El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Vivan «las otras ETAs», vivan, vivan

VIVAN “LAS OTRAS ETAS”, VIVAN, VIVAN

En algunos mentideros (solo en los que se suelen formar a la entrada/salida del Ateneo, el Auditorio, la Universidad o el Teatro Gaztambide, no en todos) se dice (al menos, servidor eso ha escuchado más de una vez), se rumorea (pero en ello acaso haya más de leyenda que de la fetén, historia verdadera) que Quevedo era un repentizador inigualable, estupendo, de marca mayor. Así, en cierta ocasión, las monjas clarisas le incitaron e invitaron a que tomara con ellas un chocolate y como estas le ofrecieron lo que a los ojos y a las papilas gustativas del autor del soneto titulado “Amor constante más allá de la muerte” (título que, por cierto —han sido varios los críticos que lo han comentado—, no se lo puso su hacedor) era un aguachirle, él compuso en un pispás esta redondilla: “Monjas claras, claro está; / pero es grande disparate / dar agua por chocolate / y no decir ‘¡agua va!’”. En otra, nadie (ni de fuera ni de dentro de palacio) se atrevía a recordarle a la reina Mariana de Austria, esposa de Felipe IV, cuál era su defecto o tara física más evidente, su cojera. Ignoro si hubo apuesta dineraria o no de por medio, pero lo que ha transcendido (a pesar de haberlo buscado a conciencia, no he hallado a nadie que me haya asegurado, de forma fehaciente, que lo que me dispongo a contar a continuación acaeciera de verdad, que fuera, cien por cien, cierto) es que Quevedo le dejó encima de un plato una rosa y un clavel y, metida en un sobre, la siguiente nota, un calambur (que constaba de un verso endecasílabo sáfico y un heptasílabo): “Entre el clavel blanco y la rosa roja / Su Majestad escoja”. Y, para terminar con las anécdotas legendarias (intuyo o supongo) que, o me las refirió otrora algún profesor o las leí donde ya he olvidado o las escuché en alguno de los mentideros arriba citados (pero no pondría mi mano izquierda —porque abrigo más que una pizca o un ápice de duda— en el fuego —la expondría a una más que probable quemadura— para certificar su certidumbre), que, como nadie osaba decir por entonces que Madrid se rendía, él se apostó lo que fuera con un pringado, fuera o no también un potentado, a que él se comprometía a hacer tal cosa, a airear dicho mensaje y a voz en grito por las calles centrales de la capital del reino. Alquiló varias bestias de carga a un acemilero, un carromato, que llenó hasta los topes de serrín, y anduvo, yendo y viniendo, por las calles del foro lanzado alaridos de que se rendía Madrid usando para tal fin otra de sus argucias, estratagemas o subterfugios, otro calambur, porque lo que él, en puridad, vendía, y a un precio sin parangón (ríase a mandíbula batiente, atento y desocupado lector —sea ella o él—, sí, ríase; no se aguante ni le ponga freno a su hilaridad), era otra mercancía, serrín de Madrid.

Servidor, que no es un genio como don Francisco, ni tiene, ni gasta el ingenio que gestó a manos llenas Quevedo (acaso basten dos diáfanas muestras de su vasto humor para que nadie ose poner en hesitación mi juicio, apodíctico: en el capítulo primero de la “Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos; ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños”, publicada en Zaragoza en 1626, pero escrita —circularon varias copias manuscritas de la obra; alguna incluso ha llegado incólume hasta nuestros días— casi dos décadas antes, el pícaro protagonista segoviano, al hablarnos de su padre, Clemente Pablo, nos narra lo que oyó que otros decían de él, “que era de muy buena cepa, y, según él bebía, es cosa para creer” —que le gustaba pimplar, vaya; y, si el vino era bueno, aún más —; y unas líneas más abajo insiste en seguir destacando las virtudes de su progenitor: “malas lenguas daban en decir que mi padre metía el dos de bastos para sacar el as de oros” —o sea, a la pata la llana, que solía echar mano del arte de birlibirloque o de la prestidigitación, pues usaba sus dos dedos más raudos para colarse en las faltriqueras de sus clientes y sacarles así, sin que estos se dieran cuenta del hurto, los cuartos, la guita—), sabiendo que lo que urda no le va a llegar a la suela del zapato a lo que trenzó quien fue, es y será tenido y tomado por inconcuso referente de la literatura conceptista, barroca, del siglo XVII, Siglo de Oro español, se ha puesto un desafío (ahora que está penado por ley hacer enaltecimiento del terrorismo, lanzar un “Viva a ETA, a las Erratas del terror avergonzadas”), en otras palabras, se ha propuesto imitarlo, pero sin emularlo, esto es, siendo consciente de antemano de que no va a conseguir excederlo, mejorarlo. A usted, lector, le corresponderá juzgar si, una vez haya leído y valorado el resultado, este menda ha cumplido con su propósito y las expectativas que había levantado o usted se ha visto defraudado por quien firma; si ha superado el reto o no.

Ayer, a la salida del Teatro Gaztambide, tras ver la representación de “Luces de bohemia” (por cierto, el actor que interpretó el papel de Max Estrella, estuvo colosal, magnífico), esperpento de Ramón María del Valle-Inclán, me nació la idea de escribir un breve texto satírico, una corta caricatura de nuestro tiempo, buscando coronar una pintura grotesca de la realidad que vivimos. Y a eso me puse nada más llegar a casa, a exagerar, mediante la hipérbole, por qué aún está vigente en la España hodierna el actual Código Penal, claramente desfasado en algunos de sus artículos. He titulado dicho escrito así, “Que vivan todas las ETAs”, que lleva dos subtítulos, “Salvo la que estás pensando” y “Que anda sin alma y sin armas”, y dice de esta guisa:

“Esta mañana me he despertado antes de las siete, mi hora habitual. El vecino del E, con el que apenas he cruzado unas pocas palabras sobre el buen o mal tiempo atmosférico que hacía las escasas (menos de diez) veces que hemos coincidido para subir en el ascensor al sexto (piso donde ambos vivimos) o bajar de él en el descensor, al parecer, o estaba sufriendo un episodio de locura transitoria o algo lo había dejado aturdido o vuelto tarumba, porque no dejaba de lanzar a voz en cuello vivas a ETA. Algún otro vecino se me había adelantado en la decisión que yo ya había adoptado, llamar al 112, porque, cuando me disponía a ello, he escuchado una sirena y trajín en el edificio a tan temprana hora, claramente deshora, las cuatro de la madrugada.

“Según me he enterado más tarde, a mediodía, cuando han llamado a mi puerta dos agentes de la Policía Nacional a fin de preguntarme sobre lo sucedido, mi vecino les había confesado que el único culpable de haber padecido ese episodio de locura transitoria había sido yo, que, como me gusta leer en voz alta los textos que escribo, ayer, minutos antes de la medianoche, estuve recitando (y él, al parecer, escuchando) el poema en el que andaba dando vivas a un luengo rosario de ETAs que, para mí, sin ninguna duda, lo merecían, las que yo llamo “las otras ETAs”: Españoles tozudos en amar, Esquilas tañedoras de advertencias, Espíritus tocados por la audacia, Espacios transparentes y aseados, Etarras/Erratas del terror avergonzadas/os,…”. Cuando estaban a punto de marcharse, les he mirado a la cara y no sabría decir, a ciencia cierta, si le habían creído a él o a mí”.

Ángel Sáez García
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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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