones en verso muy ocurrentes, una “ópera” con música compuesta a base de retazos de zarzuelas.

Comparando ahora aquel tiempo con los nuestros, es de suponer que aquel fenómeno que llenaría de alegría nuestra niñez y nuestra juventud fuera posible gracias, por una parte, al refinamiento del espíritu ejercido en todas sus facetas por las familias castellanas de la época y por gente acostumbrada a la lectura sosegada y al teatro como centro de la vida social, y por otra, al hecho de que aún no nos habían invadido las músicas actuales de consumo; las de usar y tirar cuanto antes, las que se pasan de moda a los dos días.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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