El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Epístola a Jesús, un epígono de Otramotro (CXXIV)

EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CXXIV)

Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:

Tengo para mí que la palabra que explica el altísimo grado de corrupción que ha tenido (que, acaso, tiene y, tal vez, siga teniendo) lugar en la piel de toro puesta a secar al sol que más calienta es “descontrol”. Aquí han sido muchas/os, legión, las y los que, sacando más o menos tajada de su inacción, han mirado hacia otro lado para que los cientos y aun miles de casos de corrupción devinieran, acontecieran, a lo largo y a lo ancho del mapa de la española nación.

Ciertamente, así es, pero, convendrás conmigo en que, para poder “atajar y poner remedio” a ese complejo proceso de corrupción, es conditio sine qua non querer, o sea tener la voluntad de cortar por lo sano o interrumpir esa acción delictiva, porque, si no se quiere, el susodicho abuso o vicio persistirá, sin que nadie acierte a darle la apetecida puntilla, solución o tiro de gracia.

Han sido muchos los políticos (ellas y ellos) que han ejercido la coacción y la intimidación. Y muchos los empresarios (ellas y ellos) que se han amoldado a la descrita situación, ya que una de sus pretensiones era obtener cuantos más contratos, mejor, de las diversas administraciones estatales.

En este país, mutatis mutandis, ha habido comportamientos delictivos semejantes a algunas prácticas habituales en la mafia, la camorra y la ‘Ndrangheta.

No está desenfocada tu visión del hecho que trata de pintar o retratar mi espinela hodierna. Como sostenía Enrique Jardiel Poncela, “la sociedad es un organismo podrido que se conserva bajo el hielo de la hipocresía”.

Esa paremia (“a mal tiempo, buena cara”) que me brindas, para que la use, como no le pongamos freno a tanta corrupción como hay y advertimos por doquier, pronto (si no es actual ya) devendrá en otra, que habrá mudado su significado: “A mal tiempo (cuando vienen mal dadas), mucha cara”.

Ignoro si escribí la décima que comentas (por poder —ya sabes que algunas las publico dos y hasta tres meses después de escritas—, puede ser) tras releer el capítulo (es un decir) 68 (que viene a describir en un lenguaje especial, sicalíptico, el glíglico —vengo sosteniendo desde hace muchos años—, un 69) de “Rayuela”, de Julio Cortázar; o sea, las líneas que siguen a estas: “Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. (…)”. Como te consta, “¡Evohé!” era el grito ceremonial y litúrgico de las bacantes y de los sátiros (seguidoras y epígonos de Dioniso o Baco, dios del vino).

Tal vez, la urdí tras leer y buscarle pareja a esta cita de Enrique Jardiel Poncela: “El pudor es un sólido que solo se disuelve en alcohol o en dinero”.

Conozco (supongo que habrá más) un local donde el quinto (o botellín) cuesta la cifra redonda de un euro. Ciertamente, y sin conceder apenas posibilidades a la objeción, con dos decenas de euros (ergo, veinte quintos entre pecho y espalda) la turca (aun siendo de cerveza) pillada debe ser de las de “¡aúpame, por babor (con voz pastosa), que me he escurrido!”.

No me extrañaría nada de nada que quien no llama “chobis” (y sí chocho a su raja) deje a la peña patitiesa al pronunciar una de las posibles variantes burdas de la frase que nos brindas: “Nunca es tarde si la picha está tiesa”.

Bueno, dilecto amigo, tras extravagar (y pasar —intuyo— ambos) un buen rato (conviene hacerlo de cuando en vez o de vez en cuando), te saluda, aprecia, agradece y abraza

Ángel Sáez García
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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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