Un ejemplo que debiera recordase

Por Javier Pardo de Santayana

( Los reyes de España, junto al presidente de EE.UU. en la Casa Blanca, en junio de 2018) (*)

Supongo que nuestro Rey Felipe andaría pensando en cómo festejar sus primeros cinco años de reinado mientras la prensa y los políticos esperaban interesados saber con qué palabras y gestos querría él mismo retratarse.

Y el momento llegó, y el Rey decidiría hacerlo a su manera, con su buen gusto y su elegancia habitual reflejada muy a la manera castellana: sin alharacas y haciendo gala de una austeridad que contrastaba con la británica exhibición de tradición – y pompa revestida de signos de grandeza – recién vivida con ocasión de su contacto con la corte inglesa al aceptar el nombramiento de Caballero de la Orden de la Jarretera. De la manera más austera – digo – pero también más profunda y significativa, o sea, utilizando tan solo un par de trazos que reflejan su exigente idea del servicio.

Y las palabras serían, como siempre, ayunas de soberbia y de la tentación de convertirse en una exposición de logros o de quejas referidas al mundo en que vivimos: exponiendo tan sólo su interpretación personal e intransferible de lo que implica la responsabilidad de su servicio a la nación. Y mostrando, dentro de esta idea, su obsesión por la ejemplaridad: algo que le ha caracterizado a todo lo largo de la vida, pero que ahora valientemente expone ante un país que, como el nuestro, se halla sumido en una lucha carente de principios por el poder político.

Precisamente desde esta autoridad moral que le caracteriza, y desde esa preocupación por la ejemplaridad que ejerce y que predica, procedería la idea de añadir al acto conmemorativo la imposición de la alta distinción de la Orden del Mérito Civil a un grupo variopinto y escogido de españoles anónimos merecedores más que nadie de ser exaltados como estampa viva de generosidad y buen sentido; todos ellos hombres y mujeres volcados en el servicio al prójimo por la donación reiterada de su sangre, o haber salvado con su arrojo vidas en peligro, o entregado su existencia a las misiones, por ejemplo. Así hasta una suma de cuarenta y una personas admirables de toda condición y procedencia como modelo de quienes, como dijo el Rey con una frase lapidaria, “hacen el bien sin hacer ruido”.

No sé si valoramos como sería justo este modelo con que el Rey desnuda su alma al imponerse a sí mismo que sus propias acciones cotidianas “se guíen por la ejemplaridad y la dignidad, por la integridad, la capacidad de sacrificio y la entrega sin reservas a España”, expresión que sólo puede permitirse quien se ha propuesto un exigente ideal y luego vive lo que dice como él tiene sobradamente acreditado. Así que uno se pregunta si puede haber quien no aprecie la serena valentía de un monarca que declara en público y ante los medios de comunicación, tan exigentes siempre, las normas morales de comportamiento que a sí mismo se impone. Algo que a cualquier español sensible debiera hacerle sentirse más tranquilo.

Efectivamente, en estos tiempos tan difíciles en los que la vileza, el egoísmo y la mentira se imponen en el ámbito político y social; cuando en los aledaños del poder predomina el mal ejemplo del odio al adversario y hay que evitar que nuestros niños presencien las noticias de los telediarios para no maleducarlos, la nobleza y valentía del monarca emergen sobre la zafiedad reinante como una representación de lo mejor de nuestra condición humana y como un baño de sana rectitud moral que necesita de un gran valor para mostrarse en público.

Dejo para el final el bello gesto propiciado por su Majestad la Reina animando a sus hijas las infantas a acompañar a la invitada de mayor edad: una mujer ejemplar de ciento siete años. Conmovedora escena la de las sonrisas de las dos hermanas escoltando cariñosamente los pasos de la anciana: un gesto tan conmovedor como sencillo. Pero, como suele suceder últimamente, el pueblo español, perdido en la mediocridad acostumbrada, ha pasado página del acto sin resaltar su trascendencia.

PS: Aquí quizá fuera oportuno recordar la antigua exclamación de la literatura clásica cambiándola hábilmente de protagonista: “¡Qué buen señor si hubiera un buen vasallo!”

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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