Por José María Arévalo

( Venancio Blanco en su taller) (*)
El 22 de febrero pasado fallecía el escultor salmantino Venancio Blanco, el más importante tallista español, junto con Victorio Macho, de nuestro siglo pasado. Premio Nacional de Escultura en 1969, obtuvo la Primera Medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1962, el Gran Premio de Escultura en la V Bienal de Arte de Alejandría, la Medalla de Oro en la IV Bienal de Arte Sacro de Salzburgo, la Medalla de Oro de la XI Exposición ‘Las Artes en Europa’ (Bruselas) y el Primer Premio de la Exposición Internacional ‘La Caza’ (Museo Nacional de Bellas Artes de Budapest), entre otros.
Hablando de él con mi hermana Mariantonia, me contó que Venancio Blanco fue discípulo, en Salamanca, del escultor Damián Villar, que fue suegro de mi hermana, y a diferencia de éste, muy creyente. De Damián escribí, en estas páginas, el 07.03.08 con motivo de una exposición en Caja Duero, del también salmantino Zacarías González; y de Venancio Blanco el 03.04.16 sobre su exposición “Venancio Blanco: Mirando a Cervantes”, en lo que fuera el vallisoletano Palacio del Licenciado Butrón, y el 20.06.15 en artículo que titulé “La Santa Teresa de Venancio Blanco” sobre la exposición “Venancio Blanco. Desayuno con el dibujo”, en la Casa Revilla, en la que servían de motivo principal los dibujos sobre Teresa de Jesús que el escultor salmantino realizara en servilletas de papel, con lo que se entretenía Venancio Blanco mientras esperaba la primera comida del día, el desayuno, para pasar el rato y entrenar la muñeca, y más tarde inspiraban sus tallas.
Antes de fallecer, al artísta le confiaba a su hijo: “Lo hermoso de un artista cuando llega la muerte es que has sido feliz en tu vida, que has elegido lo que te gustaba; y en tus últimos años reconoces la suerte que has tenido, y sigues dando gracias al Creador que te eligió para contemplar la belleza del arte y desde ahí la belleza de la amistad, de la familia, de la Naturaleza, y de tantas cosas. Así es como yo entiendo la vida, y la muerte, que es un nuevo y definitivo nacimiento”.

( Santa Teresa de Jesús. Talla de Venancio Blanco en bronce, encargo de la congregación de las Carmelitas de Alba de Tormes) (*)
También se evidencia su profunda fe en los comentarios que hizo cuando se instaló una de sus obras, la escultura de San Josemaría Escrivá, en la catedral de la Almudena. Fundida en bronce, la pieza ocupa el centro de la capilla dedicada al “santo de lo ordinario”. En la web http://opusdei.org/es-es/ se recoge: “El escultor de la imagen y los altorrelieves, Venancio Blanco, explicaba: «No conocí personalmente al Padre, pero tuve oportunidad de profundizar en su persona y en su obra a través del proyecto escultórico que se me encargó con destino a la capilla a él dedicada en la Catedral de la Almudena de Madrid. Cuando se me propuso, fui consciente de la dificultad y la responsabilidad que ello entrañaba.
He pretendido reflejar en ella los profundos valores que el beato Josemaría encarnó en su vida, así como su gran humanidad y honda espiritualidad (…). He querido destacar la postura de las manos, que adelanta hacia el que llega, ofreciéndole su abrazo entrañable. Es un gesto cordial, que invita y anima al mismo tiempo a acercarse a Dios.

( Capilla dedicada a san Josemaría Escrivá de Balaguer en la Catedral de la Almudena, con la escultura de Venancio Blanco en el centro y bajorrelieves detrás) (*)
El Beato Josemaría entendía la libertad como el mejor camino para servir a Dios, y con ella consiguió cuanto se propuso realizar. También el arte necesita de la libertad para encontrar la grandeza de un lenguaje que nace del sentimiento y que nos sirve igualmente para descubrir al Creador.
He intentado, en fin, que la figura del Padre y la dimensión de su Obra quedasen reflejadas desde el lenguaje escultórico. Y con ello, plasmar la memoria de un hombre que nos dejó como ejemplo la forma de gastar generosamente una vida en la tierra, cuando se cree en el Cielo».
La obra de Venancio Blanco tiene sede permanente en la sala de exposiciones de Santo Domingo (Salamanca), para la que el Ayuntamiento ha aportado la sala y difunde sus actividades y la Fundación Mapfre aporta anualmente 50.000 euros a la Fundación Venancio Blanco para sufragar los gastos derivados de la organización de las muestras y de las actividades que se realizan. La Fundación Venancio Blanco pone a disposición de estas instituciones la colección del escultor salmantino, que incluye cerca de un millar de piezas en bronce, miles de dibujos y otras piezas realizadas con distintas técnicas.

( San Josemaría Escrivá, obra de Venancio Blanco) (*)
Venancio Blanco nació en Matilla de los Caños del Río (Salamanca) en 1923 y formó parte del grupo de “Los Seis Escultores”, que se creó en los años 60 en Madrid, a cuyos integrantes se les ha agrupado dentro de la escultura neofigurativa. Desde 1977 fue miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y perteneció igualmente a otras Academias en España y en Roma. En 1981 fue nombrado director de la Academia Española de Bellas Artes en Roma. Residió la mayor parte de su vida en la capital salmantina, y recibió las Medallas de Oro de la provincia (2009) y de la ciudad (2015), y fue Premio Castilla y León de las Artes en 2001.
Su obra en encuentra en diversos museos y colecciones particulares de España y del extranjero, entre los que destacan el Museo del Vaticano en Roma, el Museo Nacional de Arte Contemporáneo Reina Sofía en Madrid, el Museo de Bellas Artes de Salamanca, el Museo de Bellas Artes de Amberes, el Museo Nacional de El Cairo, la catedral de la Almudena en Madrid o el Museo de Escultura al Aire Libre en Alcalá de Henares. Desde hace unos años, una selección de sus obras se expone de forma permanente en la Sala de exposiciones de Santo Domingo, de la capital salmantina.
Venancio Blanco cursó sus primeras letras en las Escuelas Nacionales de Matilla y Robliza de Cojos. Más tarde, después de terminar la Guerra Civil, siguió su formación en la Escuela Elemental de Trabajo y las Artes Aplicadas y Oficios Artístico de Salamanca. También pasó un tiempo en la Escuela de Artes y Oficios de Montagut (Gerona), gracias a una subvención concedida por el Ayuntamiento de Salamanca.
En 1942 logró ingresar en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, donde culminó sus estudios cuatro años más tarde. Blanco siempre reconoció que su hermano, también fallecido, jugó un papel crucial: «Yo soñé casi todo lo que él ya sabía ya de quién aprendí lo que hoy sé, y lo que soy como hombre».

( Juan Belmonte, escultura de Venancio Blanco) (*)
Tras sus primeros contactos con el arte, Venancio Blanco viajó a Italia en tres ocasiones (1941, 1957 y 1959), gracias a premios y subvenciones. Residió cinco años en Roma, al ser nombrado director de la Academia Española de Bellas Artes por el Ministerio de Asuntos Exteriores. Este país fue un punto muy importante en su carrera, ya que le concedió la fama internacional. Tal y como recoge la Fundación que lleva su nombre, Blanco «busca su identidad con un lenguaje propio, renovando la escultura contemporánea e incorporando su personal expresión plástica a través del bronce».
Su primera obra llamada ‘Retrato del abuelo’ fue esculpida en 1942. Un año después creó en piedra ‘La moza del cántaro y San Francisco’. A partir de aquí talló y sacó a la luz otras obras como ‘Molina Higuera’ (1948), ‘Carmen del Río’ (1948) y ‘Aníbal Álvarez’ (1948).
Será en los años ochenta del siglo pasado cuando moldeó dos de sus obras más significativas como ‘El monumento al Vaquero Charro’ (1986), tomando a su padre como modelo; y la representación del músico salmantino Gerardo Gombáu (1985), encargada por su ciudad natal. Expuestas, tiempo más tarde, en su segunda casa; Italia.
También labró esculturas para las Edades del Hombre; un proyecto cultural emprendido por la Diócesis de Castilla y León, con el patrocinio de entidades bancarias y la Junta de Castilla y León, para reconocer el enorme patrimonio histórico-artístico de esta región.

( Venancio Blanco. Nazareno, Madrid) (*)
Entre sus obras escultóricas de Salamanca están el Monumento al Vaquero Charro, que se encuentra en la Plaza de España; el monumento a Gerardo Gombáu, ubicado en la Plaza de San Julián; el monumento a San Francisco de Asís y el medallón del Rey Juan Carlos y Doña Sofía, en la Plaza Mayor.
Además de la escultura, Venancio Blanco se atrevió con el dibujo y el grabado. Junto a su trabajo como artista, desarrolló una ininterrumpida labor docente, tanto en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de Madrid como en diversos cursos y seminarios por distintos puntos de España. Entre ellos, destaca el curso de dibujo y escultura en bronce de Priego de Córdoba, que comenzó hace 20 años y que se imparte todos los veranos.
Fue el fundador y primer presidente de la Fundación Venancio Blanco, que tiene como objetivo promover el arte en la sociedad, en particular a través de la escultura y el dibujo. No en vano, acercar el arte a los jóvenes y a los niños figura entre sus principales objetivos.

( Obra de Venancio Blanco en el Museo de Escultura al Aire Libre de Alcalá de Henares) (*)
La Fundación Venancio Blanco supuso la materialización de un proyecto que persiguió el escultor salmantino durante su vida para contribuir a una mayor presencia y protagonismo del arte en la sociedad. «Los conocimientos y experiencia acumulados a lo largo de su dilatada trayectoria artística constituyen un valioso legado que la Fundación desea transmitir y compartir», aseguró la propia institución.
El mayor esfuerzo de esta entidad es fomentar y difundir la escultura y el dibujo, sin olvidar los distintos oficios y materiales del taller como el modelado, la fundición, el trabajo con cera y escayola, entre otros. Una de las prioridades de la Fundación Venancio Blanco son la juventud y los niños. No en vano, hay un premio infantil de dibujo de la Diputación de Salamanca con el nombre del escultor y otro de escultura y fundición junto con el Ayuntamiento de Priego (Córdoba).
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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