Por Carlos de Bustamante

( Fachada de la Academia General Militar) (*)
Vale la pena, mis amigos y probables únicos lectores, que una vez hechas las referencias a la Navidad, prosiga con las virtudes; mentadas unas en artículos anteriores, y por tratar otras en éste o tal vez otro que le siga. Tras la generosidad y compañerismo les seguían austeridad, justicia, fortaleza, espíritu de sacrificio, disciplina, subordinación… Fidelidad.
Porque es un sello característico del soldado español desde los remotos tiempos de los ejemplares Tercios de Flandes, haré actuales como recuerdos de antaño cuando hogaño parecen brillar por su ausencia. Una vez más haré alusión al enorme anuncio de carretera de un conocido refresco mundialmente famoso que rezaba: “No te prives de nada”. Epitafio con el que este ya anciano relator en absoluto está de acuerdo. Como igualmente curtido en las austeridades de la milicia, tampoco lo está el joven que protagoniza estos relatos. Avanzado el curso primero en la Academia General Militar, tuvo tiempo suficiente para curtirse con austeridades sin cuento. ¿No privarse allí de nada…? Si la vida plácida o regalada es el antónimo de la austeridad, nuestro joven Cadete, fue uno más de los humanos antónimos que allí se forjaron.
Imposible relatar todas y cada una de las austeridades por las que hubo de pasar nuestro joven; al ser parecidas a las mismas del viejo relator, les mencionaré sólo algunas de las que imprimieron carácter al joven y al anciano, adquiridas para ambos en similar cuna, forjadora de hombres cuya misión sería “servir” aún en las circunstancias más adversas.
Antes de amanecer el joven y los demás jóvenes Caballeros que dormían como lirones después de las no pequeñas fatigas del día anterior, despertaban sobresaltados, sin acostumbramiento, al toque vibrante de la trompeta o cornetín que, alegre, taladraba los oídos de los que en plácida dormición soñaban con aventuras mil de los ignotos días de un ansiado porvenir. La “nave” donde en impecable formación se alineaban las camas bullía en hervores silenciosos. En un santiamén, la compañía de Caballeros, con un despertar de todo menos bello, formaba en el pasillo exterior a la nave embutidos, o en proceso de ello, en el albornoz blanco y babuchas con idéntica causa. La voz de ¡nota del último! era como la extensión de un muelle comprimido, o “enroscado” en este caso, en las delicias entre sábanas. ¡Presente, presente, presente…! Se repetía tras el rápido despertar al pase de lista de cada componente de la compañía. El lapsus de un silencio, correspondía la inmediata visita del Capitán de Servicio al Caballero que, sin queriendo… aún permanecía en los dulces sueños y brazos de Morfeo. Sonámbulo, no diré corría… ¡volaba a la formación! tan curiosamente uniformada. Su nombre luego en la lista de arrestados, suponía el pago, en la sala de estudios sin salir a la capital el día de paseo, de las involuntarias (¿) somnolencias.
Así un día tras otro, formaba el hábito de hacer realidad alguna de las virtudes que, junto a otras disciplinas no menos rigurosas a favor del orden académico. Base posterior de otras del rango superior que le son propias a la milicia, y conveniente o necesario también en la vida civil.
Como el orden es lo contrario al desorden, ¡voto al chápiro verde!, que hasta el obligado “¡a sus órdenes!” que acompañaba al enérgico saludo, era allí todo orden.
Hábito de fortaleza, espíritu de sacrificio y austeridad al no conceder ni un minuto a la pereza, que en el toque de diana y en otros de los muchos que vibraban a lo largo del día, eran “culpables” del espíritu de algunas de las virtudes referidas. Las que adquiridas con voluntariedad vocacional, habían de inculcar a los soldados de los que pronto tendrían la responsabilidad de transmitir lo vivido; esencia del espíritu que fue ejemplo al mundo del soldado español desde los Tercios de Flandes.
Sobran palabras cuando en boca de nuestro joven Cadete, escucha el ya anciano relator el himno que sin entonar en sus tiempos ¡ay tan remotos!, dicen ahora lo que con el orden dicho, forjó espíritu similar al que se desprende del himno que transcribo con las mayúsculas que corresponden al contenido tan épico y patriótico hogaño como sin letra ni música vivimos y practicamos antaño:
HONOR Y GLORIA DE LA RAZA/ TUS CADETES, ESPAÑA SERÁN/ Y A LA GRANDEZA DE TU HISTORIA/ LAURELES NUEVOS SUMARÁN/. EL ANSIA ETERNA DE SIN PAR GRANDEZA/ EL DEBER Y EL HONOR MARCARÁN/ LA LINEA FIRME QUE HA DE MANTENER NUESTRA FE,/ NUESTRO AMOR Y NUESTRO AFÁN / MI CORAZON SIENTO LATIR CON ORGULLO DE ESPAÑOL/ Y SI MORIR POR TI PRECISO FUERA/ COMBATIENDO POR TU HONOR ORGULLOSO ESPERARÉ MI FIN/ LUCHANDO CON ARDOR HONOR Y GLORIA PARA ESPAÑA/ ZARAGOZA CON SANGRE GANÓ/ Y EN EL SOLAR ZARAGOZANO MI ALMA EL TEMPLE RECIBIÓ/ ARMAS Y CUERPOS FUNDEN NUESTRO EMBLEMA/ EN UNION Y HERMANDAD SIN IGUAL/ Y UNIDA SIEMPRE LUCHARA/ HASTA EL FIN POR ESPAÑA LA ACADEMIA GENERAL//.
Ese espíritu vivido y asimilado en “la General” y continuado en las Academias de cada Arma o Cuerpo, es el que sería luego la base para la formación integral de los jóvenes soldados.
¿Qué sería, se pregunta el relator, si en vez de virtudes se les transmitiera a los soldados el “placet” u obligado cumplimiento de admitir entre las virtudes el grave desorden de lo que es contrario a la naturaleza de hombres y mujeres? Con perdón por el modo de expresión: “el cuartel de la tía Genara”. ¿Anormalidades o vicios en vez de virtudes…? Otra vez perdón: “el ejército de Pancho Villa. ¿O no…?
Si Dios es servido continuará en el próximo el texto sobre otras virtudes.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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