Por Carlos de Bustamante

( Miniatura de las Cantigas de Santa María) (*)
No es novedad para este viejo enamorado de la Virgen, más de palabra que de obras el rebuscar entre pergaminos –ahora sustituidos por la poderosa Wikipedia- canciones e historias propias del mejor mester de juglaría.
Cuando se entremezcla la lengua romance castellana con el melodioso “galego” en amorosas cantigas, componen un bellísimo canto de amor que como verán en próximo artículo borda el Rey Sabio.
Aunque no lo parezca, sigo con el mismo tema. Cuando desde mi habitual observatorio contemplo los plátanos hispánicos, justo bajo el balcón, y lo hago a diario, ellos me indican en un leguaje singular la estación del año. Cuando la savia se detiene durante la dormición de invierno, se diría que los “arboles de sombra” mueren en esta hibernación. La habitación en penumbra por las persianas bajadas, dicen que el sol quiere penetrar en este lugar de trabajo. Con varios días en penumbra, los plátanos campaban por sus respetos. No fueron más de tres, pero al cuarto vi en ellos la primavera. Hojas minúsculas de un verde tan intenso, que eran espectacular reflejo de la vida en todo su esplendor. ¡Bienvenido Mayo! susurré para mis adentros. Fue entonces cuando abandonando los juglares de Medioevo, hice memoria de los “mayos” del colegio. “Estrella hermosa/ que anuncia el día/ eres ¡oh Madre! Virgen María… Con unas y otras oraciones susurradas, volví los ojos hacia la Inmaculada que preside la habitación de trabajo. Mustias las flores no cambiadas, puse en sustitución de ellas, con el solo deseo los primeros brotes de los hispánicus que vi nacer y desarrollarse. Al mismo tiempo, otra canción de mis mozos adornó otra vez en susurros como brisa que mitigará los rigores de nuestros tres meses de infierno vallisoletano: Salve, Madre, en la tierra de tus amores/te saludan los cantos que alza el amor/ Reina de nuestras almas, flor de las flores/muestra aquí de tu gloria los resplandores/que en el cielo tan sólo te aman mejor…
Vaya, pues tras este desahogo, lean, si les pete, algo de historia sobre este Mes de María, que lo es desde los tiempos más remotos. Así lo cuentan las crónicas:
Las primeras referencias en la historia del “Mes de María” son del siglo XIII, en el que el Rey Alfonso X el Sabio, Rey de Castilla, invita a rogar a María en una de sus Cantigas, “Bienvenido Mayo”. En el siglo siguiente los joyeros de París llevaban a la Virgen un “mayo”: rama de plata adornada con brillantes y cintas. El mismo diccionario de la lengua castellana recoge la acepción. En el siglo XVI la devoción se extiende por Alemania e Italia: un monje alemán legó un pequeño opúsculo titulado “Mayo espiritual”, en el que figura el primer esbozo de la celebración del Mes de María. Por esas fechas San Felipe Neri aconsejaba a los jóvenes veneraran a María durante el mes de mayo.
Son novicios dominicos los que en Fiésole, en el siglo XVII, dedicaban a la Virgen los primeros domingos de mayo. Era costumbre -rezar durante una hora oraciones a María- que se tenía en alguna iglesia de Nápoles. Las primeras codificaciones de la devoción a María en mayo son compuestas por dos jesuitas, una a principios del siglo XVIII y otra a finales de ese siglo. En este siglo la práctica piadosa se extiende por EEUU y Latinoamérica, y se encuentran datos de celebrarse en China. Los primeros pontífices que hablan y la aconsejan son Pío VII y el Beato Pío IX, quienes la premiaron con abundantes indulgencias.
No hay noticia de los inicios de la celebración del Mes de María en Chile(¿). Dado el carácter mariano del comienzo de la evangelización, no parece exagerado afirmar que la devoción existiera desde el principio. Sí disponemos del origen de la estructura que tiene hoy el Mes de María. Fue el Rector del Seminario Pontificio, Monseñor Joaquín Larraín, quien señaló la manera de prepararse a la definición del dogma de la Inmaculada Concepción en 1854. Es probable que él conociera la costumbre europea y ubicó la celebración del Mes de María desde el 8 de noviembre al 8 de diciembre como manera de dirigirse a la Virgen.
Tuvimos la suerte de que Monseñor Rodolfo Vergara, compusiera las oraciones que hoy tenemos para comenzar y terminar dicha práctica. Su estructura, una especie de prosa poética incluida la métrica, facilita retenerlas desde niños en la memoria y explica que los chilenos las recen con fidelidad. Pronto se extendieron por las iglesias e instituciones santiaguinas y partieron al resto del país, que se vio aludido y urgido por el amor a María con una devoción entrañable y querida. A continuación una traducción libre, extraída de la prosa poética de la famosa cantiga de este rey sabio y enamorado de la Virgen, “Rosa entre Rosas”:
Rosa de las rosas y Flor de las flores,
Dama de las damas, Señora de las señoras
Rosa de belleza, Flor de alegría y de placer
Dama piadosa y señora de quitar pesares.
A esta señora debe el hombre amar,
que puede guardar de mal y perdonar los pecados.
La debemos amar y servir,
pues pelea por guardarnos de pecar y nos hace arrepentirnos de los errores que cometemos.
Si consigo el amor de esta Señora,
de la que quiero ser trovador,
mando al diablo a los otros amores.
Si Dios es servido, continuará el honor debido a la Virgen durante este mes de mayo. Lo haré, Dios mediante, con otra de las cantigas más conocidas del mismo Rey de Castilla y raíces gallegas. Son canciones que con la base de las letras del Rey juglar, los trovadores medievales compusieron música sencilla inspirada en el amor a María, Virgen y Madre.
Por si no conocieran estas bellísimas trovas, lean y canten, si les pete, la canción que a buen seguro rezaron cantando en el colegio o en la escuela:
Estrella hermosa, que anuncia el día,
eres oh Madre, Virgen María, eres María.
Estrella hermosa que anuncia el día
eres, oh Madre, Virgen María.
Más que el lucero, ya en tu alborada brillas,
oh Madre, oh Madre Inmaculada.
Inunde el seno del alma mía
tu luz purísima, Virgen María.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/1/974/41968119962_7853bc36ff_b.jpg