Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Sansón en El Norte de Castilla, el pasado día 15 de febrero) (*)
Mire usted qué casualidad: dos noticias gemelas en un mismo día; dos sucesos que vienen de fuera y que tienen que ver igualmente con nosotros.
Ustedes las conocen: El Tribunal de Estrasburgo nos obliga a usted y a mí, entre otros muchos españoles, a pagar una jugosa suma de dinero a un par de terroristas asesinos con el fin de compensar unos supuestos excesos de la policía, y en Nueva York un juez ha hecho una cosa parecida obligando al propietario de una casa a resarcir a una pandilla de maleducados que la pintarrajearon sin pedir permiso.
Pues qué bien. Vayamos por partes y refirámonos para empezar a aquel primer suceso, puesto que de los ilustres togados europeos ya habíamos experimentado la sabiduría de algunos de sus fallos (palabra oportuna por cierto en este caso). Por ejemplo, cuando se permitieron desaprobar una doctrina establecida por los tribunales españoles – “la llamada “Parot” – dando lugar a la excarcelación de terroristas y de algunos violadores que, como era de temer, volvieron a practicar sus fechorías tan pronto como se sintieron liberados.
Ahora mucho me temo que al Sr. López Guerra y sus colegas les resulte incómodo mirar a algunos a los ojos. Quizá la distancia no les permitió hasta ahora mantenerse demasiado al tanto de algunas cosas importantes que hacían los etarras además de matar a seres inocentes; por ejemplo, montar todo un tinglado de abogados-cómplices para acusar ya de entrada a la policía de torturas tan pronto como se vieran arrestados, pues de haber conocido este detalle quizás hubieran caído a estas alturas en la cuenta de que esa gente les están tomado el pelo. Ustedes saben que, antes de que los togados se ocuparan de estas cosas allá por Estrasburgo, ya lo habían hecho unos tribunales españoles conocedores de los trucos porque además de ocuparse cotidianamente en casos de terrorismo también fueron sus víctimas de cuando en cuando.
¿Desconocían por ventura los togados el carácter extraordinariamente garantista de nuestro sistema de Justicia?¿Presenciaron por casualidad la captura de los asesinos? ¿Estaban quizá sus señorías más al tanto que las españolas de la técnica y la fuerza que utilizaron aquellos angelitos al ofrecer resistencia a sus captores? ¿O tan clara vieron la cosa que en la duda se atrevieron a desacreditar a nuestros Tribunales?
Pues se supone que éstos están formados por gente sabia y con experiencia acreditada, gentes que no son tontas o irresponsables y que darían todas las vueltas razonables al asunto antes de sentenciar su voto. Así que me perdonen si por su bien les digo que están transmitido la impresión – si bien errónea, más que seguro estoy de ello – de que en la duda favorecieron más a “los malos” que a quienes, en defensa de la Ley y el Orden, y no ante hermanas de la caridad sino ante unos asesinos sin conciencia provistos de bombas y pistolas, tuvieron que vencer su resistencia a la captura y a ser introducidos en la trena. Menos mal que, dada la enorme suma que aún deben a las eternas perdedoras de la historia – las familias – los asesinos no cobrarán jamás un sólo euro.
En cuanto al caso del juez americano, les recordaré que se trata de algo también insólito: al dueño de un viejo edificio masacrado por los grafiteros le han atizado una multa millonaria por sanear el edificio con el objetivo de ponerlo en uso nuevamente. El Juez estima que al hacerlo el pobre señor ha destruido una especie de legado artístico que a mí me parece una solemne marranada. Pues, además de no contar con su permiso, que ya es suficiente caradura, la “plaga grafitera”, ha consumado una solemne estupidez artística. Yo creo que lo que habría procedido sería multar a todos y a cada uno de los maleducados que de dedicaron a enmarranar paredes sin contar con los dueños de la casa, y hacerlo con la mayor severidad posible por meterse en el terreno del vecino. Con más motivo aún teniendo en cuenta el resultado artístico porque si han visto ustedes la fotografía en los periódicos, lo que algunos – y entre ellos ese juez admirador de la “cultura “okupa” – consideran nada menos que “la meca del graffiti» no pasa de ser una pared atiborrada de letras sin sentido ni mensaje que valga: una exhibición de la deleznable calidad artística y moral de nuestro tiempo. Tan sólo la abundancia actual de “tontos útiles” y la facilidad con la que nos dejamos engañar por ellos permitirá explicar este fenómeno, porque hay que decir que la estupidez no es exclusiva de los neoyorquinos o de los norteamericanos, sino que la vemos florecer cada día en nuestras calles.
Así que me pregunto qué pensaría el juez norteamericano si los grafiteros hiciesen en su domicilio una faena parecida pintarrajeándole el salón, el comedor, los dormitorios, la cocina y hasta los retretes sin pedir permiso, y encima le viniera un colega a reclamar una supuesta multa millonaria por repintar las paredes a su gusto. Ya saben ustedes que el pretexto es esa enfermiza obsesión del “arte urbano”; esa monserga que califica de tal lo que sencillamente no pasa de ser una cochambre.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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