El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Cuando me pongo a discurrir sobre Iris

CUANDO ME PONGO A DISCURRIR SOBRE IRIS

Cuando me pongo a discurrir sobre Iris, me dan ganas (como entran, así salen) de decir y escribir una vez y otra (y luego muchas más) lo obvio o evidente, aunque aquel que me escuche o que me lea (ya ella, ya él) tache de reiterativo: la sombra de la física belleza de Iris, la amada musa tinerfeña del autor de mis días, Otramotro, par a la de la teucra/helena Helena, al ser tan alargada, me ha impedido otras destrezas ver, habilidades o ene virtudes suyas, innegables, que, una vez valoradas en sí mismas, bien en conjunto, bien  por separado, son, asimismo, sí, extraordinarias, reseñables y significativas.

La refulgente luz del impar faro de su natural y prístino primor no ha permitido que me percatara de que Iris acarreaba otras luces (antorchas o lumbreras), cualidades y prendas no desdeñables.

Por los innumerables y merecidos parabienes recibidos, hijos de sus bendecidas aportaciones literarias, Iris ha sido justamente reconocida por todos, crítica y público lector, como la literata española con mayor proyección europea e internacional.

Pronto no faltarán quienes se dediquen a indagar donde deben sobre ella y elaborarán concienzuda y paulatinamente sendas biografías. Ojalá estas permitan desentrañar e inteligir varios enigmas o episodios oscuros de su existencia y ayuden a arrojar luz sobre su personalidad poliédrica, versátil, proteica, camaleónica.

El cambio de puesto de trabajo y de entorno, de cajera de supermercado en un centro comercial a camarera de restaurante en un hotel, fue fundamental, mágico, pues propició que entablara conversación y trato con Otramotro, cliente habitual de dicho establecimiento, que devino, en apenas dos semanas, en su amigo del alma (no amigovio o “follamigo”, en el caso de que ambos términos sean sinónimos, no, esto es, sin derecho a más roce íntimo que un abrazo de despedida al finalizar su estancia estival/vacacional en el hotel), pues fue quien le dio el espaldarazo definitivo para que se decidiera a presentar su novela “El mosaico” al premio Total, recién convocado en su primera (y única, por el momento) edición, que, inopinadamente, se llevó de calle.

Quienes se decanten por algo más modesto, coronar una semblanza de Iris, no pueden echar en saco roto u obviar el momento crucial que acabo de apuntar y apuntalar en el párrafo anterior. Ese encuentro, que tuvo lugar en Tenerife (isla en la que conviene seguir teniendo fe) con quien fue mi hacedor, es la razón que permite explicitar el cambio que experimentó Iris, en lo tocante a su autoconfianza, al hallar en él los apoyos (y no más trabas, que coleccionaba, cual imán andante, por doquier) para rematar su determinación. Otramotro le abrió la mente y la puerta del triunfo y le señaló, disfrazado de Sigmund Freud, dónde debía buscar para encontrar la clave de su dicha y qué tenía que hacer para no añadir más sufrimiento al potro de tortura que había sido su vida hasta entonces, olvidarse de o evitar reprimir sus instintos (más bajos, si se colocan los tales a la altura de los genitales, o más altos si se ubican a la altura del cerebro) o pasiones.

   Eneko Gorrotxategi, “Metisaca”.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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