Una mañana roja y gualda

Por Javier Pardo de Santayana

( La manifestación de Colón)

La habían convocado los tres partidos “de derechas”, pero daba igual, ya que respondía a un insufrible hartazgo y a una lógica alarma ante un peligro percibido por la mayoría. En efecto, las frases más duras y significativas de repulsa contra las sibilinas maniobras del gobierno habían sido expresadas con crudeza por las figuras de mayor prestigio del partido, así que cualquier reacción en contra de la convocatoria quedaba desautorizada ya de entrada. Como quedaría la crítica a los adjetivos adjudicados por los organizadores, puesto que por muy directamente ofensivos que éstos fuesen, no superarían los que de forma más velada, pero más expresiva y con mayor retranca, se habían permitido formular sus conmilitones más conspicuos.

El tiempo, excelente durante toda la semana, se mostraría inhóspito este día. Desde la Baja Campiña guadalajareña, donde el cielo se presentaba gris y frío, se podía mantener cierta esperanza al constatar que allá en Madrid los cielos aclaraban. Así que buscamos en los armarios la bandera – la clásica colgadura de los días grandes – y sólo encontramos una con las cintas para colgarla donde fuera. Por otra parte, la normalmente utilizada para el nacimiento permanecía guardada en el armario, así que nos llevamos – por si acaso – la primera. Luego, recién entrados en La Castellana compramos otra en un quiosco que esa mañana de seguro haría negocio.

Pero antes dejaríamos el coche cerca de lo que fue en su día nuestra residencia – en realidad ya tenemos allí “un sitio” desde siempre que asistimos a un acto parecido – y echamos a andar hacia la plaza de Colón. Tener que caminar para llegar al lugar de la concentración nos exigía bastante, así que tuvimos la ocasión de aprovecharlo.

La jornada resultó ser una fiesta, y eso que se inició cuando aún soplaban fuertes rachas de un insistente viento frío. Los altavoces transmitían una música de baile con mucho ritmo quizá con la intención de mitigar esta molestia; se trataba de animar y de poner en movimiento unas banderas cuyo oleaje no tardaría en extenderse hasta hacerse visible en todas partes.

Mucha gente mayor y también joven se acercaba a la plaza de Colón y sus alrededores. A veces se trataba de parejas o de familias con los niños. Hasta vi un perro cubierto con la enseña. Pero en todo caso, ni un rastro de odio vi en el rostro de nadie. Y desde luego, sí limpieza. Curioso: delante de nosotros dos hombres altos, cuarentones supongo, se reconocían y se saludaban mutuamente. Ambos, según parece, “yugoslavos” – uno de ellos llevaba viviendo quince años años en Murcia, según dijo – cubrían sus espaldas y sus hombros con sendas banderas españolas. También cerca varios jóvenes trepaban con la ilusión de ondear nuestra bandera aún más cerca del cielo.

Por fin la voz del altavoz que anunciaría la lectura del manifiesto del encuentro, y un nombre que no sé de qué me suena: el Pulpo. Quizás ustedes la conozcan. Inmediatamente subirían al estrado tres locutores de los que sólo uno es para mí persona conocida: Carlos Cuesta, al que recuerdo de la Trece. Sobre el estrado, las palabras. Y tanto en el estrado como entre la gente, sólo respeto a la Constitución y a la Unidad de España., y la impresión de haber llegado a un límite. Abajo, en contraste con lo habitual en las concentraciones cívicas, contenida y escasa presencia de pancartas críticas, tan ofensivas como numerosas en las manifestaciones reivindicativas. Nada, pues de pareados ramplones como es frecuente oír en este tipo de actos, y si, por dos veces, un viva unánime y sentido al Rey de España. Y un himno nacional respetuosa y emocionadamente oído.

Luego, como colofón, a la hora ya de dispersarse, grandes atascos que impedirán el movimiento. Nosotros, a pie y sin ver la posibilidad de avanzar un solo metro durante mucho tiempo. Y finalmente un río de banderas en movimiento avanzando por las calles aledañas o deteniéndose a comer en las cafeterías.

Detrás, una sensación de restaurada dignidad moral y unos espacios milagrosamente limpios: toda una lección de ciudadanía responsable. Y el recuerdo de una mañana de esperanza; una mañana con olor a España.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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